Doble timo criminal

LBNL

Por si no lo sabe, le han timado, a Vd. como a mí, y encima pretenden volvernos a timar. ¿No lo tiene claro? Se lo explico y, sinceramente, creo que vale la pena porque lo que es a mí, cuando lo he visto claro se me ha puesto una cara de tonto que pa qué, que rápidamente ha evolucionado a una mala leche de impresión.

Nos han engañado durante casi cuatro décadas convenciéndonos –a la clase media- de que cada vez vivíamos mejor mientras que los pobres tenían sus necesidades más básicas cubiertas. Mientras nos solazábamos en nuestra pretendida prosperidad creciente, los más ricos se enriquecían de verdad, ensanchando en progresión geométrica la diferencia de renta con la clase media. Su avaricia rompió el saco en 2007 y el tinglado estalló, al mismo tiempo que se desvanecía el afán que le tenían a la protección a ultranza de la propiedad privada durante los años de enriquecimiento. Ahora es al revés, tenemos que socializar las pérdidas porque si no, quebraría el sistema. Seguramente es irremediable, al menos en parte. Ahora bien, lo que no tiene pase es que encima pretendan que nos creamos que la solución a sus desmanes consiste en socavar todavía más las bases de nuestra convivencia social, asentadas en el New Deal de Roosevelt acuñado en los años treinta del siglo pasado.

No, las medidas que reclaman cada vez con más intensidad los que nos han llevado a la ruina –la nuestra, no la de ellos- podrán ser convenientes pero no son en modo alguno la causa de la crisis por lo que, como mínimo, habrán de ser adoptadas junto a las que de verdad remedien e impidan la repetición de sus desmanes.

A decir de nuestro Presidente de Gobierno electo, las dos prioridades absolutas son las reformas del mercado laboral y del sistema financiero. En puridad, Rajoy no se ha pronunciado apenas pero el coro mediático político se centra exclusivamente sobre la primera. Sindicatos y empresarios han sido convocados a negociar de urgencia y en ausencia de acuerdo, el Gobierno legislará rápidamente. De una forma o de la otra, es obvio lo que va a ocurrir: abaratamiento del despido, flexibilización de la negociación colectiva, reducción de los gastos sociales asociados al empleo, etc.

He tenido la responsabilidad de dirigir una empresa y no puedo por menos que compartir al cien por cien la necesidad de poner orden en el mercado laboral. No puede ser que, forzado a despedir a un trabajador por incapacidad manifiesta y continuada, el abogado te someta dos cartas: en la primera le comunicas su despido por las razones objetivas que concurren; en la segunda, sin embargo, reconoces la improcedencia del despido y le concedes la indemnización máxima de 45 días por año trabajado. Es un caso real, propiciado porque la trabajadora en cuestión tenía sólo dos años de antigüedad y porque resultaba complejo probar su reiterado absentismo, falta de profesionalidad y su conflictividad para con sus compañeros.

Como ciudadano, de izquierdas, subrayo, no puedo tampoco compartir las tesis de quienes pretenden mantener un empleo protegido para los de más edad y un alto desempleo para los que vienen detrás. Los sucesivos gobiernos han tratado de arbitrar fórmulas para remediar la situación desde al menos el 14-D de 1988, pero lo han hecho con muy poco tino a decir de los resultados. ¿Por qué no mantener los derechos adquiridos pero establecer condiciones mucho más modernas para los nuevos contratos? Entiéndaseme bien, cuando digo modernas me refiero a modernas de verdad, es decir, una indemnización algo menor para el despido sin causa, todavía más baja para el despido que pretende asegurar la viabilidad económica de la empresa e inexistente cuando se incumple el régimen de orden interno de la empresa. Pero también, una regulación -copiada de la holandesa si hace falta- eficaz que incentive el trabajo a tiempo parcial, el trabajo desde casa y las jornadas continuadas. Nada de todo ello se ha hecho, al menos no se ha hecho bien a juzgar por la pervivencia de los vicios de nuestro mercado laboral de origen franco-gironista.

Pero, ¡por dios! estoy cayendo en el defecto que pretendo denunciar: ¡no puedo centrarme en aquello que les interesa y dejar de lado las causas del desmán que nos ha llevado a la ruina! Porque, señores, las ineficiencias de nuestro mercado laboral no están en el origen de la crisis, ni de la española ni mucho menos de la europea o la internacional. De otra forma ¿se explicaría que nuestra legislación laboral afecte al resto de Europa y prácticamente al mundo entero?

