Después de Toronto

Lobisón

La principal noticia de la cumbre del G-20 en Toronto parece haber sido la violencia de los manifestantes en el centro de la ciudad, ante una cierta pasividad policial, seguida después por una sobreactuación que ha despertado serias críticas: tarde y en exceso. Los motivos de las protestas tampoco están claros, pero entre ellas figuraba el que el G-20 no representa a nadie, y que debía ser  sustituido por Naciones Unidas.

A la vista de los resultados, efectivamente, no habría pasado nada porque el debate hubiera tenido lugar en la ONU, y los ciudadanos de Toronto se habían ahorrado muchos sobresaltos. La idea es que es preciso reducir los déficits de aquí a 2013, y que después habrá que tratar de controlar el endeudamiento, siempre evitando que los recortes afecten a la recuperación económica. Eso y nada se parecen mucho: tarde y muy poco.

Excepto por la música, claro. La melodía es finalmente la de la ortodoxia, según la cual el principal problema de la economía mundial es el déficit de los países desarrollados, no el desempleo ni el estancamiento económico. Se acabó el momento keynesiano. Para Krugman es evidente el riesgo de que entremos en una depresión larga, como la que afectó al Reino Unido tras la crisis de 1873, y que para muchos autores fue el comienzo de su decadencia como potencia industrial frente a Alemania y Estados Unidos.

Por otro lado la reforma del sistema financiero internacional queda aplazada hasta la siguiente cumbre en Corea, en noviembre, con un cierto riesgo de que el triunfo actual de los ortodoxos dé nueva fuerza al lobby financiero para intentar evitar hasta entonces una regulación dura. (Por cierto, y para que no falte nada, en Estados Unidos la muerte del senador Robert Byrd puede poner en peligro la aprobación de la ley Frank-Dodd impulsada por el presidente Obama.)

El propio Krugman parece haberse visto afectado por el calor, o por el clima general de dislate, y ha arremetido contra el gobierno chino por revaluar ligeramente el renminbi sin abandonar la práctica de comprar masivamente dólares para mantener más bajo el valor de la moneda china. Para quienes no somos economistas, pedirle a China que deje de comprar dólares es pedirle que deje de comprar bonos del Tesoro norteamericano, lo que podría ser el origen de una crisis de la deuda de este país como las que experimentamos en Europa.

Va a tener razón mi hija: nos estamos volviendo todos locos.