Derrotar al populismo

Senyor_J

Fluyen los titulares con un simple mensaje: “Francia logra frenar al populismo”. La victoria de Emmanuel sobre Marine no ha tardado nada en ser considerada por cierta opinión publicada como la nueva gran barrera de contención para frenar el avance del populismo en Europa. Primero se logró esquivar el escenario más temido, aunque no por demasiado margen: el duelo a muerte en segunda vuelta entre el Frente Nacional y la Francia Insumisa, es decir, el duelo populista que según parece habría supuesto el fin de la Europa que conocemos. Ahora, en esta nueva votación, carente de emoción alguna, Macron, como era totalmente de esperar, se lleva de largo la victoria en un sistema mayoritario que, a falta de un escenario con múltiples opciones, no deja otro remedio a la mayoría que el elegir entre susto o muerte. En este caso el veredicto no ha sido muerte, sino susto, pero un susto bien conocido: Francia disfrutará en la presidencia de un tecnócrata advenedizo y comprometido con las políticas macroeconómicas hegemónicas en la Unión Europea, que es lo que hoy en día mejor caracteriza a la UE por encima de cualquier otra cosa.

Esta es la historia, al menos tal y como la han contado algunos y algunas, pero un ligero cambio de sustantivos y adjetivos nos permitiría analizar el escenario de forma bien distinta. La nefasta gestión de la última gran esperanza socialdemócrata, llamada François Hollande, sumada a la inquebrantable querencia por el lucro de la derecha republicana francesa (desde los tiempos de Chirac esto ha sido un no parar), han puesto a los partidos tradicionales fuera de combate y han abierto las puertas a las alternativas, a los que hasta hace poco no eran más que outsiders de la política institucional francesa. Es así como el neofascismo se ha asentado como una alternativa electoral capaz de alcanzar un importante número de votos y de hacer temblar los fundamentos de la República. Es así como otro líder llamado Melenchon, que hace cinco años prácticamente parecía amortizado, ha sido capaz de elevar una alternativa subversiva que, desde una perspectiva de izquierdas, ha supuesto para Francia una enmienda a la totalidad de la deriva política que afecta al continente y al mundo en general. Pero ha sido finalmente la versión gatopardiana de los partidos tradicionales la que se ha llevado el gato al agua, mientras que a los seguidores de Melenchon se les vinculaba a Le Pen antes, durante y después el proceso electoral, la última de las veces por su posición ante una segunda vuelta a la que Le Pen llegaba sin opciones: porque Francia no es Estados Unidos y porque Macron ocupa un espacio lo bastante central como para atraer votos de todo el mundo (ello no hubiera sido en cambio tan previsibles en un duelo final Le Pen – Melenchon, en que la derecha francesa hubiera mostrado su verdadero rostro y sus verdaderas querencias).

Hoy en día se llama populismo a cualquier alternativa que se sitúe fuera de los espacios tradicionales de los partidos y de las formas tradicionales de hacer política. Es por ello que ciertos movimientos transformadores son asimilados a partidos filofascistas por medios y políticos. Se le llama populistas pero también se les podría llamar antisistema, de hecho este sería un concepto que sintetiza perfectamente los rasgos fundamentales de algunos de estos partidos: rechazo del modelo bipartidista imperante y demanda de asunción de responsabilidades a los partidos que han gestionado siete años de depresión y empobrecimiento, rechazo de un modelo de construcción europea que pone en suspenso el bienestar de los ciudadanos, cuestionamiento del entramado mediático-financiero que sostiene la política tal y como la conocemos… Lo que pasa es que la crítica común no implica horizontes comunes. Los insumisos en Francia o Podemos en España no trabajan a favor de la exclusión social por motivos de origen, ni de la involución en los derechos sociales adquiridos, ni creen que aspirar a mejorar las condiciones de vida de la gente sea simplemente un eslogan electoral. No son movimientos populistas, son partidos del cambio, con sus aciertos y sus errores, y la permanente vinculación nominal con la derecha europea xenófoba es un insulto a la inteligencia y a sus votantes.

