Después de la crispación

Lobisón

La desautorización de Esperanza Aguirre en el escándalo del espionaje en Madrid ha mostrado que la batalla interna del PP no cesa, pese a los esfuerzos de Rajoy por evitar los enfrentamientos. En ese sentido se interpretó la designación de Jaime Mayor Oreja como cabeza de lista del PP para las elecciones europeas. Pero también como un intento de  frenar la posible pérdida de voto hacia UPyD: según una encuesta un 10% de los votantes del PP se estaría planteando votar a Rosa Díez.

 

El problema surge a la hora de interpretar esa deriva de un número significativo de votantes del PP. Teniendo en cuenta que la ‘rendición’ ante ETA ha dejado de ser una cuestión viva en el debate político, y que UPyD se presenta como un partido laico y progresista, cabría pensar que los votantes tentados de votar a Rosa Díez son votantes centristas en busca de una opción moderada tras el final de la crispación.

 

Cabe sospechar sin embargo, oyendo a la COPE, que las cosas no van por ahí, y que si Mariano Rajoy ha recurrido a Mayor Oreja no es porque tema que se le vayan con Rosa Díez los moderados, sino la derecha del PP, puesto que los dos candidatos compiten precisamente por el electorado que echa de menos la retórica antisocialista de la traición a los muertos y la rendición ante ETA. A Rajoy le preocupa la posibilidad de que se le vaya o se le desmovilice su derecha, y por ello ha recurrido a un candidato fuertemente identificado con la retórica de la crispación.

 

Esto resulta llamativo por varias razones. La primera es que solemos creer que a los votantes de derecha no hay nada que los desmovilice. Puede que sea la peculiar naturaleza de las elecciones europeas como elecciones de segundo orden lo que inquieta a Rajoy: la derecha del PP podría pasarle factura por su nuevo ‘centrismo’ por el simple procedimiento de quedarse en casa, y sin renunciar por ello a ninguna parcela real de poder. O votando a Rosa Díez, como una parte de la derecha votó a Ruiz Mateos en las elecciones europeas de 1989.

 

La segunda razón de que sorprenda la elección de Rajoy es que es claramente opuesta a su anunciada estrategia de ganarse al elector de centro. Ciertamente, si el resultado fuera malo, Rajoy podría intentar utilizarlo —si le dan tiempo— para distanciarse aún más de los aznaristas, culpando a Mayor de la derrota. Pero la explicación fundamental puede ser otra: a lo largo de este año electoral a Rajoy no le preocupa tanto ampliar su base electoral hacia el centro como evitar un resultado desastroso que sirva a sus enemigos para reclamar de nuevo su cabeza.

 

Salvando las notables diferencias personales, Mayor podría cumplir para Rajoy la misma función que Sarah Palin para McCain: movilizar a su electorado más derechista. Tras un par de semanas de pánico, cuando pareció que Palin podía dar aliento renovado a la campaña de McCain, ahora tendemos a pensar que su elección para la candidatura a la vicepresidencia fue un error. Pero no es seguro que fuera así.

 

Finalmente el tándem McCain-Palin obtuvo el 46% del voto. Teniendo en cuenta la que estaba cayendo no es un mal resultado, y desde luego es un resultado que no se explica sin el voto de la derecha cristiana y de los electores republicanos más conservadores. Al designar a Palin es cierto que McCain renunció a competir por el centro con Obama, pero logró movilizar a los votantes de derecha. No es nada evidente que le hubiera ido mejor en otro caso.

 

El problema es que la campaña había dejado de girar en torno a Irak, la ‘guerra contra el terrorismo’ y todas las cuestiones en que McCain se sentía fuerte, y se había volcado sobre cuestiones económicas y sociales de las que el candidato republicano no sabía una palabra y ante las que se limitaba repetir el mantra republicano de la bajada de impuestos. Fue el desastre económico, y no sólo la estrategia de campaña de Obama, lo que reveló las grandes debilidades de McCain y le dejó sin oportunidades reales de ganarse al centro.

 

Tanto en Estados Unidos como en España, lo que sucedió y está sucediendo es que una derecha movilizada según una estrategia de crispación ha perdido capacidad para competir por el electorado de centro. Si se opta por una polarización extrema del electorado, dando sólo razones para no votar al competidor, se puede ganar (Bush en el 2004) o perder (Rajoy en 2008), pero no es tan fácil cambiar después de estrategia y tratar de ganar voto en el centro sin correr el riesgo de una desmovilización de los sectores más radicales del propio electorado.

 

Leyendo el último libro de José María Maravall (La Confrontación Política) se puede ver cómo la crispación española es una variante de una estrategia electoral neoconservadora, direccional en vez de posicional, que busca crear una mayoría en contra de alguien (ZP) o de algo (los ‘liberales’ en Estados Unidos), en vez de ofrecer un programa que pueda atraer a una mayoría. No se busca ser creíble desde posiciones centristas, sino disuadir o espantar a los electores centristas para que se abstengan o voten el mal menor (cualquier cosa menos ZP).

La cuestión es saber qué pasa después. De Bush se está diciendo que no sólo ha llevado a la ruina a su país, sino también al partido republicano. Tiene cierta justicia histórica que Rajoy, que por convicción o por oportunismo encabezó la estrategia de calumnias y odio que no le dio la victoria en 2008, se enfrente ahora a la tarea imposible (a corto plazo) de construir un partido conservador creíble en el centro, bajo la vigilancia, la agitación y la hostilidad de la derecha ultramontana que él mismo alentó, y contra sus propios barones y baronesas.