Del prófugo Dragan Dabic y otras máscaras

Frans van den Broek

 

La prensa internacional ha recogido con aspaviento en sus primeras páginas la captura del prófugo Radovan Karadzic (quien se hacía pasar por el inocuo pseudo-shamán Dragan Dabic), ex-líder de la ridícula república Serbio-Bosnia, responsable, se dice, de matanzas sin igual en suelo europeo desde la segunda guerra mundial. Aunque prefiero en general, por simples rasgos de carácter, no escribir sobre temas de tan obcena actualidad, esta noticia ha coincidido con mi intención de tocar de nuevo este asunto a raiz de la más o menos desapercibida noticia, hace unas semanas, de dejar libre a Naser Oric, lider de los bosnios musulmanes durante la caida de Srebrenica. Además, esta última tragedia tiene una relación directa con el pais donde vivo, como bien sabe quien haya leido los diarios los últimos días: el ejército holandés estaba encargado de proteger el enclave supuestamente seguro de Srebrenica cuando Mladic se decidió a atacarlo y masacrar a unos ocho mil de sus habitantes masculinos de religion musulmana (y a deportar al resto).

 

No he podido olvidar aquellos días de comienzos de julio de 1995 en que los primeros reportes comenzaron a aparecer sobre la toma de Srebrenica por los serbio-bosnios. Dada la confusión de la situación inicial –que no se disiparía del todo hasta ahora-, las reacciones de la prensa y el público, y, peor aún, de los gobiernos mismos, fueron erráticas y hasta contradictorias. Para con casi todo conflicto, los seres humanos tendemos a identificarnos de modo maniqueo con quienes consideramos del lado del bien, contrapuestos a aquellos que han optado por la equivocación e incluso la maldad. ¿Quién podría dudar en aquellos momentos, como no se hace ahora en general, de que el bien estaba de parte de los pobres musulmanes refugiados y de sus protectores, sobrecogidos por las acciones ilegales –si es que la legalidad tuvo en algún momento algo que ver en todo esto- e imprevistas del ejército bárbaro de Sprska? Al horror de ver cómo el enclave seguro caía en manos de Mladic, con las consecuencias que esto podría acarrear para la población musulmana –sospechas que fueron confirmadas después-, se unió en mi ánimo una decidida solidaridad por los pobres soldados holandeses a quienes, se repetía e iría a repetir a menudo desde entonces, se había encargado una ‘misión imposible’. En las fotos, al lado de masas desposeidas y aterrorizadas, se les veía consternados, alicaidos, impotentes. ¿Por qué la comunidad internacional no había previsto que algo así ocurriría, mientras que cualquier analista medio informado podría haberse dado cuenta de la peligrosidad de la situación? ¿Por qué las reacciones timoratas, indecisas, burocráticas de las instancias involucradas?

 

Lo que pasó después, sin embargo, disiparía para siempre mi solidaridad con los cascos azules holandeses y constituiría una las decepciones morales y humanas más grandes de mi vida; me refiero, claro está, con quienes tuvieron que tomar las decisiones, no con quienes tan sólo tuvieron que seguir órdenes, de quienes no puede saberse cuál hubiera sido su reacción ante tales circunstancias extraordinarias de haber podido hacer algo al respecto. Miles de haraposos bosnios acudieron al cercano campo de Potocari, base de los cascos azules en el lugar, a pedir ayuda y se internaron en sus instalaciones, en la esperanza de que nadie podría hacerles daño allí, como se les había expresamente prometido. Pero no contaron con algo que sólo puede describir una palabra, una palabra que ha sido cuidadosa y alevosamente evitada en cuanto documento oficial se ha publicado al respecto desde aquellos luctuosos hechos, una palabra cuyo uso ha sido reemplazado por eufemismos, artilugios, máscaras diversas y hasta delicuescencias semánticas, y cuyo contenido ha perdido entre nosotros, los modernos occidentales, mucho de su antiguo valor y precisión: la cobardía. La cobardía de todos, desde la ONU hasta los comandantes en el sitio, desde el psicópata Mladic hasta el imbécil coronel Karremans, una cobardía espesa y obtusa que obnubiló el criterio de todos y les costó la vida a más de 8 mil inocentes, cuya única falta –ilusoria al fin, intangible – fue el haber sido musulmanes en medio de una guerra fratricida que no debió permitirse nunca, y menos por el tiempo que duró ni por las razones que la originaron, y, más vergonzosamente, en la misma Europa que ahora se llena la boca de exultación por el éxito de negociaciones que de seguro llevaron a la captura del mencionado Karadzic, y que se llenará la boca otra vez cuando le llegue el turno a Mladic o a otros criminales que todavía andan sueltos y a quienes se haya atribuido un valor simbólico que permita olvidar que la mayoría de los genocidas jamás conocerán la justicia, ni las víctimas verdadera recompensa.

