Desde el ombligo del mundo

Frans van den Broek 

Como es bien sabido, los seres humanos tendemos a mirarnos al ombligo en cuanto tenemos oportunidad -figurativa, cuando no literalmente-, y como los Incas no fueron menos humanos que el que más, por más que se empeñe el nacionalismo en dotarlos de cualidades sobrehumanas, declararon su capital, Cusco o Qosqo, el ombligo del mundo. Desde aquí se generó uno de los imperios más grandes que ha conocido la humanidad, como siempre a base de conquistas y apropiaciones, antes que de pactos o concesiones. 

Pues bien, como las costumbres humanas persisten a través de los siglos, el Perú declaró este año el año de Machu Pichu, debido al hecho de que hace 100 años el americano Hiran Bingham se dejara guiar por alguien de la localidad para atribuirse el descubrimiento de la conocida ciudadela, que se ha convertido en la atracción turística más visitada del Perú y, a raíz de una votación de dudosa calaña, en una de las maravillas del mundo. Cusco, por tanto, y Machu Pichu, se convirtieron oficialmente por ello en el ombligo del Perú, al menos mientras duren las celebraciones. 

Sin embargo, cabe preguntarse un par de cosas, más aún cuando se está visitando la ciudad en este momento, como el que escribe. ¿Por qué este privilegio inusual de declarar un año oficial dedicado a unas ruinas?; ¿es importante que hayan pasado cien años desde que un americano aprovechó la oportunidad de desempolvar las ruinas y llevarse miles de objetos, sólo devueltos este año? Y sobre todo, ¿es este hecho histórico más importante que otros que bien podían haber competido por el honor? De antemano afirmo que estos honores celebratorios me importan bastante poco y no creo que tengan demasiada relevancia en países como Perú, donde la pobreza todavía es grande. Dichos honores pueden quebrarle la cabeza a algún funcionario de la Unión Europea que tiene el dinero y el tiempo necesarios para dedicarles energía y hasta obtener placer debatiendo si el año que viene o el de 20 años más adelante se dedicará a la memoria de Federico II o de Felipe González, pero para el poblador común y corriente de este país, los honores le dicen poco. Ahora bien, estas designaciones honoríficas pueden, si bien encaminadas, rectificar olvidos y asignar dineros que pueden iluminar pasajes enteros de nuestra historia y recordar a las nuevas generaciones el valor de ciertos elementos de nuestra cultura o pasado que merezcan la pena su conservación y enaltecimiento. Aunque su impacto es limitado en un país con un nivel cultural más bien bajo, no es por completo inútil, me parece, y por ello es prudente escoger las denominaciones que puedan tener mejor justificación desde la antedicha perspectiva.

 Este año también se celebraba el centenario del nacimiento de José María Arguedas, uno de los escritores más queridos del Perú, y cuya obra es más relevante para el Perú pasado y actual de cuantas se hayan producido en los últimos 50 años. Exponer aquí los méritos de Arguedas es innecesario, pues es bien conocido dentro y fuera del país, y hoy por hoy la más superficial búsqueda de Internet arrojará información interesante y actualizada sobre su vida y obra. Valga tan sólo apuntar que mientras que la adscripción de Arguedas al movimiento indigenista en la literatura está justificada, esta categoría está muy lejos de aprehender el valor intrínseco de su obra, que trasciende las clasificaciones de la historia de la literatura o de la crítica. Quizá el acceso a las novelas o cuentos o poemas de Arguedas no sea fácil para un lector actual, incluso en Perú, pues demanda cierto conocimiento experiencial del indio y sus circunstancias sociales, y de la historia traumática de nuestro país, pero la belleza y ternura, la tragedia y épica de su obra es reconocible por cualquiera que ame la literatura en cualquier lugar. Debo confesar que hay pocas novelas o cuentos que me hayan emocionado tanto como los de Arguedas, y no son pocos los pasajes que me han hecho llorar de emoción y aún traen lágrimas a mis ojos cuando los recuerdo. Pero no es sólo emoción lo que patentiza su literatura, pues en ella confluyen las ideas, problemas, debates, argumentos, temas y discusiones que cimentaron el mundo intelectual de su época y de más allá, como es el tema, tan actual, de la confrontación de mundos diversos en diferentes órdenes jerárquicos, el europeo con el indio, o el europeo con el musulmán o africano o cualquier otro universo cultural distinto. Arguedas logra, además, una de las más difíciles tareas que un escritor pueda acometer, cual es la de trasladar a un lenguaje ajeno el ritmo y las emociones de otro, en su caso, de escribir en castellano como si fuera el quechua que habló y compartió con los comuneros donde se crió, con su familia, con los indios del Perú olvidado por la metrópoli. Quien lea su obra, estará, de manera distante, pero esencial, leyendo quechua a la vez, sintiendo los modos de pensar y comprender del universo indígena, y estará mejor preparado para cuando no comprenderlos, al menos respetarlos y atribuirles humanidad y profundidad.

