Días cruciales en Oriente Medio

LBNL

Por si no lo saben, el próximo día 29 expira el plazo de nueve meses que el Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, impuso para que israelíes y palestinos negociaran un acuerdo de paz definitivo. Hace ya varios meses que se hizo patente que no sería posible alcanzar un acuerdo sobre fronteras, Jerusalén, refugiados, agua, asentamientos, etc., en el plazo previsto por lo que los patrocinadores norteamericanos centraron sus esfuerzos en un denominado “marco acordado”, que fijara las líneas maestras del acuerdo y permitiera seguir negociando los detalles otros nueve meses. La terminología no es baladí: lo de marco acordado permitía esquivar la denominación de “acuerdo marco” y con ello la necesidad – legal o política – israelí de someterlo a referéndum. Sin embargo, hace varias semanas se reveló también como imposible cerrar el “marco acordado” por lo que los esfuerzos se trasladaron a acordar una serie de concesiones israelíes que permitan que los palestinos no se retiren de la mesa de negociaciones. Y justo antes de Semana Santa encallaron también estas últimas negociaciones.

Mientras los negociadores estaban enfrascados en los detalles, el Ministro israelí de vivienda autorizó la construcción de varios centenares de casas en diversos asentamientos (una medida más cosmética que real puesto que antes de la construcción son necesarios otros permisos) y la Autoridad Palestina solicitó el ingreso en quince organizaciones menores del entramado de las Naciones Unidas. Esta última medida se justificó como respuesta a que Israel no había liberado al cuarto contingente de prisioneros en la fecha acordada hace nueve meses. Israel, que debía liberar a un grupo significativo desde un punto de vista cualitativo (delitos de sangre, ciudadanos israelo-árabes) puso el grito en el cielo porque estaba a punto de hacerlo. La Autoridad Palestina adujo que la pretendida deportación a Gaza de los liberados habría sido una imposición adicional que en todo caso habría viciado el cumplimiento de la obligación.

John Kerry se hartó y se fue para casa, amenazando con no volver en tanto las partes no den muestras de mayor compromiso. Y ahí sigue porque ni los unos ni los otros están dando demasiadas muestras que permitan albergar esperanzas. Al contrario. El Presidente Abás (conocido como Abu Mazen) está emitiendo mensajes repetidos de advertencia sobre las consecuencias de que las negociaciones fracasen definitivamente. Además del peligro de que la calle palestina opte por una nueva intifadah, la Autoridad Palestina podría solicitar el ingreso en organizaciones y entramados internacionales serios, incluido el Tribunal Penal Internacional tan temido por Israel o directamente cerrar el chiringuito, darle a Israel las llaves del asunto (es decir, descargarle toda la responsabilidad por la ocupación de Cisjordania) y abogar por el pleno reconocimiento de los derechos civiles de los palestinos como ciudadanos de Israel.

Esta última opción es la conocida como el “Estado binacional” y era la posición original palestina antes del reconocimiento del derecho de Israel a tener su propio Estado. La perspectiva demográfica de que en pocos años los judíos pasen a ser una minoría en todo el territorio de un Israel que incluya Cisjordania y Gaza, fue precisamente el principal acicate de que Israel pactara la autonomía de Gaza y Cisjordania con vistas al establecimiento de un Estado palestino independiente. Era la única opción de que Israel pudiera seguir siendo un Estado de mayoría judío y, al tiempo, una democracia. En vista de que Israel se viene resistiendo desde 1998 al establecimiento de un Estado palestino (los acuerdos de Oslo preveían el Estado palestino en el plazo de cinco años), los palestinos tendrían la excusa perfecta para retornar a su posición de que todo el territorio del mandato británico debe seguir unido, en un marco democrático en el que toda alma valga un voto.

Los políticos israelíes se estaban ya rasgando las vestiduras ante la falta de compromiso con la paz de Abás y sus secuaces cuando ayer se anunció un nuevo acuerdo de reconciliación entre la OLP y Hamás, por el que en el plazo de pocas semanas se constituiría un gobierno de unidad nacional y se celebrarían nuevas elecciones en todo el territorio palestino el próximo enero. No es la primera vez que se anuncia la reconciliación y por lo que a mí respecta, creeré en ella cuando la vea porque son demasiados los factores que empujan en contra. De una parte, Fatah, la principal facción de la OLP, se sigue resistiendo como gato panza arriba a compartir el poder, tanto dentro de la OLP como en el seno de la Autoridad Palestina. De otra, EE.UU. y por supuesto, Israel, harán todo lo posible por impedir que el acuerdo se materialice, exigiendo una serie de condiciones que lo harán imposible, entre ellas las famosas tres exigencias de Israel a Hamás para considerarla un interlocutor válido: renunciar a la lucha armada, reconocer el derecho de Israel a existir y aceptar todos los acuerdos ya firmados. A instancias de EE.UU., el Cuarteto de Oriente Medio hizo suyas estas condiciones después de que Hamás ganara las últimas elecciones legislativas en 2006.

Hamás, que no es santo de mi devoción, viene esgrimiendo desde hace años que, en todo caso, renunciará a la resistencia como consecuencia de un acuerdo de paz, no como condición previa. Y añade que reconocería un acuerdo de paz que fuera aceptado en referéndum por la población palestina aunque no aclara la cuestión espinosa de si aceptaría un referéndum sólo entre los palestinos de Palestina, es decir, que no incluya a los cuatro millones de palestinos que están inscritos como refugiados por las Naciones Unidas en los países vecinos.

Sin embargo, es posible que, como tantas veces en el pasado, todo quede en aguas de borrajas y en pocos días ambas partes hayan renovado el plazo de negociación y sigan peleándose pero sobre la mesa. Abás ya ha dejado entrever que se conforma con que Israel libere al cuarto contingente y se comprometa a cerrar la cuestión de las fronteras en los primeros tres meses de negociaciones renovadas. Y le ha quitado hierro a la fecha del 29 de abril.

Lo cierto es que la vieja guardia de Fatah vive mucho mejor negociando contra Israel y pudiéndose quejar a todos los actores internacionales que compartiendo el poder con Hamás. Por su parte, Netanyahu no quiere un Estado palestino ni por asomo pero necesita que las negociaciones continúen tanto o más como que no fructifiquen, porque de otra forma su coalición de gobierno se resquebrajaría por el centro izquierda. Finalmente, a Estados Unidos no le viene nada bien que su iniciativa fracase y menos ahora, con la crisis de Ucrania al rojo vivo y las negociaciones con Irán llegando a su fase final.

Así que, aunque hay motivos sobrados de preocupación también los hay para mantener la calma frente a un nuevo momento crucial en Oriente Medio.