Democracia intervenida

Ricardo Parellada

Democracia intervenida es el título de un excelente librito publicado hace un par de meses por José Fernández-Albertos, en el que analiza las causas de la crisis de deuda que sufren varios países europeos desde hace dos años y posibles soluciones. Su tesis fundamental es que las soluciones no democráticas (como la imposición de gobiernos técnicos o recortes drásticos de gasto) no solo son muy problemáticas políticamente, sino, en buena medida por ello, inviables económicamente.

El libro forma parte de una colección publicada por LibrosLa Cataratayla Fundación Alternativas, que tiene el difícil objetivo de ofrecer análisis rigurosos y accesibles a la vez, basados en conocimientos y documentación técnica, pero expuestos con claridad para que pueda seguirlos un público no experto. En mi opinión, este libro cumple con creces este objetivo. Como lector interesado, pero no experto, me parece que se trata de un tipo de análisis imprescindible para el público que quiere llegar más allá de lo que consigue entender en la prensa, pero que no ha leído ni llegará a leer más que uno o dos de los títulos aducidos en la bibliografía de estos libros. Son especialmente de agradecer en este libro los paréntesis que introducen o explican con claridad hasta los conceptos económicos más elementales.

En los tres primeros capítulos, el autor analiza las políticas de austeridad imperantes en Europa (en España desde mayo de 2010) y sus costes económicos y sociales. En los dos capítulos siguientes, analiza dos estrategias ante la situación actual: proseguir con los ajustes fiscales y la devaluación interna, o introducir una mayor integración de las instituciones y las políticas europeas. Y, en el último capítulo, sostiene que solo las políticas económicas con legitimidad democrática pueden ser viables económicamente a medio plazo y aboga, por tanto, por liberar a las democracias de la intervención. A continuación voy a limitarme a señalar algunas dudas y dificultades, que giran en torno a la noción de democracia.

El autor señala repetidamente que políticas democráticas son las aceptadas por la mayoría. No obstante, a pesar de insistir en caracterizarlas así, quizá en aras de la sencillez, en algún lugar matiza que no se trata de una aceptación certificada a tiempo real a golpe de encuesta o referéndum, sino más bien de políticas que hayan sido adoptadas mediante los procedimientos democráticos establecidos. De acuerdo con lo último, serían democráticas las medidas económicas adoptadas por un gobierno o un parlamento legitimado para ello, aunque la población o demos que ha elegido ese parlamento no las comparta, es decir, aunque sean impopulares. Sin embargo, el autor insiste en considerar no democráticas las políticas que no son aprobadas por una mayoría social y quizá no estuviera de más una mayor aclaración sobre este punto.

La idea de democracia intervenida, que da título al libro, permite abundar sobre lo anterior. Las medidas económicas adoptadas por un gobierno democráticamente elegido no serían propiamente democráticas si, aunque se respeten los procedimientos establecidos, el gobierno y el parlamento las aprueban en contra de su voluntad, a contre coeur, como bajo Zapatero en mayo de 2010 y bajo Rajoy repetidamente en los últimos meses, forzados por los socios europeos. Estas políticas económicas no serían democráticas, o bien porque no las quiere la gente, o bien porque en realidad no las quiere el gobierno que las decreta, o por las dos cosas.

Mi duda es cuál es el demos respecto del cual se consideran democráticas o no las políticas económicas en este último caso. Si un Estado necesita dinero y sus socios pueden prestárselo a un interés más bajo que el de mercado, pero para ello imponen condiciones, me pregunto si el carácter democrático de esa imposición depende de la opinión del gobierno y la población del Estado que pide ayuda o de los gobiernos, las instituciones comunes y la población de los países que toman la decisión de ofrecer esa ayuda. Si los socios dela Unión Europeaimponen condiciones a un Estado para recibir un préstamo de acuerdo con sus procedimientos actuales de decisión, por seguir con ese ejemplo, ¿es democrática o no esta imposición en función de la opinión del gobierno y del demos de ese Estado o en función de la opinión de los socios europeos y el conjunto de su población?

En el libro de Fernández-Albertos se alude al demos nacional y a la humanidad al comentar y adaptar el trilema de Rodrik sobre la globalización. Sin embargo, a mi modo de ver al utilizar la noción de democracia intervenida se restringe de manera absoluta la noción de democracia a los Estados nacionales, sin aludir a la importancia que tiene contemplar, no ya el conjunto de la población del planeta, sino los propios ciudadanos dela Unión Europea, que tanta relevancia tiene en los análisis de libro. Quizá algunas aclaraciones en este sentido podrían ser de utilidad.

Para ilustrar algunas cuestiones, Fernández-Albertos pone ejemplos de decisiones en ámbitos distintos del político, como una comunidad de vecinos. Aprovechando este ejemplo del propio autor, mi pregunta es qué pasa sila Juntade Gobierno elegida democráticamente por los propietarios comete unos disparates monumentales que acaban arruinando a la propia comunidad. Imagino que las cuentas pueden acabar intervenidas y la comunidad bajo un administrador judicial o algo así. Supongo también que hay disparates posibles bajo los que puede ser intervenido un ayuntamiento cuyo gobierno haya sido elegido democráticamente, o una universidad cuyo rector haya sido elegido democráticamente. En todos los casos, se interviene la comunidad de propietarios, el ayuntamiento o la universidad, no se interviene la democracia. ¿Es evidente que en el caso del Estado-nación no solo se interviene el Estado sino LA democracia, si la intervención respeta procedimientos supranacionales de decisión y existe un demos superior?

A propósito de las políticas económicas democráticas, en el primer capítulo de su libro el autor señala algunas variantes del argumento de que no es conveniente que los políticos elegidos en las urnas tengan un margen de maniobra total en la política económica, lo cual motiva la creación y el mantenimiento de instituciones contramayoritarias: “las elecciones añaden incertidumbre, los políticos manipulan variables económicas para conseguir la reelección, la gestión de la economías modernas es tan compleja que es preciso dejarla en manos de expertos alejados de las presiones electoralistas, la política genera resultados ineficientes porque las preferencias de los votantes o los gobernados no son consistentes en el tiempo (lo que preferimos para el largo plazo a menudo entra en conflicto con lo que queremos en el corto)…” Aunque es cierto que el autor alude después a alguna de estas consideraciones, dado que contradicen abiertamente su propuesta fundamental, creo que habría sido conveniente desgranar por menudo las razones por las cuales se deben rechazar todas y cada una de ellas.

En particular, a mi juicio sería necesario abordar despacio el problema de las preferencias. Me cuesta creer que se pueda atribuir a la gente preferencias claras y determinadas acerca nada menos que de la política económica. Naturalmente que todos tenemos ideas acerca de repartos justos e injustos de costes y beneficios, pero de ahí no parece fácil sacar conclusiones sobre LA política económica. Tras mostrar con maestría la necesidad de reducir la desigualdad y aumentar la internalización de la economía (no por razones morales, sino económicas), el propio autor señala que esas estrategias (yo diría objetivos) “no producirán resultados en el corto plazo”, con lo que parece difícil que podamos seguir políticas económicas en todo momento sancionadas democrática o popularmente. Yo creo que querer, lo que se dice querer, lo que la gente quiere es libertad, igualdad y fraternidad, o bienestar y justicia, como queramos decirlo, pero de ahí a tener preferencias claras sobre las políticas económicas convenientes en cada momento hay un abismo. Las políticas económicas son buenas o malas para acercarnos a esos fines, y este libro es muy útil para pensar sobre ello. El mantra de la democracia me parece menos útil.