Dimisión y doble moral

Millán Gómez  

 

En el vocabulario de los políticos no existe la palabra dimisión. Es algo que ya sabíamos pero esta semana hemos vivido varios ejemplos de ello. Pedro Castro, Joan Tardà y Manuel Fraga son los últimos casos. Los políticos cometen excesos verbales de bulto, descalifican a los contrarios pero siguen en el poder. Los cargos electos, por su presencia pública constante, tienen que cometer errores. En caso contrario, no serían humanos. Pero eso no les exime de pedir disculpas o dimitir.

  

Cuando un político se equivoca al calentarse en exceso y dice algún improperio debe pedir perdón. Se dice que es de sabios rectificar y en el caso de Pedro Castro y Joan Tardà así ha sido. En cambio, Manuel Fraga no ha matizado sus declaraciones ni, por supuesto, se ha disculpado. Como viene siendo norma habitual en el PP, cuando uno de sus miembros suelta alguna machada no se le desautoriza ni se le exige que matice sus improperios, que pida disculpas ni, iluso de mí, lo cesan del cargo o piden su dimisión. Eso sí, cuando el político que se ha pasado tres pueblos no es del PP, todo cambia. En ese caso, en un acto de funambulismo político sin red, dicen que tiene que dimitir, que ésa es la izquierda verdadera, que el PSOE tiene un pasado violento, etcétera.

 

 Pedro Castro, alcalde de Getafe pero más conocido por ser presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), dijo hace unos días que no entendía como seguía habiendo “tantos tontos de los cojones que votaban a la derecha”. Esto lo dijo durante un debate con ciudadanos, es decir, en un lugar donde a buen seguro había votantes conservadores. Declaraciones de este calibre son un error sideral que no debe cometer ningún político y menos alguien que preside una asociación que engloba a todos los ayuntamientos y entes provinciales de este país. Por lo tanto, a pesar de su adscripción socialista, debería tener en consideración que representa a cargos públicos de diferentes sensibilidades y, por ende, ciudadanos de toda ideología.

 

 Castro enmendó rápidamente la plana y reconoció la gravedad de sus declaraciones. Pidió perdón una y mil veces hasta llegar incluso a ser excesivo. Tal fue la cantidad de ocasiones en las que pidió disculpas que más de uno podría pensar que le va la vida en ese cargo. En resumen, el presidente de la FEMP metió la pata hasta el fondo pero supo reconocerlo, cosa que aún muchos ciudadanos estamos esperando de dirigentes del PP como José María Aznar, Mariano Rajoy, María San Gil, Mayor Oreja, etcétera o los más actuales de Carlos Fabra, quien dijo que si ganaba la lotería orinaba delante de la sede de IU (no es así de textual pero no me apetece dar sartenazos al lenguaje), o el demócrata de toda la vida más conocido como Manuel Fraga que, al ser preguntado por el papel de los nacionalismos, dijo que “había que colgarlos de algún sitio”.

 

 Ante las declaraciones del ex – ministro franquista (señor Fraga, si quiere hablamos de su pasado), el PP, no vaya a ser, no le desautorizó. Es más, la portavoz del PP en el Congreso, la humorista Soraya Sáenz de Santamaría, dijo que las palabras eran “ambiguas” y “se podían interpretar de manera no feliz”. Vamos, que vive en el mundo de Yupi. Allí supongo que será feliz.

 

 Tardà es otro protagonista habitual en declaraciones altisonantes. Su grito de “¡Muerte al Borbón!” no es propio de un demócrata por mucho que sea una expresión propia de la Guerra de Sucesión de 1714, que así es. Pidió disculpas e incluso Bono salió en su defensa. Lo curioso de la polémica de Tardà es que, fruto de esas declaraciones, pasaron desapercibidas la quema de constituciones y la presencia de bengalas y ataúdes en un acto de las juventudes de ERC. Esto segundo me parece mucho más grave que lo primero.

 

 El PP traza en éste y otros muchos aspectos una doble moral según la cual si los errores los cometen los demás, tienen que dimitir y, a poder ser, ser enviados a la frontera o al zoológico (son válidas ambas opciones) pero, en cambio, si los fallos los tienen ellos, aunque los otros se disculpen y ellos no, no tienen que abandonar sus cargos y son los demás los que se equivocan porque “está descontextualizado”, “es ambiguo” o, la respuesta más cachonda, “se puede entender de manera no feliz”. Si Castro critica a la “derecha”, ellos se dan por aludidos aunque se autoproclamen de centro (esta semana así lo defendieron tanto Gallardón como la propia Yupi en Buenafuente). Es más, no sólo se sienten identificados sino que, por lo visto, ellos son la única derecha de este país. PNV, CiU y CC, por poner varios ejemplos, son, a ojos del PP cuando les interesa, marxistas-leninistas. También piden la ruptura del tripartito ante las declaraciones de Tardà, pero ellos no tienen inconveniente en apoyar una moción de ERC para tumbar los PGE en el Senado con un texto donde se critica en gran parte la gestión de Aznar.

  

El partido de la oposición utiliza la doble moral como característica de su política. Perciben en los demás lo que no ven en ellos mismos y esto no es propio de un partido que ha dirigido este país durante ocho años y que pretende volver a gobernarnos. Si pretenden recuperar cierta credibilidad deberían empezar por reconocer sus errores, pedir disculpas cuando se equivocan y no exigir al contrario lo que ellos no hacen. En política, igual que en otros campos, apenas existe memoria pero siempre es interesante hacer uso de la hemeroteca y comprobar la peligrosa e irresponsable doble moral del PP.