Desinterés y advertencia

Barañain

Como casi nadie espera otra cosa que la lectura en clave interna –nacional- de la jornada electoral de ayer, vayamos al grano sin perder el tiempo en melancolías europeístas: el resultado que han arrojado las urnas es el que según la mayoría de las encuestas y análisis previos se consideraba más probable, esto es,  una diferencia a favor del PP de dos escaños, que descansa sobre casi cuatro puntos porcentuales de diferencia. Rajoy era el más se jugaba en el envite y ha apostado fuerte, implicándose de modo importante en la campaña y apostando por el ultra Mayor Oreja que le permitía cerrar posibles vías de agua por su lado más derechista.

 

La victoria, aunque menor de lo que el PP esperaba hace unas semanas, debería permitirle a Rajoy  afianzar un poco más su muy discutido liderazgo; al menos ha ganado tiempo y ese es un problema para quienes se lo pretenden disputar. ¿Le resultará suficiente? No está claro del todo y en cualquier caso sus críticos insistirán –ya han empezado a hacerlo esta misma noche electoral-, en qué si esto es todo lo que puede conseguir frente a Zapatero en plena crisis –con cuatro millones de parados-,  y en unas elecciones propicias a jugar a castigar al gobernante, Rajoy  tiene pocas probabilidades de éxito en una contienda en la que esté en juego el gobierno de España. En definitiva, aunque Rajoy lo planteó así, difícilmente nadie puede considerar este resultado  como una censura, siquiera simbólica, al Gobierno.

 

Dicho lo anterior y aun siendo cierto que la derrota del PSOE es razonablemente leve y que la consolidación de Rajoy, unida al poco desgaste político del gobierno, no es mala  baza para Zapatero –Rajoy como candidato, francamente, no debe inspirarle mucho temor-,   harían mal  los socialistas en no tomar como una advertencia importante la desmovilización de su electorado que las encuestas anunciaban y las urnas han confirmado.  Aunque en poco o casi nada vaya a afectar este resultado a la gobernabilidad del país en los próximos tiempos. Como ha comentado el periodista Fernando Garea, “la acumulación de dulces derrotas termina en diabetes y Zapatero ya no puede hacer cambios en el Gobierno, presentar nuevos planes o sacar conejos de la chistera”, pero, señala, “tiene tres años para reaccionar”.

 

La desmovilización del electorado socialista contrasta con la positiva respuesta del electorado conservador a la petición de “absolución” mediante el voto a sus líderes en aquellos lugares donde más escándalos por corrupción acuciaban al PP. Sus votantes han cerrado filas interiorizando como una agresión exterior ese cuestionamiento y los de izquierda se han abstenido con la convicción, quizás, de que “todos son iguales”, lo que confirmaría una vez más la tremenda regla de que políticamente la corrupción afecta más al PSOE que al PP, aunque se refiera a casos de los populares.

 

No sé si pueden sacarse muchas más conclusiones de este resultado. No creo que dé mucho más de sí. En realidad lo más llamativo de la jornada electoral, pese a estar igualmente previsto, es el nivel de abstención. En toda Europa y en España, aunque al situarse en niveles similares a los de la convocatoria  anterior, ha sido menor de la que los más pesimistas presagiaban y ha permitido a nuestros profesionales de la política aparentar un respiro de alivio.

 

Cuando los analistas se preguntan por la actual falta de interés de la idea europea para los ciudadanos pese a los indudables logros conseguidos por el proceso de construcción de la Unión (“¿Por qué Europa no tiene sex-appeal?”, se preguntaba José Martín en la edición vasca de El País de ayer mismo) es inevitable enumerar  en primer lugar las consabidas razones que tienen que ver con la complejidad de dicho proceso político y su doble plasmación institucional (representación ciudadana –devaluada- en el Parlamento y representación de los estados en el Consejo), con la falta de un presidente al que poner cara en el momento de votar, con la inexistencia de listas electorales realmente europeas y, en definitiva, con la dificultad de  compaginar un Parlamento democrático con la inexistencia de una sociedad civil y una opinión pública europeas. Todo lo cual diluiría el valor real de estas elecciones.

 

Pero, sin duda, junto a esos datos comunes a todo el espacio europeo, existen otros elementos propios de nuestro panorama político que aunque no  sean exclusivamente españoles sí destacan con fuerza entre nosotros, contribuyendo a la desmovilización política de los ciudadanos ante estas elecciones al Parlamento Europeo. Elementos como la falta de un criterio europeo en la elaboración de las listas, el carácter estrictamente nacional de la campaña electoral, su insufrible tono crispado, la ausencia en el debate (si es que ha habido algo que sea merecedor de tal nombre) de los asuntos de relevancia europea, etc. Y eso, “por no mencionar la miopía cortoplacista de nuestros líderes políticos y, sobre todo, esa irrefrenable tendencia de cualquier alcalde, presidente autonómico o ministro a apuntarse apresuradamente el mérito de inaugurar la carretera financiada por la Unión Europea, pero echarle sin rubor la culpa de cualquier decisión dolorosa que haya de tomar en casa”.

 

Así que la campaña electoral europea ha discurrido por los cauces previsibles con un resultado, en cuanto a respuesta ciudadana, no menos previsible. Las fuerzas políticas españolas parecen  haber rivalizado entre sí en alejar a los electores de las urnas. “PSOE y PP se conforman con los suyos”, resumía acertadamente El País su balance de esta campaña. El caso es que, de entrada, las intenciones declaradas eran otras. Al menos por parte del partido socialista, acaso el que debía estar más interesado en centrar en lo europeo esta contienda electoral. Se supone que se trataba de  explicar a los ciudadanos que el Parlamento europeo toma decisiones importantes, que no nos van a sacar de la crisis los que nos metieron en ella con sus políticas conservadoras y neoliberales, y que por ello era importante votar y que no hacerlo tendría consecuencias negativas. Pero bien sea por torpeza propia en los planteamientos o por incapacidad de resistir a la agenda que planteaba el PP (descaradamente ajena a los asuntos europeos), la campaña se ha despeñado entre incidentes judiciales diversos, corrupciones, trajes, aviones, exabruptos clericales –con un Mayor Oreja en estado puro, o sea, tal cual es el personaje-,  y hasta conjunciones planetarias como la que vislumbraba Leire Pajín para bochorno de propios y extraños.

 

(Por cierto, aunque cuando escribo esto apenas he echado un vistazo a los resultados en otros países europeos, parece que los mismos revelan un saldo global de derechización europea que casa mal con ese pretendido paralelismo de empuje progresista a ambos lados del atlántico que Leire Pajín querría ver reflejada  en la coincidencia temporal, breve, de la presidencia de turno de Zapatero en la UE  con la de Obama).