Es absurdo. Volvamos al principio. La causa de por qué estamos donde estamos es que nos han timado. Desde la segunda guerra mundial, social-cristianos y social-demócratas nos pusimos de acuerdo en la conveniencia de reducir progresivamente las diferencias entre los más ricos y la clase media, en parte porque el New Deal había dado resultado para acabar con la crisis que la avaricia había provocado en 1929, pero también para evitar que las masas proletarias recurrieran a la revolución violenta para poner fin a la injusticia social; de ahí el corolario del safety net o red de protección para los más pobres. 

Dicho consenso funcionó hasta mediados de los años setenta, basado en una fiscalidad progresiva que permitía progresar en la igualdad de oportunidades sin cercenar el emprendimiento privado. La guerra de Vietnam, la crisis del petróleo tras la guerra del Yom Kippur y la segunda crisis del petróleo provocada por la guerra Irak-Irán, tuvieron como consecuencia la llegada al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Curiosamente los dos eran clase media total, venidos a más gracias al cine aquél y a la política ésta, aquejados del síndrome “si nosotros hemos podido llegar, cualquiera puede, y el que no llega es porque no quiere”. Síndrome, seguramente, también inducido por aquéllos que más tenían que ganar con su adhesión a la causa de la desregulación y liberalización extremas.

En consecuencia, durante las dos décadas siguientes –ambos fueron sucedidos por acólitos- asistimos al desmantelamiento de las bases del sistema, incluyendo la desaparición progresiva de los cortafuegos que Roosevelt había impuesto para civilizar el sistema financiero en EEUU y su extensión mundial a través de la conversión del más limitado GATT en la OMC, es decir, pasar de un tráfico limitado de bienes a la circulación prácticamente sin barreras de bienes, servicios y capitales –no personas, ojo- a escala mundial. Es decir, lo que no podemos conseguir mediante reformas domésticas, lo inducimos como inevitable por la necesidad de mantener competitividad a nivel internacional.

Como todo iba bien, mucho mejor que en los años setenta y primeros ochenta, la academia economista se fue convirtiendo al liberalismo, progresivamente. Las barreras son en principio malas así que ¿por qué no eliminarlas todas y conseguir una mayor eficiencia general? Así, Clinton y Blair, sucesores de los acólitos Bush senior y John  Major, no sólo mantuvieron la tendencia sino que la profundizaron con la ayuda de ideólogos como Giddens y su tercera vía. Y fueron -¿fuimos?- muchos los que, también desde la izquierda, nos apuntamos al carro. No hay otra opción, es lo más eficaz, tiene mucho sentido… Incluso alguno –espero no haber pecado pero es posible…- argumentó que era lo más justo porque también el tercer mundo tenía derecho a comer.

Cierto, la liberalización del comercio mundial sacó de la pobreza a cientos de millones de chinos y a algunos cientos de millones de ciudadanos de otros países pobres. Y claro, pasar de un dólar al día a dos, es un logro impresionante, sobre todo si son millones los que se benefician de ello. Pero el coste fue demasiado alto, no sólo para mí, mi familia y la gente de mi barrio, sino también en términos ideológicos y físicos: por ejemplo, el medioambiente en China, India o Brasil, o la condonación de las penosas condiciones de trabajo –iguales a las denostadas de la Inglaterra de la revolución industrial- en las minas y fábricas de tantos países. ¿No habría tenido mucho más sentido haber sido firmes en la adopción de medidas sociales y medioambientales para poder disfrutar de las ventajas de la liberalización? Sin duda, pero ello habría impedido el objetivo de conseguir el retorno progresivo del estado feudal por la vía de la presión exterior.

Porque ese y no otro es el resultado del ensanchamiento de renta entre ricos y clase media: la vuelta al pasado, a los privilegios para los que ganan millones y decenas y cientos de millones y no pagan impuestos, y los que trabajamos y pagamos la leva religiosamente a través de un Estado que legisla al servicio de los señores.

Me estoy poniendo un poco tremendista pero es que no es para menos: es lo que tiene la mala hostia de descubrir que te han timado y ¡encima! que pretendan volver a timarte. Permítanme un símil. Me acaban de pegar el timo de la estampita y cuando acudo a comisaria el policía me dice que, de acuerdo, se van a ocupar de perseguir al timador, me lo garantiza, pero por favor pase por caja y cumplimente un donativo a la hermandad de huérfanos de la guardia civil; y resulta que el poli en cuestión se apellida Roldán… Señor que me estoy perdiendo…

