Desconexión

Senyor_J

Le podríamos haber llamado “El día que Catalunya le dijo adiós a España”. O “Despedida y Cierre”. O cualquier otro título ingenioso que se nos pudiera ocurrir. Pero no hace falta más que una palabra para sintetizar el resultado de la jornada del 1 de octubre: “Desconexión”. Y no porque el presidente de la Generalitat se disponga a aplicar la ley conocida por este nombre, no es por ello en absoluto. Es porque lo sucedido el pasado domingo solo puede tener un resultado: la desconexión. Y la desconexión será afectiva, será sentimental, pero también se plasmará hasta donde sea posible en la configuración de ese país que llamamos España, porque son muchos más los esfuerzos que van a concentrarse ahora, no solo en cambiar la relación que mantiene con Cataluña, sino en que dicho territorio se separe y se reconfigure en un Estado propio.

¿Pero en qué momento sucedió esto? ¿Qué fue lo que pasó el 1 de octubre para mostrarnos tan taxativos? No fue la convocatoria de un referéndum de autodeterminación, ni las medidas tomadas desde el Gobierno de España para impedir su celebración los días previos, a pesar del acoso judicial contra los responsables del 9N y las detenciones de la semana previa. Tampoco las necesidades generadas por la persecución del referéndum, que condujeron a miles de personas a encerrarse en escuelas para salvaguardar la votación. Ni siquiera los ataques de los cuerpos policiales sobre la población civil concentrada pacíficamente, que dejaron más de 800 personas heridas, a pesar de su enorme crueldad e inmoralidad. Lo peor y definitivo vino al final del día. Y ni siquiera fueron las intervenciones de Mariano Rajoy o Albert Rivera, de los que no cabía esperar otra cosa distinta a lo que hicieron.

La desconexión definitiva se la vamos a deber al Partido Socialista Obrero Español y a Pedro Sánchez. ¿Y saben por qué? Porque con más de 800 españoles heridos en Cataluña, algunos de gravedad y en riesgo de sufrir la pérdida de un ojo, nadie, excepto PODEMOS, estaba allí para exigir responsabilidades, para reclamar la inmediata dimisión de los miembros del Gobierno de España y para prometer intentar dotarnos de un gobierno capaz de respetar los derechos humanos de su población y la integridad física de sus ciudadanos. La actitud del PSOE con su vergonzoso silencio durante la jornada y su acompañamiento al PP antes, durante y después del 1 de octubre es lo que pone fin a todas las esperanzas de evitar la desconexión.

Porque, ¿saben qué pasa? Que todo español, viva en Cuenca o en Tarragona, tiene derecho a que su Gobierno le respete y le proteja. Y es completamente inadmisible, intolerable y ajeno a cualquier principio democrático que ese Gobierno inunde el puerto de Barcelona de transatlánticos repletos de miles de personajes uniformados con órdenes dadas por dicho Gobierno de sembrar el dolor y el terror sobre personas que no iniciaron acciones violentas, sino que fueron invadidas en una acto de reivindicación política. Eso fue lo realmente grave que sucedió el 1 de octubre, no una votación de la que el Govern de Catalunya se había retirado de facto y que había quedado en manos, una vez más, de la ciudadanía y las entidades soberanistas.

¡Qué vergüenza, señoras y señores, ver cómo no se pone el grito en el cielo en el resto de España por esta acción inhumana sobre población indefensa! ¡Qué vergüenza que las fotos de ancianas con la cabeza partida, las declaraciones de mujeres con todos los dedos de la mano rota no les hagan reaccionar! ¡Qué vergüenza que a la misma ciudad golpeada por el terrorismo yihadista hace algunas semanas lleguen unos agentes traídos por el Gobierno a golpear a gente sentada en las escaleras de los institutos! ¡Qué vergüenza que durante ese día y el día siguiente una enorme parte de la población española no reaccione condenando las agresiones sino al grito de “se lo han buscado”! Se lo voy a decir más claramente por si no ha quedado claro: por increíble que resulte, una mayoría significativa de españoles y una mayoría clara de partidos nacionales se han puesto inequívocamente del lado del agresor, no del agredido

Y hasta el segundo antes de que Pedro Sánchez abriera la boca, había una esperanza. Existía la esperanza de hacer responsable a un mal gobierno de la gravedad de los hechos acontecidos en el noreste de España. Existía la posibilidad de señalar a Mariano Rajoy, al Ministro del Interior y a todos los demás y decirles: “Váyanse, porque de lo contrario es mi obligación desalojarles del Gobierno y haré lo que esté en mi mano para que España tenga un gobierno que no maltrate a sus ciudadanos”. Pero su reacción no fue esa, su reacción fue el cierre de filas una vez más: antes una cabeza rota, que una España rota.

