Donde habite el olvido

Pedro Luna Antúnez

Hace unos días un compañero de trabajo volvió a recordarme la historia de Pablo Díez. Han pasado ya diez años pero es como si el paso inexorable del tiempo hubiera difuminado o, en algunos casos, borrado el recuerdo de toda una vida. Ya casi nadie se acuerda de Pablo ni de su historia. La clase obrera no suele pasar a la posterioridad ni sus nombres merecen una entrada en la Enciclopedia. O en la Wikipedia para ser más actuales. Pasan a la posterioridad aquellos a los que les sonrió el destino. Aquellos que saborearon las mieles del éxito y que obtuvieron la fama y el reconocimiento social. Pero millones de vidas anónimas se consumen en el más absoluto de los silencios. Vidas que se pierden en la intrahistoria, que es la vida de los seres anónimos olvidados por la historia oficial. 

Sin embargo, en su momento Pablo fue noticia. Lo fue en la prensa e incluso algunos columnistas como Gregorio Morán inmortalizaron su tragedia. Es posible que se fijaran en Pablo porque su caso nos enseñó el lado más inhumano y mezquino de un sistema que años más tarde mostraría su verdadera cara, ya sin tapujos ni máscaras. Pablo era un burgalés de Castrillo de Rucios, uno de esos pueblos castellanos abandonados y que como cantaba Serrat, “por no pasar ni pasó la guerra”. Pablo llevaba más de diecisiete años trabajando como conductor de autobuses en TMB, en la compañía municipal de transportes de Barcelona. Quien viva en el área metropolitana de Barcelona sabe del coraje y de la firmeza de los conductores de autobuses en la defensa de sus derechos laborales. A un autobusero de Barcelona no le llevas al huerto fácilmente. Más que un colectivo de trabajadores son una piña y dentro de esa piña Pablo era muy apreciado y querido por sus compañeros. No era el que más destacaba ni el que más ruido hacía. Era más bien un hombre discreto y prudente. 

En sus diecisiete años como conductor de autobuses Pablo jamás tuvo problemas con nadie y fue lo que se dice un trabajador ejemplar. Hasta que llegó el día que se dio de bruces con una realidad despiadada. En le empresa habían ascendido a jefe a un antiguo compañero de Pablo, a uno de esos currantes insolidarios y trepas que venderían a su madre por ganarse la chaquetilla de capataz. Desde el primer momento Pablo no cayó en gracia a su nuevo jefe. Éste era como otros tantos de su calaña, cruel con el débil y sumiso con el poderoso. Un día Pablo le pidió un favor a su jefe: que le cambiara el turno de fin de semana para poder acompañar a su hijo al partido de fútbol que jugaba cada domingo. “Te lo pido por favor” le dijo Pablo. Su jefe le contestó que no le cambiaba el turno porque no “le salía de la punta del capullo”. El jefe le había cogido ojeriza. E iría a por él. 

Al cabo de unos días se presentaron en las cocheras de TMB unos inspectores de la empresa. Acusaban a Pablo de haberse quedado con el importe de un billete de autobús. Un total de 1,10 euros. La empresa le dio a Pablo la opción de elegir entre el despido o que reconociera ser el autor del robo y en ese caso asumir una sanción de seis meses de baja de empleo y sueldo. Al mediodía Pablo llamó a su mujer para explicarle lo ocurrido. Le dijo que no se preocupara y que no iría a casa porque deseaba estar solo para pensar. Pero Pablo no volvió esa noche a casa. Al día siguiente lo encontraron ahorcado en la zona del Polvorín de Montjuic. Pablo quiso ahorcarse con el uniforme de conductor de autobuses de Barcelona. La Guardia Urbana entregó a su mujer las escasas pertenencias que llevaba encima: la cartera, el móvil, el anillo de boda, una cadena, las gafas de sol y la carta de despido. Pablo se quitó la vida con la carta de despido en el bolsillo. 

El entierro de Pablo se celebró en el cementerio de Collserola. Cuentan que el último adiós a Pablo fue realmente indescriptible y profundamente emotivo. Era abril de 2004 y por aquellos días en Barcelona estaba a punto de inaugurarse el Fórum de las Culturas. El Fórum acaparaba todos los titulares de la prensa. Pablo apenas mereció algún teletipo y alguna que otra columna. Con el tiempo, el olvido hizo el resto y la historia de Pablo pasó a formar parte de la intrahistoria. Acordaos que un hombre se quitó del medio por 1.10 euros.