 

Lo que pasó después ha sido objeto de reportages sesudos y de investigaciones parlamentarias, ha hecho caer a un gobierno y condenar a muchos, pero, repito, tengo que repetir, sólo puede describirse como supina cobardía, y como imborrable verguenza (otro de aquellos conceptos cuya validez se ha relativizado al gusto de los tiempos). Porque, ¿cómo se puede describir el que un destacamento que se mandó para proteger a gentes amenazadas por la guerra contribuya a su separación en hombres capaces de pelear –incluidos adolescentes de hasta doce años- y el resto, para entregarlos después casi sin chistar a los soldados de Mladic, quienes después hicieron lo que todo el mundo, incluidos muchos de los cobardes soldados de la ONU, sabía que irían a hacer, a masacrarlos sin piedad o, por lo menos, internarlos en campos de concentración en condiciones miserables y asesinas? Lamentablemente para los participantes en esta ignominia, hay documentos incontrovertibles, que no pueden dejar dudas a quienes tengan ojos para ver: allí está el vídeo donde aparece el coronel Karremans brindando con Mladic por la liberación de Srebrenica, como un perrito asustado, casi rogando le perdonen el haber ordenado –lo único bueno que hizo, aunque tarde y mal- un ataque aéreo sobre las tropas de Mladic, quien le grita en el mismo vídeo pidiendo explicaciones, como haría cualquier gángster en cualquier película de clase B americana. Allí están los soldados separando a las familias, padres de hijos, mujeres de maridos, adolescentes en edad de disparar de niñas despavoridas y gimientes. Allí está, otra vez, el mencionado comandante recibiendo un regalito de Mladic, y preguntándole con tono de broma si era para su mujer, una vez completada la segregación y acordado el transporte de los cascos azules a lugar seguro y de los musulmanes escogidos al matadero. Allí está el mismo comandante explicando a la prensa, con aire sabihondo y relajado, después de llegar a Zagreb, que había que ir más allá de las divisiones entre ‘good guys and bad guys’, y allí están las tropas holandesas, haciendo el tarado borrachos, celebrando su vuelta seguros a territorio croata, departiendo con el mismísimo príncipe Willem Alexander y el primer ministro Kok, como si hubieran ganado una batalla, y no fuera seguro que acababan de entregar al infierno con mínima resistencia a seres humanos con quienes no se sentían identificados –palabras de varios de la misión-, de puro cobardes y pensando más en la recuperación de sus armas –hay un documento oficial del ministerio de defensa holandés que lo atestigua- y en salvar su pellejo, que en la seguridad de aquellos que se suponía debían haber defendido con sus propias vidas si fuera necesario –pues para ello eran soldados voluntarios y profesionales cumpliendo una misión, por imposible que fuera-. Allí está el testimonio corroborado de Hasan Nuhanovic, a quien el comandante holandés negó contrabandear a su propio hermano menor en el carro oficial en el que se iría, por miedo a que lo descubrieran y se enojara Mladic, a pesar de las súplicas del traductor de los cascos azules. Allí están muchas más imágenes y testimonios, libros y reportes, huesos desenterrados y llantos finales, que para mí sólo evocan desde entonces las palabras cobardía y verguenza, las que debiéramos sentir todos ante un horror ocurrido en nuestras narices y ante horrores similares, cuando no hacemos lo correcto y no tenemos el valor ni la dignidad de entregarlo todo para evitarlos.

 

Pero allí están también la diplomacia y las negociaciones, los compromisos y los pactos, necesarios e inevitables si queremos vivir en mínima armonía y hacer operativas las sociedades democráticas. Y en ese tráfago de restricciones y consensos, desaparecen muchas veces, como ha ocurrido con Srebrenica y Sarajevo, términos que en la vida diaria individual tienen un sentido más o menos claro, o que debieran tenerlo para nuestro bien. La captura de Karadzic no va a volver a la vida a los muertos, pero traerá algo de justicia en este panorama de indignidades medio olvidadas: al comandante del regalito, en lugar de degradarlo, lo promovieron más tarde por sus servicios prestados. El hombre, en lugar de callarse y desaparecer dignamente de la esfera pública, tuvo el desparapajo de hasta escribir un libro para defenderse y sigue afirmando que no hizo nada malo. El ministro de defensa del tiempo de la caida del enclave es alto asesor de una organización internacional y se permite opinar, como si no hubiera tenido ninguna responsabilidad, sobre la captura de Karadzic, casi congratulándose a sí mismo. El gobierno holandés que dimitió supuestamente por haber mandado a sus tropas a una misión mal preparada, lo hizo a puertas de unas elecciones que los hubiera sacado del poder de todas formas. Nuhanovic, el pobre traductor que perdió a su padre y hermano, sigue sin encontrar justicia por tamaña traición. Cientos, quizá miles de genocidas siguen y seguirán sueltos. Naser Oric, líder musulmán corresponsable hasta cierto punto de la tragedia, por haber atacado inmisericordemente pueblos serbios de la vecindad de Srebrenica, salió libre hace poco porque no se le pudo probar más que lo necesario para condenarlo al tiempo que ya había servido durante su detención. Y la Unión Europea sigue queriendo ejercer el papel de moralizador inocente que se arroga desde hace tiempo, mientras que no fue capaz de detener este genocidio y tuvo que esperar, como tantas veces, a que interviniera América para que se lograra un acuerdo. ¿Y quién recuerda la torpeza, estupidez y total falta de tacto de Alemania al reconocer a Croacia de inmediato en cuanto se declaró independiente, existiendo el trasfondo de una guerra no menos genocida iniciada por los nazis y de una alianza con los milicianos croatas durante la segunda guerra mundial? La lista de indignidades puede ser muy larga, pero felizmente los reparos de la justicia no son del todo conmensurables con las mismas y exceden simbólicamente los casos puntuales. Uno tiene que alegrarse de la captura de tal psicópata, sin duda, pero esto no significa ni tiene que significar que se tenga que cantar victoria como si no se tuviera parte en el asunto que le permitió convertirse en la bestia en que se convirtió. Más bien tendría que recordarnos que uno debería ser humilde ante tragedias de esta naturaleza, y que existen palabras sencillas, antiguas, que describen parte de lo que pasó, aunque ya casi nadie las usa: cobardía, verguenza, las cuales siempre pueden aplicarse a uno mismo si se es verdaderamente sincero y no se pierde uno en las normales retóricas de los políticos y las urgentes necesidades de las noticias.