 Visto lo anterior, ¿no hubiera sido más propio y más hermoso declarar este año el año del centenario del nacimiento de Arguedas, en lugar del descubrimiento de unas ruinas, hermosas e intrigantes, pero ruinas a fin de cuentas? Me hubiera parecido mucho más en consonancia con el espíritu de un Perú que respeta a sus creadores y mira hacia el futuro, pues Arguedas es, de muchas maneras, cada uno de nosotros. Machu Pichu, en cambio, es más una propiedad de los turistas que de los peruanos, millones de los cuales jamás han estado allí ni pondrán pie jamás en dicho lugar. La elevación de estas ruinas a símbolo nacional es, en realidad, una perversión no sólo de la historia, sino de nuestra fluyente identidad. Machu Pichu no es más importante que miles de sitios arqueológicos dispersos por todo el territorio nacional, y hasta podría afirmarse que tiene escasa importancia arqueológica. La hermosura del lugar puede ser encontrada en otros tantos miles de otros lugares. Ni siquiera se sabe bien cuál fue la función de la ciudadela. Lo que sí puede colegirse con seguridad es que era una más de las ciudadelas o fortalezas donde el Inca se retiraba, acompañado de su séquito, para solazarse o meditar, servido por un ejército de indígenas en estado de casi completa esclavitud. Los Incas fueron un pueblo guerrero de increíble crueldad a la hora de castigar a quienes se le oponían, y con una organización de carácter totalitario, y las cualidades de los habitantes de Machu Pichu, de los gobernantes que allí pernoctaban, quiero decir, no han de haber sido mejores que las de aquellos que movilizaban poblaciones enteras desde un lugar a otro, de modo similar a como Stalin trasladó a los chechenos a Kazakhstan, o sacrificaban a esclavos o niñas escogidas para asegurarse el favor de los dioses. En lo que a mí concierne, prefiero celebrar a Arguedas que a un lugar donde vaya uno a saber que tipo de tropelías se cometían, que harían rechinar los dientes a cualquiera que crea en los derechos humanos. Esto ocurrió en otra época, por supuesto, donde regían otras normas y valores; pero las celebraciones oficiales ocurren ahora y no veo razón para no enfrentar la verdad cara a cara y recordar que no todo lo que brilla es oro, como no fueran las melosas dulcificaciones del nacionalismo irredento.

 Además, quien venga a Cusco a visitar dichas ruinas se encontrará con varias razones para refrendar lo arriba dicho. En primer lugar, Cusco es una ciudad cuya principal ocupación es estafar al turista de origen extranjero. El carácter del pueblo se ha amoldado a este lugar privilegiado que se le ha asignado al visitante, por lo que hasta el más humilde empleado o vendedor tratará de engañar al extranjero sin empacho y con la razón histórica de su lado, esto es, pensando que si los europeos se llevaron el oro, le tocaba al peruano bien nacido recuperarlo robándoles a los turistas a plena luz del día cuantos dólares puedan esquilmarles, de modo oficial y no tanto. Por supuesto, los turistas tienen en general más dinero, pero no figura en mi concepción de la hospitalidad el cargarles hasta diez veces más el precio de cualquier cosa, sea lo que sea, porque es justicia hacerlo así. En verdad, es sinvergüencería, pero hasta el estado condona esta actitud y alienta el turismo a esta zona, y declara Machu Pichu lo mejor del planeta, y que se salve el que pueda. Todo en esta ciudad está estructurado al fin de robar lo máximo posible, y nadie se sonrosa por ello. Un pequeño ejemplo: la empresa Perú Rail tiene un precio para nacionales y otro para turistas extranjeros para ir en tren a Machu Pichu. El nacional paga unos 20 soles ida y vuelta desde Ollantaytambo (se ha eliminado el tren desde Cusco, probablemente con el objeto de obligar a los turistas a ir a esta ciudad, donde se les cobra también hasta el aire que respiran) a Machu Pichu. El turista extranjero debe pagar 90 dólares. 20 soples en euros es unos cinco o seis euros. Por contra, el extranjero paga 75 euros más o menos. O sea, una estafa, organizada desde el estado. Otro ejemplo: acabo de estar en la fortaleza de Sacsayhuaman, arriba de Cusco. Antes, cualquiera podía entrar gratis. Ahora el extranjero debe pagar unos veinte euros por entrada. Y para mirar unas piedras impresionantes que, estoy seguro, ni siquiera se cuidan del todo bien.

 En suma, ¿por qué declarar el año como el del centenario del descubrimiento de unas ruinas que se han convertido en la mejor excusa para estafar al desprevenido foráneo en lugar de la belleza y hondura de un escritor que requiere de rememoración y difusión entre los peruanos? Porque el estado juega el juego de la estafa, del nacionalismo barato, del fetichismo arqueológico y de la trivialidad. De otra manera, no puedo explicármelo.