Desconfianza y soberbia

Lobisón

A François Hollande se le ocurrió decir que se podía utilizar el fondo europeo de rescate para capitalizar a los bancos españoles en dificultades, y Mariano Rajoy le ha respondido con prudencia que Hollande no podía conocer la situación de la banca española. Pero además dijo que lo primero que había que hacer era llegar a conocerla, que es una forma de admitir que el gobierno español tampoco sabe cómo están las cosas. Así, contra lo que probablemente era su intención, ha contribuido a crear desconfianza en los mercados y en Bruselas sobre la situación de la economía española.

Los dirigentes del PP insisten en culpar al Banco de España (al gobernador Miguel Ángel Fernández Ordóñez) de las incertidumbres. Ya se ha subrayado mucho que el gobernador debería haber dedicado al examen de los balances de las Cajas de Ahorros, y en especial de Bancaja, el tiempo que dedicaba a exigir una reforma laboral radical. Pero eso no quita para que las responsabilidades del desmadre recaigan en primer lugar en los dirigentes de las Cajas, Olivas en el caso de Bancaja y Rato, en Bankia, que fue el que le compró la moto.

Sin embargo, hay otro aspecto de la cuestión que ahora tiene más importancia. En su afán de quitarse problemas de encima el gobierno del PP sigue manteniendo la misma estrategia que cuando estaban en la oposición: desacreditar a sus adversarios a costa de erosionar la credibilidad de las instituciones. En julio ya habrá un gobernador del Banco de España nombrado por el PP, pero la desconfianza en la institución permanecerá durante mucho más tiempo, y eso será una fuente de problemas ante los mercados y los dirigentes de la UE.

Lo más curioso es que en el origen de esta estrategia no sólo hay un irresponsable cálculo electoral, sino muy probablemente un menosprecio corporativo —por no decir clasista— de los políticos del PP frente a sus adversarios. Del raudal de insultos y descalificaciones que se vertieron sobre los gobiernos de ZP era fácil deducir que despreciaban a sus componentes porque no eran como ellos, no eran abogados triunfadores en difíciles oposiciones y con una tradición familiar vinculada a las élites provinciales de la administración y del poder.

Este menosprecio les llevó a la ceguera mientras el partido establecía muy peligrosos vínculos con los golfos apandadores de la cultura del ladrillo, y con empresarios de servicios que vivían a expensas de la administración y agradecían el favor financiando al PP y a algunos de sus miembros, o cuando menos con pintorescos regalos y favores. Es fácil pensar que detrás de los escándalos de Terra Mítica, Gürtel y un largo etcétera sólo había un móvil de ambición, pero cabe temer que también había esa especial ceguera que produce la soberbia.

Ahora Rajoy ha descubierto que su triunfal llegada a La Moncloa no ha devuelto a los mercados la confianza en la economía española, pese a los brutales recortes económicos y de derechos que ha introducido, pero los suyos siguen jugando al mismo juego. Después de haber retenido durante quince días las desviaciones del déficit en Madrid y Valencia, les ha faltado tiempo a Cospedal y a la vicepresidenta para insistir en que el nuevo gobierno no engaña a los españoles, apuesta por la más absoluta transparencia, etc. No como los socialistas, claro. ¿No sería mejor que reservaran el sermón para Aguirre y Fabra? ¿Creen realmente que los mercados y la opinión pública internacional son tontos?