Del socialismo estamental al socialismo universalista

José S. Martínez

 El hundimiento socialista es una especie de test de Roschard, es decir, un test proyectivo, donde se le enseñan unos manchurriones al paciente y debe decir lo que vea. Lo que el paciente cuenta, no está en la mancha, está en su cabeza. Con los resultados electorales pasa algo parecido, cada uno ve LA CAUSA de la debacle en aquello que tiene en su cabeza. Si la persona tiene alguna inquietud científica, intentará que su interpretación de la mancha cumpla con unos mínimos de rigor metodológico, pero para esto hay que ser un perturbado de la especie politológica, sociológica o demás gente de mal vivir.

 Me he puesto la venda antes que la herida, para que me dejen que apaciblemente haga mi proyección. Creo que una de las causas del hundimiento está en que el PSOE se ha dejado llevar por el frenesí identitario, un frenesí que según algunos comenzó en la izquierda con mayo del 68 (Boltansky y Chiapello) y que ha conseguido refinarse hasta constituir la ideología más completa y refinada del capitalismo realmente existente: tolerancia multiculturalista y mercado liberal, como formas “naturales” del orden social (Zizek). 

Este frenesí identitario ha terminado constituyéndose en la defensa de diferentes grupos, de los más numerosos, como las mujeres a los menos numerosos, como los transexuales, pasando por los jóvenes, los extranjeros, los no heterosexuales, las minorías religiosas, los viejos, etc. En líneas generales estoy muy de acuerdo con la defensa que se han hecho de las muchas identidades y de cómo han mejorado en su reconocimiento social y/o derechos, si comparamos la situación con unas décadas atrás.

 Pero creo que la forma de articular la defensa de estos colectivos ha sido equivocada. Se ha hecho suponiendo que la sociedad se divide en comunidades estancas, cada una con una serie de derechos y deberes distintos al resto. La Ley Contra la Violencia de Género ha sido un claro ejemplo de este problema.  Es una ley estamental, pues considera que los derechos de las personas dependen de su estatus adscriptivo, es decir, de su condición por nacimiento, en este caso el sexo. Hubiese sido suficiente con que la ley fuese más garantista de la persona en la pareja con menos posibilidad de integrarse social y económicamente si la pareja se disuelve. Así, la ley también hubiese sido defensora de la gran mayoría de las mujeres, especialmente de que las que tienen poca o nula experiencia laboral, y no se habría encontrado con la situación presente, en la que si en un matrimonio de varones homosexuales se da una situación de violencia, la ley deja desamparada a la víctima.

 En cuestiones de juventud también se llega a situaciones absurdas, dando ciertas ventajas a las personas por el mero hecho de ser jóvenes. Por ejemplo, hay políticas de vivienda que apoyan especialmente a los jóvenes, cuando lo relevante para comprarse un piso, más que la edad, son los ingresos que se espera ganar a lo largo del ciclo vital. Así, es posible encontrar edificios de protección oficial ocupados por clases medias (profesores, médicos) debido a que se les concedieron al comienzo de su carrera laboral, cuando sus ingresos eran bajo. Una política mejor sería ceder las viviendas en alquiler, y no en propiedad, en función de la renta de las familias, y revisar esa situación cada cinco años, por ejemplo. Lo importante no es la edad, es el dinero.

 En ambos casos, y otros muchos que podríamos citar, la ley está concebida para defender a los más débiles, pero se equivoca en la forma en que lo hace. No hay que defender a los más débiles por ser mujeres, jóvenes o extranjeros. Hay que defenderlos porque son personas en una situación de desventaja. Por tanto, la ley no debe marcar derechos según las características de las personas, sino según su falta de recursos. En los dos ejemplos citados, la ley tiene que tener en cuenta que cuando una pareja se rompe, uno de los dos lo tiene peor, o que el problema no es ser joven, sino tener pocos recursos.

 Además de la injusticia que supone la recuperación del estado estamental, la exaltación de las identidades particulares lleva al enfrentamiento entre grupos. Un plan de empleo juvenil puede levantar el resentimiento de las personas de cuarentataytantos que se quedan en paro, por ejemplo. Pero un plan para acabar con los parados de poca experiencia o de larga duración no estaría enfrentando en la misma manera a unas personas contra otras.

 Resumiendo, el socialismo nace como una corriente universalista, pero la contaminación con el romanticismo comunitario y la defensa de las identidades particulares lo está haciendo descarriar. Ese universalismo no es el lecho de Procusto, que al largo le cortaba las piernas y al pequeño lo estiraba, para que encajasen en su cama de invitados. Es un universalismo que repara según los recursos de las personas, no según su identidad. No podemos cambiar de identidad, pero en cualquier momento puede que pasemos a tener menos recursos, como estamos viendo continuamente a nuestro alrededor.

 Por eso, un socialismo con más hincapié en la redistribución de recursos hacia los que tienen menos, en vez de en la defensa estamental de identidades, es un socialismo más universalista e integrador, un socialismo en el que todos nos podemos reconocer, porque todos sabemos que en algún momento a nosotros o a nuestros seres queridos les puede ir mal, independientemente de su género, etnia, edad, etc.