Después

Jon Salaberría 

Obviedad: andamos metidos de lleno en el ambientillo electoral. Pasadas las turbulencias previas, principalmente la conformación de los acuerdos preelectorales y de las coaliciones electorales, con protagonismo de la flamante marca Unidos Podemos (una heterogénea amalgama de formaciones en la que Izquierda Unida sucumbe a la OPA hostil de Iglesias Turrión), y pasada la polémica de la oferta-trampa de listas conjuntas al Senado al PSOE, en la que hábilmente el líder de Podemos ha conseguido introducir una cuña más en la debilitada madera del liderato de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, entramos de lleno en la campaña propiamente dicha, por encima de los plazos oficiales.

A día de hoy, no cabe duda alguna: la polarización deseada por parte de la formación emergente, ya coalición, y el Partido Popular, se ha materializado. Quienes subestimaban las capacidades de Mariano Rajoy Brey, entre ellos servidor, tenemos que rendirnos a la evidencia: la tan criticada y tan caricaturizada estrategia consistente en hacer de forma magistral el Don Tancredo mientras lee el Marca le permite una vez más contemplar el cortejo fúnebre del enemigo. Cuenta, además, con el descuento ya del pernicioso efecto de la corrupción sobre la expectativas electorales del Partido Popular. No cabe duda que el suelo electoral de los populares es más sólido de lo que podríamos suponer. El goteo pertinaz de casos, que sigue protagonizando portadas y horas de plató, no parece que vaya a erosionar mucho más su intención de voto. La referencia del gran rival en las urnas, no ya el PSOE sino los coaligados de izquierda, con un  perfil que se dibuja radicalizado, va a ayudar a movilizar a una parte importante de electorado que optó por la abstención o por el voto a Ciudadanos en diciembre. Es un ejercicio absoluto de retroalimentación que estimula mucho las posibilidades de ambos adversarios y deja a un lado, en un papel secundario, a Partido Socialista y Ciudadanos. Un papel secundario que se refleja, fundamentalmente, en el trato informativo. 

Ironías del destino (político): son las fuerzas políticas que, con mayor o menor acierto, hicieron un esfuerzo por el diálogo transversal, la gobernabilidad y el relevo democrático del actual ejecutivo, las que se convierten en paganas de la repetición electoral. Las encuestas (que sólo son encuestas, pero indican tendencias) señalan que Podemos + anexos, artífices del bloqueo, y Partido Popular, que rechazó en primerísima instancia el encargo del Jefe del Estado para la investidura y pasó dormitando el resto de la breve legislatura, protagonizarán el eje competitivo en la cita de junio. Ciertamente, la composición de ejes, en sólo unos meses, es capaz de llevar a la ciudadanía, especialmente la más consciente e informada, a un estado confusional profundo. Pasamos de la dualidad pluralismo-bipartidismo al binomio nueva política-vieja política, para acabar en el retorno al viejo esquema ideológico derecha-izquierda, encarnado ahora no por dos parejas más o menos proporcionales, sino por dos fuerzas principales (Unidos Podemos-PP) y dos llamadas a un papel subalterno. El desempate o segunda vuelta, según el sofisma lanzado a la opinión pública por Podemos y coaligados.

No obstante, soy escéptico ante la perspectiva de un posible cataclismo electoral como consecuencia de los comicios del 26J. A cada hora que pasa empiezo a acrecentar el temor de que el hemiciclo final podría mostrar una fisonomía muy parecida a la que alumbró la convocatoria de diciembre de 2015: el equilibrio de bloques volvería a impedir una sólida mayoría parlamentaria de alguno de los dos. El análisis de Mariano Calleja para el conservador ABC sobre los últimos datos de GAD3 incide en que la coalición Unidos Podemos es, sin lugar a dudas, la fuerza más beneficiada en el combate por los restos. Ahora les bastarían 14.000 votos menos por escaño, de forma conjunta sobre los resultados separados en diciembre de Podemos y de Unidad Popular-IU. El perjudicado, Ciudadanos, que necesitará 9.000 votos más por escaño sobre los obtenidos el 20D.