Los partidos del cambio son además una realidad que ha llegado para quedarse. Precisamente el éxito de la fórmula gatopardista en Francia denota las dificultades que tienen los partidos tradicionales para seguir existiendo con una mentalidad y una cultura política del siglo XX en el complejo y polifacético siglo XXI. En España, la situación interna del Partido Socialista refleja bien esa problemática: la fractura entre los partidarios del populista Pedro Sánchez y la salvadora Susana Díaz no podría ser más ilustrativa. La declinación populista del socialismo en España se explica a menudo como un fenómeno meteorológico o un signo de los tiempos, en lugar de como el resultado de la crisis total en que vive inmersa una socialdemocracia incapaz de tomar las riendas del presente sin mirar a su izquierda, de las preferencias de una dirección transitoria por dar su beneplácito a un gobierno de la derecha española tradicional, en detrimento de partidos transformadores, aunque la suciedad y la corrupción brote de cada uno de sus poros, y del recurso a mecanismos antidemocráticos para desalojar al líder elegido por las bases y hacer lo posible para que nunca vuelva a ostentar la máxima dirección del partido. La salvadora encuentra en los dirigentes del pasado y en las baronías territoriales sus simpatías; el populista, en la indignación y en el rechazo a seguir haciendo lo de siempre. De Pedro Sánchez se ha dicho de todo para presentarlo como alguien completamente impresentable y completamente incapaz de dirigir un partido, pero desde fuera, lo que observamos es que dispone de una enorme corriente de simpatía interna, que sus sucesores no han hecho sino empeorar la posición política de un PSOE que pasa de pacta con Ciudadanos a dar apoyo en la presidencia del gobierno a Mariano Rajoy y que la salvadora promete abundar profundamente en esta vía. El error de cálculo cometido por los barones territoriales y los viejos rockeros, llevados por sus ansias levantiscas y su tendencia a abrazarse a lo de siempre, es seguro que va a pesar como una losa en el futuro político de Susana Díaz, gane o pierda, pero esa misma fractura tampoco augura un gran futuro, al menos a corto plazo, en caso de victoria de Pedro Sánchez.

Entretanto, los populistas de Podemos preparan su moción de censura contra el gobierno de Rajoy, una jugada no exenta de riesgos pero que reposa sobre un contexto tremendamente favorable: el desborde judicial del Partido Popular por un lado y la impotencia política del PSOE por el otro, que queda totalmente retratado en sus preferencias, por si alguna duda hubieran dejado ciertas grabaciones. Si, llegado el día, Antonio Hernando o quien corresponda según cuál sea el resultado de las primarias socialistas, sube al estrado a intentar ridiculizar la iniciativa de Pablo Iglesias con su habitual talante, quedará perfectamente claro quién ostenta la oposición en España y quien se identifica mejor con el concepto de alternativa, mal le pese a los guionistas del relato populista.

Como señalaba ayer Olga Rodríguez en El Diario en relación con Francia, el establishment no puede vivir permanentemente en una huida hacia adelante, rehuyendo el replantearse la que ha sido su forma de actuar hasta el momento, que ha conllevado el avance del saqueo y la pauperización frente a la igualdad o las necesidades y aspiraciones básicas de la población. El gatopardismo te puede salvar la papeleta una vez pero no tiene recorrido a largo plazo cuando en esas nuevas generaciones de jóvenes que nutren en un porcentaje cada vez mayor el electorado crece el pesimismo y la desesperanza, así como las ansias de cambio. Es por ello que el cambio no es una opción, sino una necesidad, y si no lo encarnan unos, lo encarnarán otros. Cambiaremos a mejor o cambiaremos a peor, pero nada podrá seguir igual durante mucho tiempo.