Desastres no ecológicos

Lobisón

 Hace bastantes años que se viene hablando de la situación de Girona, en términos de suministro eléctrico, como bastante insostenible. Un desastre natural, la intensa nevada que cayó sobre Cataluña y la Costa Brava la semana pasada, ha supuesto cortes de suministro eléctrico que aún no han sido totalmente resueltos. En el previsible debate que esto ha originado, y según los gustos, las críticas han ido dirigidas a la Generalitat —el PSC ha retrocedido significativamente en una encuesta realizada en estos días—, contra Endesa o contra Red Eléctrica.

Piove, porco governo. Pues si nieva, y nieva alevosamente además, ya ni les cuento. Sin embargo es difícil pensar qué podría haber hecho la Generalitat para evitar o resolver la situación creada. Montilla, en cambio, ha apuntado que parte del problema viene del retraso de la línea de Muy Alta Tensión (MAT) que debería conectar España y Francia, lo que a su vez ha provocado la ira de sus socios del Tripartito, ICV y ERC, cuya hostilidad a la MAT ha sido una de las causas del retraso.

No conviene simplificar las cosas: las dimensiones del temporal de nieve no tienen muchos precedentes en la región, y es posible que la red se hubiera venido abajo aunque hubiera estado ya en funcionamiento la MAT. Pero es evidente que hoy Girona es un culo de saco en el suministro eléctrico, y la ausencia de la conexión con Francia ha dificultado enormemente el restablecimiento de la red de alta tensión. Para este tipo de desastres es especialmente importante contar con líneas de suministro redundantes y en malla.

Otra cuestión es la fragilidad de la red de Endesa (la alta tensión es responsabilidad de Red Eléctrica). De nuevo hay que tomar ciertas cautelas: la nevada fue muy intensa y de nieve húmeda, y es lógico que causara caídas en el tendido. Pero en el gremio de la energía existe cierto consenso en que la gestión de Pizarro en Endesa se caracterizó por la desinversión, y la reiteración de problemas en el tendido de Fecsa-Endesa no ha contribuido a disipar esas sospechas.

Los desastres naturales, en todo caso, ocurren, y no se pueden evitar completamente sus consecuencias. Ahora bien, el cabreo de Montilla tiene bastante fundamento. Los mismos ayuntamientos —de todos los partidos, incluidos el PSC y CiU— que han obstaculizado al máximo el tendido de la MAT exigen responsabilidades a la Generalitat de un problema que podría haber sido considerablemente menor si existiera ya un suministro alternativo de alta tensión.

La oposición a la MAT tiene dos racionalidades. La primera es ecológica: un tendido aéreo como estaba inicialmente proyectado tiene un impacto sobre el medio ambiente y sobre el paisaje, que se puede evitar si se opta por enterrar la línea, como parece que finalmente se ha hecho, aunque así todo es más lento y más caro.

Pero la segunda racionalidad en la oposición al MAT viene del síndrome de la amenaza invisible: sin mayores pruebas epidemiológicas se ha extendido el temor a las enfermedades que produciría la alta tensión, en una variante del temor a las centrales o los depósitos nucleares. Es evidente que una cosa es exigir medidas de seguridad y protección de la población y otra cultivar los miedos de ésta.

Y no es sólo una cuestión de oportunismo electoral lo que mueve a los partidos cuando se niegan al paso de líneas de alta tensión o a la instalación de un depósito nuclear: hay también una componente ideológica oscurantista cuyas consecuencias a veces, como en este caso, pagan los ciudadanos, aunque el coste político sea sólo para el PSC.