Y con ese silencio, todos los españoles que viven en Cataluña quedaron desamparados y perdieron la esperanza de que de las instituciones españolas y sus partidos pudiera llegar reparación alguna. Tanto para populares como para socialistas y anaranjados, los catalanes se lo habían buscado. Solo Pablo Iglesias, el vilipendiado líder de PODEMOS, dijo lo que tocaba y quizás sea por eso que su confluencia catalana ha sido la más votada en las dos últimas elecciones generales que se han celebrado en Cataluña, pero PODEMOS y sus confluencias no pueden, por sí solos, construir una España diferente, una España capaz de reconocer su diversidad y de tratar a todos sus ciudadanos como personas. Hacía falta un mensaje de alguien más, de algún líder más que confortase a las personas que habían sufrido miedo en esos colegios a los que llevan a sus hijos el domingo 1 de octubre y que iluminase una alternativa, pero no había nadie más, nada salvo un silencio ensordecedor que sonó como un interruptor, el interruptor de la desconexión.

Pero esos momentos también tienen la virtud de la clarificación y revelan en qué se han convertido los catalanes para gran parte de España. Los españoles de Cataluña nos hemos vistos degradados, nos hemos convertido en el “otro”. Es por eso que el trato que nos brindó la policía el pasado domingo es más propio de dominios coloniales que de un Estado de derecho. La policía española no reaccionó contra acciones violentas haciendo un uso proporcional de la fuerza sino que vino a intimidar, vino a aterrar y vino a golpear. No le importó tener delante a personas de avanzada edad, nada les detuvo salvo volúmenes demasiado grandes de gente como para no poder hacer lo que habían venido a hacer. Y lo venían haciendo de manera sistemática desde hacía varias semanas, llevando a la ciudadanía catalana a tener que hacer cosas tan patéticas y a la vez tan audaces como dormir en las escuelas, trasladar urnas como si fueran cuadros robados o moverlas de edificio en edificio para que no fueran requisadas. Pero todo empezó realmente mucho antes y había sucedido ya muchas veces, desde aquel lejano día que los mismos que el domingo ordenaban golpear a los españoles de Cataluña tuvieron la brillante idea de recoger firmas contra su estatuto de autogobierno. Desde entonces nos convertimos en atacables y el domingo nos atacaron con saña.

Comprenderán, pues, ustedes que si ese país que se dibujó en la noche del domingo es España, los catalanes ya no puedan seguir viviendo en él. Sería magnífico que no fuera así, pero es así. “Nunca más un país sin su gente” proclamaron un día desde PODEMOS pero ello no ha dado pie a una reflexión de qué implicaciones tiene esto, sino a otra muy distinta: “Hay que acabar con PODEMOS”. Las energías políticas de ese país que llamamos España están puestas en una enorme medida en destruir a todas sus esperanzas de regeneración, no en regenerarlo. Y de esas conductas reaccionarias, les guste más o menos oírlo, nunca está ausente el PSOE. El domingo lo demostró una vez más.

Y aun les voy a decir más. Como resultado de lo acontecido y ante la imposibilidad de acceder a una vía democrática que permita ejercer el derecho a decidir que se ganaron a pulso el domingo las personas residentes en Cataluña, sobre los catalanes -no ya como sociedad, sino como individuos- recae una tarea ardua. Deberemos buscar la manera entre todos de dotarnos de un nuevo marco de autogobierno. También deberemos buscar la manera de contener la escalada en el conflicto que, ahora ya sí de forma clara, enfrenta a Cataluña con el Estado español, con el fin de que el conseguir un gobierno que proteja a sus ciudadanos no se lleve a cabo mediante una enfrentamiento creciente que nos acabe conduciendo por un espiral de violencia.

Porque yo por lo menos no quiero ver más personas con heridas oculares. Tampoco quiero volver a estar en un colegio electoral donde personas octogenarias me pregunten aterradas si va a entrar la policía o donde las familias no puedan acudir tranquilamente con sus hijos. Les debemos, sobre todo a las personas mayores, a aquellas que vivieron bajo la bota del Franquismo, que no vuelvan a sentir miedo, ni porque peligren sus pensiones, ni porque la violencia regrese a sus vidas, del mismo modo que debemos a los más pequeños ofrecerles un país en que las fuerzas del orden persigan a los delincuentes y no a los ciudadanos. También deberemos enseñarles, contra los discursos supremacistas de algunos, que ser catalán no te hace mejor ni peor que nadie, que lo que te hace mejor es proteger pacíficamente tus derechos y ser capaz de defenderlos sin recurrir a la violencia cuando están en peligro, aunque a ti te hayan golpeado antes, como hicieron tantos miles de ciudadanos el pasado día 1 de octubre, en un ejercicio soberbio de dignidad democrática.

Por todo esto, al menos algunos no nos cansaremos de buscar caminos que sigan conduciendo a una solución pacífica de los conflictos existentes y que se dirijan a ampliar el autogobierno y no a ponerlo en peligro, pero no vamos a engañar más a la gente apuntando soluciones que no están ni estarán sobre la mesa, ni diciendo que es reformable lo que no lo es. El domingo se cayeron demasiadas máscaras y la verdad quedó al descubierto ante todo el mundo. Para el que quiera verla, claro.