Pero hay dos variables que podrían dar al traste con el sueño del sorpasso de la coalición (si no en votos, en escaños) y perjudicar las posibilidades del otro partido emergente. Una de ellas es la más que previsible bajada de participación, que se acercaría al porcentaje aproximado del 68%, bajando desde el 73,2% de diciembre, y la otra sería la caída del voto joven. Podemos fue la fuerza mayoritaria entre los votantes menores de 29 años, y es en este estrato entre el que se va a producir una mayor incidencia, previsiblemente, de la abstención, incidencia que se podrá compensar para Podemos, en parte, con el voto procedente de IU. Ya sabemos que no siempre una coalición significa la suma de los votos precedentes de los socios. La incidencia de circunstancias como el primer fin de semana tras el fin del calendario escolar 2015-2016 o el puente de San Juan pueden incidir más en una bajada de participación en ciudades grandes y medias que en el ámbito rural, lugares en los que los partidos clásicos soportan mejor el empuje de los emergentes.

Todo esto, que sale del mundo relativamente fiable de las encuestas, justifica la estrategia previa del Partido Socialista. Creo firmemente que no es nada casual. La estructuración de un Gobierno del Cambio o Gobierno en la Sombra en la que se renuncia a lo que se denominaron inventos, como la incorporación de Irene Lozano en diciembre, y se retorna a valores clásicos del Partido, como Josep Borrell, un muy bien valorado Ángel Gabilondo o la magistrada Margarita Robles (polémicas al margen), determina la intención de dar la batalla en el estrato tradicional del voto socialista, tanto por su ubicación ideológica en el centro-izquierda, bien diferenciada de la izquierda alternativa de Unidos Podemos, como en el segmento de edad ubicado entre los 31 y los 65 años, donde ya obtuvo sus mejores resultados en la anterior convocatorias. La otra intención estratégica para huir de la bipolaridad Podemos-PP consistiría en una campaña propositiva que huya del combate personal (que creo que será inevitable en no pocos momentos de la contienda) y de la intención de Podemos de radicar el debate en la decisión posterior, el después, sobre pactos. En ello insiste el ex secretario general del Partido Socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando propone que la organización se presente poniendo en valor las propuestas que los socialistas llevábamos en las elecciones autonómicas del año pasado. Política que estamos desarrollando con independencia de los pactos o apoyos numéricos que se fueron necesarios. Propone ofrecer en las Generales, en definitiva, el balance de cumplimiento de las ofertas electorales de 2015 en las instituciones en que se recuperó el poder político como principal argumento. Difícil, muy difícil papeleta la de un Partido Socialista encomendado a la recuperación de la centralidad y del votante clásico en una época de escasa movilización de las propias filas. Difícil cuando, por primera vez desde el comienzo de nuestro proceso democrático, el hasta ahora gran partido de la izquierda carecerá del más mínimo apoyo mediático entre los convencionales y una desventaja enorme dentro del mundo de las RRSS y de los modernos y dinámicos formatos digitales.  

Es el después, sí. Porque en ese momento deberá articularse una solución para un Gobierno con una mínima estabilidad. Empezando por la ciudadanía, no sería plausible un nuevo periodo de bloqueo institucional y, ni mucho menos, una nueva repetición, a pesar del riesgo de que se vuelva a producir un resultado coral. Después, porque será el momento de plantear reformas legales de mayor o menor calado, especialmente en materia electoral y de regeneración democrática que deberán hacerse desde la geometría variable y no desde la lineas rojas. Y después, porque será el momento del enésimo momento de reconstrucción del proyecto socialdemócrata en España, que está tambaleándose desde 2010 y que por concepto jamás podrá ser ocupado por el magma concentrado en torno a Podemos. Salvo una imprevisible victoria o un acuerdo de gobierno que otorgase la Presidencia a Pedro Sánchez, y aún en este segundo supuesto, el Partido Socialista deberá afrontar un proceso interno aplazado por las circunstancias de la estéril legislatura finalizada y de la nueva convocatoria electoral. Un proceso a susto o muerte. Atentos a la especial relevancia de los datos electorales de Andalucía, que puede ser decisiva a todos los niveles, el general y el interno.

 Posdata: el acuerdo de investidura y gobierno entre Partido Socialista Obrero Español y Ciudadanos, demonizado desde los dos extremos del tablero político resultante del 20D, significaba un esfuerzo de centralidad que ha sido mal ponderado hasta por sus mismos firmantes, tanto en el momento de su suscripción como tras el fracaso de la legislatura. Un buen producto, pero muy mal vendido. De hecho, ambas partes se aprestaron a declarar su muerte por caducidad. En mi opinión, un error. Hacer un esfuerzo de pedagogía política para mantener su vigencia preelectoral frente a la firma de otros acuerdos de coalición basados en el simple cálculo de escaños antes que en los contenidos hubiese sido un acierto de cara al 26J. Ya es tarde.