Detrás del horizonte

Sicilia 

Es perfectamente lógico que el debate económico de los dos últimos años haya estado centrado en torno a las causas de la crisis que vivimos y en cuándo ésta iba a finalizar, al menos nominalmente. Una vez llegado a un frágil consenso en torno a unas expectativas anodinas, esto es, nadie es demasiado optimista en torno a nada en el corto plazo, parece que estaría bien mirar un poco más lejos, aunque sea como ejercicio de imaginación, aunque sea como evasión de lo cotidiano, aunque sea por tener estrategias de largo plazo, aunque se sepa que el futuro es esquivo y nebuloso. ¿Y después qué? ¿Cómo será el mundo que viviremos?

Porque hay ciertos procesos ya en marcha y conocidos, cuya resultante es sumamente distinta del escenario mundial donde hemos crecido y que solemos dar por descontado, como base, cuando pensamos en futuros hipotéticos. Estos procesos no tomarán forma ni hoy ni mañana, ni antes de las siguientes elecciones ni de las que vengan después. Nos movemos en otros calendarios, que no obstante, no son los geológicos, sino que están más o menos en el entorno de 10-20 años, es decir, un plazo incómodamente largo para que pertenezca al campo de la gestión, e incómodamente corto para dejarlo en manos de los autores de ciencia-ficción.

Uno por uno, no son factores nuevos; sin embargo, es  su suma la que no estamos muy acostumbrados a manejar, esa suma, y el previsible camino que recorreremos al llegar, da la sensación, por la urgencia de los tiempos, de que se obvia y que no suele entrar a componer las decisiones del hoy. Da la sensación en ocasiones de que estamos planeando nuestra ruta más mirando el retrovisor que el GPS ¿Nos sentimos cómodos con lo que conocemos, e incómodos con lo que no ha tomado forma? Puede. ¿Un sistema dado tiende a premiar aquello que no lo conmueve en exceso? Suena a conspiratorio, pero también es descarnadamente plausible.

Hablando en términos de las relaciones comerciales, el centro de gravedad viene desplazándose de manera centrÍfuga de los países occidentales hacia oriente y el sur.

Sí, en los últimos treinta años Europa Occidental -con la excepción de Alemania- y Estados Unidos han dejado de ser los productores y vendedores de “cosas” pasando a tomar cada vez más preeminencia los países asiáticos,  Latinoamérica y, en menor medida, Europa Oriental en este reparto. Esto puede seguirse a través de los datos del peso de la industria en las distintas economías y en la composición de sus Balanzas de Pagos. Siendo importante dónde se encuentran los centros de decisión mundiales, que esos no se han movido tan rápido, también es cierto que el impacto en el empleo mundial y en qué se ocupa este, sí se ha materializado con mayor claridad. Si hace treinta años las democracias occidentales producían y consumían entre ellas, hoy por hoy, por decirlo con un ejemplo simplificado y bruto, los países emergentes producen y las potencias tradicionales consumen. El que produce se beneficia de inmediato cuando el cotarro se anima, porque vende más; sin embargo, ¿de dónde saca el combustible el que consume? Hasta la fecha este proceso se ha sostenido merced a la palanca de lo financiero, que permite consumir endeudándose, siempre que haya crecimiento más o menos sostenido. Pero ese no es el escenario previsible en el próximo par de años y eso genera cierta inquietud.

A la vez, los países productores, con cada Item adicional de mercancía que venden, consolidan más empleo en sus propios territorios, generando demanda interna y siendo cada vez menos dependientes de los clientes tradicionales.

Dado que las diferencias salariales son enormes, no es de esperar que el proceso revierta al centro, al menos en un horizonte temporal razonable. Conclusión, nos las habemos con una dinámica que tiende a acentuar el proceso iniciado, sin que lleve en sí misma un factor de corrección propio a medio plazo. 

