Descargas y cultura

Lobisón

En su entrada del 3 de diciembre Aitor Rivero explicaba que la apuesta de la industria cultural por los productos superventas —que él identificaba con la ‘cultura basura’— dejaba fuera de la oferta a los consumidores minoritarios, cuya persistencia a lo largo del tiempo origina una ‘larga cola’ de consumo potencial. La teoría de Chris Anderson, editor jefe de Wired, era que esa larga cola superaba finalmente las superventas a corto plazo.

 

Lo más interesante quizá era la idea de que Internet permite satisfacer mejor la demanda de los consumidores minoritarios, que pueden localizar a en la red productos inencontrables o descatalogados y comprarlos a proveedores lejanos que han descubierto una mina potencial en ese público. Ese es el caso de Amazon, pero también en España hay ya bastantes libreros que venden rarezas —libros de ediciones agotadas— contra reembolso o mediante pago con tarjeta.

 

Nadie parece discutir las ventajas de esta nueva forma de comercio, pero sobre Internet se proyecta también inevitablemente la sombra de las descargas P2P —de música o películas— como muestra de la aparición de un nuevo tipo de ‘consumidores piratas’ que se comportan como si la cultura debiera ser gratuita. Esta posibilidad provocó una condena tajante en DC en un comentario a la colaboración de Aitor Rivero.

 

Convendría matizar en dos sentidos. El primero es que si condenamos la idea de que se pueda acceder a productos culturales sin pagar deberíamos cerrar las bibliotecas públicas, y toda radio o televisión que no fueran de pago. Una idea tan excéntrica no se le ocurriría a casi nadie, lo que revela que estamos manejando criterios incoherentes. La crítica a las descargas parte del supuesto de que son siempre —o en la mayor parte de los casos— una forma de acceso ilegítima a bienes culturales que deben obtenerse comercialmente. Pero eso supone no sólo que están disponibles en el mercado —lo que a menudo no es cierto— sino que los usuarios del P2P tienen poder adquisitivo suficiente para pagar lo que ahora descargan.

 

Así, en un segundo sentido habría que preguntarse por la racionalidad de los actuales sistemas de venta y distribución online de música y películas. Para simplificar el argumento se puede tomar el ejemplo de la música: las descargas de pago suelen conllevar ficheros que sólo se pueden reproducir en un cachivache de una marca determinada o en ordenadores que utilizan el programa de esa marca (me refiero, por supuesto, al iPod y al iTunes de Apple).

 

La obsesión por evitar la copia —y el intercambio P2P— ha llevado además  a un horror llamado DRM —gestor de derechos digitales— que impide al comprador disponer sin problemas de lo que ha comprado. Esto implica restricciones que nadie aceptaría en la compra de un CD, e inconvenientes absurdos si se quiere pasar los ficheros de música de un disco duro a otro incluso en el mismo ordenador.

 

Pero además los catálogos online se guían a menudo por la misma lógica del ‘superventas’, y no satisfacen ni mucho menos las demandas de algunos usuarios. Es bastante inevitable que éstos recurran al P2P como única alternativa, además relativamente barata: como les gusta recordar a los internautas, cualquiera diría que las conexiones de banda ancha son regaladas, lo que ciertamente no es el caso.

 

Las discográficas —las mismas que han llevado a la industria a la apoteosis del superventas efímero— parecen creer por su parte que la caída de su volumen de negocio es consecuencia de las descargas P2P, y no aceptan que es la tecnología lo que se las está llevando por delante. Dicho de otra forma: si los gobiernos consiguieran controlar y evitar las descargas P2P, no hay ninguna razón para creer que aumentaran las ventas de CDs.

 

La mayor parte de los usuarios del P2P no tienen el poder adquisitivo necesario para comprar todo lo que descargan, y mucho menos con los actuales precios. Si no existiera el eMule, aunque copiaran los CDs o los ficheros digitales de sus conocidos, previsiblemente tendrían un acceso mucho menor a los productos que ahora descargan.

 

Tenemos así una primera moraleja: la ofensiva contra el P2P puede disminuir el ‘consumo’ de música sin elevar las ventas de las discográficas ni mejorar los ingresos de los autores. Y no es evidente que la ampliación de los ingresos por derechos de autor, por muy encomiable que haya sido la labor de la SGAE en este sentido, pueda continuar de forma ilimitada, aun al precio de limitar las libertades individuales y recortar el acceso a los bienes culturales.

 

La tecnología ha cambiado la forma de acceder a la música de los más jóvenes —y de algunos maduros—, en un proceso que no tiene marcha atrás a corto plazo. Es mucho más cómodo manejar la música en el disco duro que andar cambiando de disco en un equipo de música, o incluso en el reproductor de CDs del propio ordenador. Y desde luego es más rápido buscar la música online (pagando o no) que buscarla en tiendas tradicionales, sobre todo cuando se trata de productos minoritarios.

 

Para un adolescente, por otro lado, es mucho más fácil conseguir tener un ordenador que un buen equipo de música propio. Y no hablemos de discutir con los padres, o con los hermanos —que en algunas familias los hay— sobre lo que se oye en el equipo del cuarto de estar. Hay altavoces (pantallas) para ordenador muy razonables, y el ‘loro’ ha perdido la guerra frente a los (reproductores portátiles de) MP3s, los iPods y demás.

 

El CD, en suma, se ha convertido para los más jóvenes en un soporte para un producto, y ya no es el producto en si. Por tanto, encarecerlo y ponerle envases espectaculares —donde casi nunca se incluye la información que un usuario curioso puede desear— sólo sirve para hacer más atractivo el ‘top manta’, que es el verdadero competidor de las discográficas.

 

La segunda moraleja sería que las discográficas deberían reconvertirse al menos parcialmente en productoras y vendedoras de música online. Precios bajos y mayor rapidez podrían ser su baza para competir con el P2P, dejando de lado el maldito DRM y los formatos de marca, e incluyendo la audición de prueba antes de exigir el pago: es muy interesante por ejemplo la oferta online de Deutsche Grammophon.

 

Y luego se podrían seguir vendiendo CDs, que todos somos un poco fetichistas: Amazon ya está jugando en los dos frentes. Seguir apostando por el modelo tradicional y darnos a todos la tabarra con campañas grotescas, en cambio, no salvará a las discográficas de seguir perdiendo mercado, pero puede conducirnos a todos —y no sólo a los usuarios del P2P— a una pérdida de las libertades individuales en Internet.

 

Entre los yihadistas, los pedófilos y la SGAE, nos van a hacer la vida imposible.