Volvamos a la realidad. La diferencia entre ricos y menos ricos no sólo cambió de rumbo en las últimas décadas; lo hizo en proporción geométrica, en paralelo a la eclosión desmesurada de la industria financiera y sus beneficios en los últimos 15 años. Nosotros, la clase media, pasamos de un sueldo por hogar a dos –es super progre, las mujeres tienen derecho a trabajar. Y además llenamos la casa de lavadoras, lavaplatos, microondas, wi-fi, móviles y coches, y por cierto, pasamos de alquilados a propietarios, a señores feudales en pequeñito. En muy pequeñito porque de golpe y porrazo nos hemos dado cuenta de que cada vez nos pagan menos por nuestro trabajo y de que, horror, la mayoría de lo que pensábamos que era nuestro es del banco, algo de lo que no nos habíamos percatado suficientemente porque los recibos mensuales eran fijos, por más que nos endeudáramos, efecto de magia logrado a través de unos tipos de interés históricamente hiper bajos.

Recuerdo que mis padres pagaron el primer piso del que tengo conciencia a un 16% de interés, tipo que hoy día es normal en muchos países, curiosamente aquéllos ajenos a la crisis que nos asola. Quizás por ese recuerdo, cuando me tocó comprar casa en 1999 y vi que el banco me ofrecía un 5% fijo o un 3,8% variable, opté por el primero, pensando que en muy poco tiempo saldría ganando: a los cinco años no pude sino pagar la penalización para pasar al 3% variable que pagaban todos mis conocidos, saliéndome el cambio muy a cuenta. Afortunadamente tuve que vender la casa cinco años después por avatares personales y volví a ser alquilado: mucho mejor que ser desahuciado por no poder afrontar una subida nimia del Euribor, como tantos centenares de miles de personas sólo en España (ayer leí a un experto inmobiliario que estimaba en 7 millones los desahucios potenciales en nuestro país, lo cual me dejó un poco acongojado, incluso descontando su probable exceso de pesimismo).

La cuestión es que, como producto de una gran conspiración o, mucho más probable, por efecto de la ilimitada estupidez humana, nos hemos dejado llevar por la colusión de intereses de los bancos de inversión, los grandes bancos comerciales, las aseguradoras multinacionales, las grandes auditoras y las agencias de calificación, que han pilotado el proceso de destrucción de las bases de nuestra democracia social – Estado Democrático y Social de Derecho, según reza la Constitución que hoy festejamos- mientras aceptábamos limitar los poderes y los medios materiales de los reguladores del sistema coadyuvando al establecimiento de un entorno ideológico que impedía su acción efectiva.

En 2001 sonó la alarma con la burbuja de las punto com y el fraude de Enron, pero nos contentamos con la reforma del oligopolio internacional de las auditoras, obligándolas a no ser juez y parte: si auditas no puedes tener intereses en el auditado. Qué bien, pero no fue suficiente, como demuestra que el porcentaje de la industria financiera siguierea creciendo respecto al total de los beneficios empresariales, llegando a suponer el 40%, porcentaje curiosamente idéntico al que provocó la crisis de 1929.

Recuerdo que cuando tenía no más de quince años mi padre me explicó que la razón última de la crisis del 29 había sido que la gente había pasado a ganar más especulando en bolsa que poniendo sus ahorros al servicio de la economía productiva (seguro que utilizó otro término, que yo era más capaz de entender). La explicación es igualmente válida: en el momento en el que se gana más especulando en el casino financiero que invirtiendo en la producción de riqueza tangible, el sistema acaba quebrando. Lo acongojante es que tipos como Bob Bernanke, Presidente de la Reserva Federal y supuesto experto en la crisis del 29 (no está claro que lo sea más que mi padre), no vean claro que el sistema ha explotado por la proliferación de productos financieros tan sofisticados (los llamados derivatives) que no los entienden siquiera aquéllos que se forran intermediando con ellos y que por ello nos dictan que son buenos para todos.

No les voy a dar más el coñazo. Simplifico. En las últimas décadas, los incentivos a los altos ejecutivos han pasado a incentivar los resultados a corto plazo, la llamada creación de valor (en bolsa). En paralelo, su tasación fiscal se ha desplomado. Cuando se les despide por haber llevado la empresa a la semi quiebra se llevan una indemnización blindada igualmente millonaria. La compañía en cuestión no desaparece sino que, si le ha sido permitido comprar otras compañías sin límite (¿dónde queda la regulación anti-trust frente a la pulsión dominante de fusiones empresariales?) y adquirir el tamaño suficiente para que su hundimiento amenace al sistema, la compañía es rescatada por los poderes públicos sin coste para sus accionistas. Y en aquellos casos en que lo tiene¸ los accionistas no pueden actuar contra los directivos que les han hecho perder su dinero porque todo es legal. Al final es el contribuyente el que paga, con el agravante de que la clase media es prácticamente la única que contribuye al haberse generalizado las rebajas para las grandes fortunas, popularizado la limitación de la progresividad fiscal y allanado el recurso a los paraísos fiscales gracias a la liberalización de la circulación internacional de capitales.