Hablando en términos demográficos, la dinámica es distinta. A pesar del mencionado desplazamiento de la producción, los países tradicionalmente centrales (con la posible excepción de Estados Unidos) siguen siendo receptores de flujos migratorios. La natalidad es menor y a su vez, el nivel de vida es mayor que en los países periféricos. La gente acude a buscar oportunidades de vivir mejor de lo que lo hacen en sus países de origen. Esto está produciendo un cambio muy acentuado en las sociedades receptoras, no solo económico, ya que en términos económicos el saldo de la inmigración es indudablemente positivo (aunque en ciertas cabezas no entre), sino en términos socio-políticos. La cultura y las costumbres de los entrantes y de los habitantes muchas veces no se mezclan bien; además en las capas de población en el que este contacto es más intenso se generan conflictos, aunque en algunas ocasiones sean más ficticios que reales o, en una segunda derivada, perfectamente solventables con algo más de presupuesto público. Aparentemente esto está llevando a que las democracias occidentales estén dando pábulo cada vez en mayor medida a respuestas ideológicas que cuestionan sus propios cimientos. Las propuestas que apuntan hacia una criminalización del inmigrante y hacia un establecimiento de trabas, o incluso hacia una discriminación por factores étnicos que empieza a filtrarse ahí donde hace unos años resultaría impensable. Occidente se hace más viejo, más temeroso y menos abierto con el género humano. Por tanto, su hasta ahora superioridad en valores está en un camino de cuestionamiento, muy poco grato. También es un proceso que cabría calificarse de miope. Las dinámicas demográficas tienen la pésima costumbre de ser difícilmente interrumpibles. Lo joven siempre acaba prevaleciendo sobre lo viejo, es solo cuestión de tiempo, de ello puede hacerse un conflicto o un proceso controlado. Por el momento parece que la opción de conflicto, descorazonadoramente, está ganando enteros.

Hablando en términos de recursos, se acerca cada vez más el horizonte de una restricción efectiva. No hace falta hablar en términos catastrofistas, pero sí parece razonable pensar que el actual paradigma energético, con una importancia capital del petróleo, tiene una vigencia limitada en un contexto donde la oferta es fija y la demanda creciente. El progreso tecnológico ayuda a que la situación de estrangulamiento total solo sea una hipótesis más, pero no es tampoco irreal suponer   escenarios de subidas de precios significativas y de reestructuraciones de las relaciones económicas que este proceso pueda acarrear. De nuevo, como en los flujos demográficos, las alternativas son conflicto y control, siendo siempre más deseable la segunda. Aunque en este caso sí pareció haberse alcanzado un cierto acuerdo en torno al menos, la necesidad de impulsar la eficiencia energética, esta dinámica da la impresión de haberse interrumpido, siendo posible además que si sólo se toman medidas en este asunto, se queden cortas en breve plazo, teniendo en cuenta el desafío.

Por último, hablar del ingrediente de la economía financiera. El volumen de las transacciones financieras mundiales supera varias veces el PIB mundial. Es descomunal el tamaño de estos flujos. Su importancia está fuera de toda duda, y también sus beneficios. No obstante, no está de más señalar los aspectos negativos que presentan su actual tamaño y configuración. Son flujos básicamente desregulados que acuden a dónde el beneficio es alto y en el menor plazo posible. Son flujos fuera de todo propósito que no sea ese, parecen asemejarse al catalizador de una reacción química, aceleran las dinámicas económicas reales de fondo, pero sin preocuparse del hacia dónde  ni de qué efectos pueda tener esta aceleración.  De ahí que estén en la raíz de dinámicas negativas que han afectado gravemente a países, a productos clave y, en la última crisis, a todo el entramado económico mundial. Sin embargo, no se trata de un fenómeno natural, dichos flujos son dirigidos por un número limitado de decisores, y puede, por tanto, establecerse un sistema de control y de incentivos que, permitiendo su actividad, maximice sus efectos positivos y minimice los efectos negativos, y que sea corresponsable en los efectos futuros de su actividad, como debemos serlo todos. Hay que aprender de los errores.

Nos dicen los antropólogos que uno de los avances más radicales de los primeros homínidos fue el del cambio en la forma de la pelvis, que permitió a aquellos monos diferenciarse de sus coetáneos irguiéndose. Erguirse liberó las manos, erguirse permitió caminar, y erguirse sirvió para que aquellos pudieran llevar su mirada desde el radio de los veinte o cincuenta metros, o a los que estuvieran acostumbrados, a poder contemplar los vastos horizontes de la sabana.

Aquello seguramente cambió la manera de percibir el mundo de nuestros antecesores, de lo cercano a lo lejano, de lo inmediato a lo futuro, de reaccionar a anticipar, y desde entonces es una costumbre saludable la de intentar ver qué hay más allá.

Un reciente artículo de Lobisón acababa con una propuesta que reivindicaba la vigencia del enfoque socialdemócrata a la hora de afrontar la manera de organizarse una sociedad en los años por venir. Llámese socialdemocracia, llámese de otra manera, parece bastante plausible y deseable una forma de organizarse que proporcione la capacidad de manejar aquellos procesos que afectan a nuestro futuro, y de encaminarnos evitando incendios, trampas, depredadores, precipicios. No seamos más torpes que nuestros antepasados, no renunciemos a los beneficios de erguirnos.