Desastre

NEAP

Vaya por delante un mensaje de solidaridad con el pueblo de Japón, que afronta una emergencia nacional que ni el más catastrofista guionista de Holywood habría sido capaz de hacer parecer realista pocos días atrás. Los escapes radiactivos de la central de Fukushima y la impredecible evolución de la crisis nuclear empequeñecen la tragedia provocada por el fortísimo terremoto y consiguiente tsunami del viernes pasado, que por sí solos segaron miles de vidas y causaron pérdidas cuantiosísimas y destrucción masiva.

Lamentablemente esta vez no se cumplió la máxima de que los países desarrollados son inmunes a las tragedias naturales, como tampoco en el no tan lejano terremoto chileno. Da pavor imaginar lo que habría pasado si una tragedia así hubiera acontecido en un sitio menos preparado para afrontarla. Afortunadamente, el envidiable civismo del pueblo japonés está permitiendo sobrellevar la emergencia de forma ejemplar y en un espíritu de encomiable solidaridad del resto de la población hacia los afectados.

Más allá del lógico sobrecogimiento que de seguro compartimos todos los que seguimos la situación a distancia, la tragedia nos va a afectar a todos. Japón tiene un grado de endeudamiento público sin parangón en el mundo (por encima del 200% del PIB) que las necesidades de reconstrucción van a hacer obligado incrementar. Hasta la fecha, las desesperadas finanzas públicas niponas han escapado de la inclemencia de los mercados porque la mayor parte de la deuda está en manos de los ahorradores japoneses.

En efecto, el gobierno japonés y sus ciudadanos llevan un par de décadas practicando un extraño teatro con papeles bien repartidos. Los ciudadanos prefieren ahorrar en vez de consumir. En consecuencia, el crecimiento económico no acaba de despegar. Ante la necesidad de inyectar dinero a la economía, antes que subir los impuestos, el gobierno se procura los recursos necesarios vendiendo deuda a sus ciudadanos, que siguen comprándola pese a que cada vez era más obvio que nunca podrá devolverse en su integridad, especialmente dados los magros efectos del keynesianismo gubernamental.

En la situación actual las autoridades niponas tendrán que recurrir a los mercados internacionales de deuda, compitiendo con otros gobiernos con necesidades de refinanciación, como el nuestro. La mayor demanda tirará de los tipos de interés hacia arriba, encareciendo el coste de nuestro déficit, y el de todos los demás. En fin, un desastre financiero, además de humano y nacional.

Por no hablar de la catástrofe nuclear. Tras haber sido el único pueblo que ha debido hacer frente a dos explosiones nucleares provocadas, los japoneses ven de nuevo cómo el aire, el agua y la tierra vuelven a estar invisiblemente envenenados. Según los análisis de los expertos hace no muchas horas, no eran previsibles explosiones al estilo de la de Chernobyl que lanzaran a la atmósfera grandes cantidades de partículas que, a continuación, el viento extendería por amplias zonas irremisiblemente contaminadas durante décadas.

Las últimas informaciones sobre la situación en Fukushima son sin embargo más preocupantes. Las fugas radioactivas son ya muy graves y quién sabe si las vasijas de contención resistirán lo suficiente en caso de que los núcleos de los reactores se fundan, como quizás ya han hecho. Aterra comprobar que los expertos en seguridad nuclear parecen estar casi tan a la expectativa como los legos en la materia. Esperemos que la situación no degenere todavía más.

Lo que está sin duda ya claro es que la energía nuclear ha sufrido un golpe del que tardará muchos años en reponerse, si es que lo hace. Fukushima ha demostrado lo que muchos temían: las medidas de seguridad son limitadas; si todo va mal, acaban siendo insuficientes. Y cuando se juega con algo tan peligroso como la radiactividad, aspiramos a la seguridad total, al parecer imposible, o demasiado costosa como para que la energía nuclear sea económicamente viable.

En consecuencia, Merkel ha suspendido inmediatamente sus planes de prolongar la vida de sus ancianas centrales nucleares y la Comisión Europea se dispone a adoptar medidas para que los demás socios europeos adopten medidas similares.

El Gobierno de España ha reaccionado con prudencia, tranquilizando a la opinión pública sobre la buena salud de las centrales activas en nuestro país y manteniéndose a la expectativa sobre los acontecimientos en Japón y sus consecuencias para la industria nuclear en Europa y todo el mundo. En paralelo, el Partido Popular ha subrayado que siempre ha privilegiado la seguridad nuclear por encima de otras consideraciones. ¿Excusatio non petita, quizás?

¿Recuerdan las ácidas críticas al Gobierno Zapatero y al Ministro Sebastián cuando se adoptó la salomónica medida de prolongar la vida de la central de Garoña sólo por dos años más? ¿Saben que FAES aboga desde hace años por la construcción de nuevas centrales nucleares como la vía más barata y menos contaminante de solventar nuestra dependencia energética? Un rápido vistazo en Google desmiente la supuesta responsabilidad del PP en la materia, como en tantas otras, como por ejemplo el terrorismo etarra o la crisis económica, en las que privilegian el ataque al Gobierno frente a la responsabilidad.

Zapatero tiene muchos defectos, Sebastián seguro que también y ,desde luego, el PSOE en su conjunto, EREs fraudulentos andaluces incluidos. Pero hay niveles y niveles. Tomemos nota. Una vez más.

Y deseémosle lo mejor, o lo menos malo, al pueblo amigo de Japón.