En pleno pánico máximo la Cumbre del G20 de Pittsburg acordó una serie de medidas “revolucionarias” para lo que venía siendo el consenso económico internacional. Así lo defendí en este foro: acabar con los paraísos fiscales para que los grandes capitales no puedan escapar de la fiscalidad de las grandes economías; ligar los incentivos de los altos ejecutivos a los resultados de su gestión a largo plazo en vez de a corto; obligar a las agencias calificadoras a no tener conflictos de interés con los calificados; limitar el apalancamiento exigiendo mayores garantías colaterales; etc.

Pero el gran pánico pasó, fundamentalmente gracias a la masiva puesta a disposición de capital público al rescate de los criminales financieros que lo habían provocado, y todo quedó en agua de borrajas.

Entretanto, los gobiernos han sufrido un deterioro espectacular de sus finanzas, primero por verse obligados a intervenciones masivas para reactivar la economía, segundo por la reducción de ingresos fiscales provocada por el parón de la actividad económica y tercero por el incremento espectacular de los costes indirectos de la crisis como los subsidios a los desempleados.

Y ahora, los que nos llevaron a la crisis, los que se beneficiaron directa e intensamente mientras lo hacían, pretenden convencernos de que el problema es el gasto público. Es claro que a largo plazo no se puede gastar más de lo que se ingresa, como también que el mercado de trabajo sería más eficaz si fuera más flexible. Obviamente las autoridades públicas no deben volver a incurrir en los derroches en infraestructuras de los últimos años. Igualmente, el sistema de salud admite grandes mejoras, útiles para que su universalidad siga siendo viable. Lo mismo vale para el paro.

Pero, perdónenme, nada de eso nos ha llevado a la crisis, no es esa la raíz de la desesperada situación económica que padecemos. De hecho, si nuestras autoridades públicas hubieran gobernado con la máxima eficacia, estaríamos en una situación muy parecida. Derrochamos mucho -50 aeropuertos frente a 18 en Alemania-, pero lo hicimos mientras el Gobierno aplicaba la ortodoxia liberal de reducir la deuda pública y el déficit, llegando a tener superávit. La realidad es que, pese al derroche y la ineficiencia, sólo el 15% del total de nuestra deuda es pública, siendo el resto privada.  Las administraciones públicas pueden y deben adelgazar, pero la ineficiencia autonómica no es tampoco la causa de la crisis.

La verdadera causa de la lamentable situación en la que nos encontramos es la impunidad que hemos consentido en conceder a los golfos apandadores, nacionales e internacionales, que nos han obligado a poner a su servicio miles de millones de las arcas públicas para mantener con vida un sistema económico amenazado por su avaricia sin límites.

No es una cuestión ideológica. La social democracia debe poner el énfasis en la progresión más rápida hacia la igualdad de oportunidades, mientras el centro derecha debe preocuparse de limitar las cortapisas al emprendimiento privado. Es un buen equilibrio que lamentablemente desapareció hace algunas décadas, con la complicidad de todos y en beneficio exclusivo de los criminales que se forraron mientras los demás, tanto los de derechas como los de izquierdas, íbamos aguantando hasta que empezamos a perderlo todo, primero capacidad adquisitiva, luego trabajo y finalmente nuestras propiedades, incluida la vivienda.

Nos han timado abiertamente y pretenden volver a hacerlo, con nuestra complicidad a base de convencernos de que no hay más remedio que tragar. La cosa está muy mal y no queda otra que ceder parte de “tus privilegios”, insostenibles dada la situación.

No es cierto. Claro que hay otras opciones. Obviamente no la revolución violenta del proletariado, como tampoco la resistencia numantina a cualquier cambio para defender conquistas supuestamente sociales pero cada vez más “corporativistas” dado que sólo benefician a los ya instalados en el mercado de trabajo. Tampoco parece viable la opción de la revolución pacífica “indignada”, demasiado amplia y difusa.

La única vía para salir de esta con bien y sentar las bases de un futuro próspero, justo y estable es muy simple: que las clases medias, de derecha e izquierda por igual, retomen el control político y social –que para algo somos mayoría- y fuercen la vuelta a la senda del estrechamiento de la brecha de prosperidad entre ricos y menos ricos. Es sencillo, basta con tomar conciencia de que nos han timado y pretenden volvernos a timar.

Not in my name. Hopefully not on yours either. Es decir, que estos golfos criminales no cuenten conmigo y ojalá que no cuenten contigo tampoco.