Desarrollo, pobreza y globalización neoliberal

Albert Sales

En estos días de “post-crisis” en que opinadores nada sospechosos de ser radicales antisistema se empiezan a cuestionar que el empleo sea una garantía contra la pobreza vale la pena recordar que empleo asalariado y pobreza han sido perfectamente compatibles durante buena parte de la historia del capitalismo y que es cuestionable que fuera de los sistemas de bienestar y de las antiguas potencias coloniales la mercantilización del trabajo pueda llevar a una reducción de la miseria.

Para ilustrar este segundo punto y poner en duda la capacidad del trabajo mercantilizado para eliminar la pobreza propongo una mirada a Bangladesh, país en el que el optimismo de las instituciones contrasta con la situación extrema de la clase trabajadora y en el que la asalarización de la población más que reducir la miseria ha provocado una mutación de la misma.

Desde principios de los 90, Bangladesh ha experimentado un espectacular crecimiento económico fundamentado en el desarrollo de la industria de la confección. En pocos años, todas las grandes firmas internacionales comercializan ropa procedente de este país asiático. La mayor parte de las personas que compran los millones de piezas de ropa que obreros y obreras de Dacca, de Chittagong o de Dinajpur, desconocen las causas pero el “made in Bangladesh” es cada vez más frecuente en los centros comerciales de todo el mundo.

Orientar el sistema productivo de todo un país hacia el corte y la confección de ropa para las firmas de moda globales ha tenido impactos muy bien valorado por las instituciones financieras internacionales. La tasa de pobreza extrema (el porcentaje de población que vive con menos de 1,90 dólares diarios en paridad de precio de compra) ha pasado del 44% en 1991 al 19% en 2010.

Esta reducción es considerada un gran éxito social de la economía de mercado, pero ignora que los marcroindicadors suelen dejar en la sombra las vidas de las personas. En Bangladesh – como China, India, Marruecos, Honduras o Turquía – la industria de la confección impone condiciones de explotación extremas a millones de obreras y de obreros. Un modelo de “desarrollo” que somete a las personas a las necesidades de los mercados ha normalizado jornadas laborales de 14 horas diarias durante 6 días a la semana, salarios que cumplen con la legislación pero que no permiten cubrir las necesidades básicas, ausencia de mecanismos de protección social, violencia y represión contra las personas que se organizan en sindicatos, situaciones de infravivienda en edificios insalubres anexas en las fábricas …

Contextualizar el éxito en la reducción de la tasa de pobreza extrema nos debe llevar a revisar el concepto de “pobreza” asumido por las instituciones internacionales. Que se considere un éxito que miles de chicas adolescentes pasen de la “pobreza” de una economía rural castigada por el acaparamiento de tierras a ingresar un salario que apenas le permite comer y pagar una habitación compartida en ciudades como Dhaka, demuestra la voluntad de instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial de construir un discurso oficial que justifique el enriquecimiento de los industriales locales y de las firmas globales a costa de la explotación de personas que dedican su juventud a estar ante una máquina de coser hasta ser despedidas alrededor de los 30 años de edad, cuando empieza a fallar la vista o el dolor de espalda hace insoportable una jornada laboral de más de 14 horas.