Después de la derrota

Jelloun

La derrota de la candidata socialista Segolene Royal ha puesto de manifiesto las limitaciones de la izquierda francesa para contraponer un discurso alternativo al de la derecha. Aunque ha sido meritorio el recorrido de la candidata derrotada parece que una buena parte del voto que ha conseguido aglutinar ha sido más anti-Sarkozy, el famoso TSS (“Todo salvo Sarkozy�) por el miedo que suscita el personaje que a favor de una política alternativa a la que ha venido llevándose a cabo por los gobiernos franceses, en los que Sarkozy ha jugado un papel más que relevante.

No me refiero ahora al hecho, tan destacado estos días en los análisis y balances de la campaña francesa, de que la candidata derrotada no haya sido finalmente capaz de poner en evidencia ese dato fundamental. Me refiero a la dificultad de generar un discurso propio con credibilidad por sí mismo. Una propuesta que no se limite al compromiso de “escucharâ€? a los ciudadanos sino que asuma la responsabilidad de “arriesgarâ€? unas ofertas determinadas, al menos para los problemas más importantes a los que se enfrenta la sociedad que se pretende liderar. Semanas atrás, en este mismo blog, elogiaba la novedad que parecía suponer la actitud de la candidata socialista (“Escucharâ€?, esa es la clave de la precampaña electoral de Ségolène Royal…. escuchar primero, para luego concretar su programa. Escuchar a una ciudadanía que no siente como suyas las preocupaciones que parecen monopolizar el discurso de los profesionales de la política…â€?). Parece que esa primera parte no fué seguida suficientemente de la necesaria concreción de ofertas programáticas –sobre un mínimo de cuestiones al menos-, que permitieran definir el perfil de una alternativa de gobierno.

Decía al respecto André Glucksmann –en un artículo que, de pasada, ya hemos tenido ocasión de comentar aquí- que una victoria de Segolene Royal debiera haberse producido, en su caso, sobre la base de la convicción que transmitiera con sus propuestas y no sólo por la angustia que suscitara Sarkozy. Que sea justificada o no esta angustia es otra cuestión en la que no hay por qué seguir a Glucksman. Sin embargo criticaba –y, al menos en eso, me parece que con razón-, que la campaña de Segolene Royal se incribía en una cierta herencia francesa que caracterizaba como la de quienes ante los conflictos optaban siempre por “no indisponerse con nadie�. Así, la baza de Royal, decía, “es la de no tomar partido entre los defensores del SI en el referendum sobre Europa y los que hicieron triunfar el NO, entre los que algunos tachan de “socioliberales� y los que veneran sus viejas glorias estatistas, entre los propalestinos y los amigos de Israel, los laicos y los simpatizantes del Islam, los atlantistas y los soberanistas, los que celebran y los que deploran las 35 horas, los que quieren limitar la inmigración clandestina y los que quieren regularizaciones masivas, etc�.

Desde otras visiones de la política francesa –no necesariamente identificadas con el proyecto conservador encarnado por el flamante Presidente electo-, pueden intuirse reflexiones similares. Un artículo muy interesante –por lo novedoso del enfoque- del historiador norteamericano Tony Judt pronosticaba que Europa echaría de menos a Chirac contraponiendo ciertos datos de su trayectoria, habitualmente olvidados cuando se menosprecia su figura política, con las debilidades e inconsistencias que apreciaba tanto en el ganador Sarkozy como en la perdedora Royal. Y respecto a la candidata socialista era especialmente caústico: “Segolene Royal…ha evidenciado un complejo de Juana de Arco (en su proclamación de candidatura, el pasado octubre, dijo que oía “llamadasâ€? y que aceptaba “esta misión de conquista en nombre de Franciaâ€?) y ha practicado una demagogia ‘blanda’. En asuntos cruciales como la Constitución de la UE y la admisión de Turquía ha evitado definirse y ha preferido prometer que ‘escuchará al pueblo’.â€?

Esta imagen de Juana de Arco parece que ha tenido fortuna. No hay que valorarla necesariamente en clave peyorativa o crítica. Ayer mismo, era Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur, una de las referencias mediáticas de la izquierda francesa, quien hacía balance tanto de lo conseguido como del fracaso de la candidata en un espléndido artículo que llevaba el significativo titulo de ‘Cuando Juana de Arco cayó derrotada por Bonaparte’, enfatizando las dificultades objetivas a las que se enfrentó la candidata que no supo o no pudo llegar a definir una opción socialdemócrata suficientemente convincente : “Todo el mundo habla de derrota en tono compasivo. Pero, cuando se piensa en la estética del recorrido, se puede decir (siempre que nos distanciemos de la eficacia política) que ha sido una verdadera hazaña. Desde luego, se fió de sus propias fuerzas durante las últimas semanas de la campaña electoral…El hecho de haber escogido el heroísmo de la soledad y la libertad le permitió imponerse, desde el exterior y con la ayuda de la opinión pública, en un partido que no quería saber nada de ella. Sin esa decisión, no habría sido candidata. Pero, al mismo tiempo, haber escogido la soledad le impidió poner a punto un proyecto extremadamente ambicioso: quería conciliar una especie de revolución cultural entre los socialistas franceses con una serie de pasos, por desgracia demasiado tímidos, para avanzar por la vía de la socialdemocracia.�

Pero Segolene Royal ha mostrado determinación para asumir una nueva tarea. Ha dicho que “perdida una batalla, empieza otra� y que quiere encabezarla como líder natural de los socialistas. En un partido poco unido, con gente que no le ha puesto las cosas fáciles, Ségolène Royal (que ha sido un instrumento de innovación, encarnando no sólo una nueva cara sino un método nuevo) puede jugar aún un papel decisivo de agregación y de replanteamiento. De hecho, se ha dicho ya, enfrente no hay una batalla. “Hay dos. Si una es importante: la “tercera vuelta� de las legislativas, el próximo mes de junio, la otra es decisiva: la renovación ideológica y estratégica del PS y de la izquierda�.

Las dificultades para definir una oferta política convincente no son exclusivas, por supuesto, de la izquierda francesa. Basta un somero repaso a las penurias que vive el otrora potentísimo SPD alemán, las incógnitas que se ciernen sobre el laborismo británico post-Blair, el eterno baile de partidos y coaliciones con resonancias botánicas en que se enredan, desde hace más de una década, los progresistas italianos, entre otros casos para darse cuenta de esa relativa incapacidad o fragilidad que están mostrando ahora mismo las izquierdas europeas. Se especula una vez más – es un tema recurrente que ahora reaparece a cuenta del episodio de las elecciones francesas-, con la posibilidad de que estemos asistiendo a nuevos realineamientos políticos, que superarían por obsoleta la vieja distinción izquierda-derecha. ¿Si los conceptos contrapuestos derecha/izquierda han definido el horizonte político y cultural del siglo pasado, nos servirán en el futuro para comprender un mundo que se transforma de manera rápida e inédita? Ese es el desafío.