Del gesto al programa (Segunda entrega)

Barañain

 Cuando se trata de “Podemos”, en lugar de entrar en el análisis concreto de sus propuestas, parece que muchos se conforman con contemplar, entre fascinados y apesadumbrados, el “gesto” que supone su irrupción en el panorama político  como expresión de hartazgo. En el seno de la izquierda -al menos, de la que publica su opinión en prensa-, predomina una recepción acrítica del discurso de esta nueva formación. Es muy representativo de esta actitud lo que escribía el sociólogo José Antonio Gómez Sánchez  (“De repente, un extraño: Podemos”), que se preguntaba  analizaba la composición y motivaciones de sus electores y candidatos, como “el resultado de la crisis y, también, de la incapacidad de las élites de la Transición para crear una economía innovadora y competitiva”.  http://elpais.com/elpais/2014/06/02/opinion/1401733423_094855.html

 Hasta ahí la cosa es bastante obvia: de cualquier expresión política o electoral novedosa  como las que vemos proliferar en Europa, puede decirse, sin temor a errar, que es una respuesta a la crisis. La cuestión es -o debería ser-, el análisis del contenido de dicha respuesta, para, a partir de ahí,  definir la actitud ante la misma. Hacer el necesario juicio de valor previo a la adopción de una postura política al respecto. Es decir, lo mismo que se acostumbra a hacer ante fenómenos populistas incubados en otros criaderos ideológicos, ajenos a la izquierda. Lo curioso de los análisis que se leen ultimamente a propósito de Podemos es que se elude esa crítica concreta y en su lugar se hace una  apología de su mera presencia que -de paso-, justificaría las advertencias jeremíacas de los apologistas sobre la mala marcha de nuestro sistema político.  Pero, además de constatar lo airada y descontenta que está una parte de la población  ¿cabe dar una respuesta a su respuesta que sea algo más que una condescendiente “comprensión”, aliñada a veces por el sentimiento de culpa?   

Para ese sociólogo, Podemos “ha articulado un discurso de defensa de las personas frente al sistema económico actual”, discurso sobre cuyo contenido, sin embargo, no decía nada. Su análisis se centraba en las responsabilidades de los partidos preexistentes –que uno puede compartir-,  pero no había una palabra sobre ese supuesto “discurso articulado” que pudiera hacerlo a su juicio  merecedor del apoyo progresista. Casi al final de su artículo, el autor reconocía que Podemos “no tiene las soluciones y salidas que se necesitan, sólo un desván de ideas recicladas lanzadas como puñales contra el sistema, pero ahora su función es expresiva, no programática”. O sea, que de “discurso articulado”, nada. Pero si es sólo expresión de algo,  más o menos impreciso, una vez agotado el gesto, ¿en base a qué propuestas se definirá esa fuerza política que aspira nada menos que a echar fuera  a toda la casta política actual?

 Cuando tras las elecciones coincidí con unos amigos, hasta esa ocasión veteranos votantes socialistas, me sorprendió que  descartaran de inmediato hablar sobre el programa de Podemos que  habían votado: “¡Eso no tiene ningún  interés!”, “¡No hace falta leerlo!”,  “¡No caeremos en esa trampa!”, “¡Todos los programas son igual de vagos!”, etc.  Me sorprendió porque chocaba con su trayectoria militante y reflexiva, pero lo entendí en cuanto me  leí de pe a pa el infumable contenido de la oferta programática de Podemos.  Al igual que esos electores que confiesan haber votado tapándose la nariz para obviar la evidencia de la corrupción entre los suyos, sólo ignorando conscientemente el contenido de ese “discurso articulado” con el que Podemos se presentó en sociedad, podría un progresista con trienios darles su apoyo, al menos en esta ocasión, sin ruborizarse. Veamos, pues, en qué consiste el programa de Podemos.

http://podemos.info/wordpress/wp-content/uploads/2014/05/Programa-Podemos.pdf

 De muestra, algún botón: su “plan de rescate ciudadano centrado en la creación de empleo decente” se limita a pronunciarse a favor de un “programa de inversiones y políticas públicas para la reactivación económica, la creación de empleo de calidad y la reconversión del modelo productivo hacia una economía basada en la innovación que contribuya al bien común”. O sea, su programa consiste en decir que debe haber un programa, del que sólo apuntan unas piadosas intenciones.

 Lo mismo puede decirse de esa  especie de literatura rosa sobre “promoción del protagonismo de la pequeña y mediana empresa en la creación de empleo”, “establecer  mecanismos para combatir la precarización del empleo”, “redistribuir equitativamente el trabajo y la riqueza, favoreciendo la conciliación familiar”, “establecer de políticas redistributivas para la reducción de la desigualdad social”, etc. No caricaturizo, esas son -literalmente-, las propuestas que integran ese “soplo de aire fresco” que ha irrumpido en las instituciones.

 No parece el colmo de la originalidad invocar nuevamente la jornada laboral de 35 horas semanales  y  es un brindis al sol plantear la  jubilación a los 60 años,  si no se explican sus efectos sobre el sistema de seguridad social ni como podría hacerse posible –en el supuesto de que fuera algo deseable-, en las condiciones actuales de España. Este apartado, que debería ser el fundamental en una formación que nace al calor de la actual crisis económica, se completa con propuestas pintorescas como la “prohibición de los despidos en empresas con beneficios” (¿cómo? ¿por decreto? ¿interviniendo las relaciones laborales?) o indefinidas (“incremento significativo del salario mínimo interprofesional”, pero sin que sepamos con qué coste o a costa de que otro gasto social) o que, como sintonizan bien con el extremismo clásico, ni siquiera se argumentan (“eliminación de las Empresas de Trabajo Temporal”).  Curiosamente, no hay ni una sola palabra sobre los desempleados actuales, cuya protección está seriamente amenazada.  

 ¿Con lo que se lleva hablando en este país de las pensiones se puede tomar en serio un programa que se limita a proponer tensionar aún más el sistema (“reducción de la edad de jubilación a 60 años”) o a gastar palabrería insulsa (“derecho una pensión pública no contributiva, de calidad y que garantice una vida decente”)?  Su propuesta sobre la deuda consiste en hacer una auditoría: “auditoría ciudadana” la llaman, como retomando aquello  de Lenin  de que en la revolución  la economía debería entenderla una cocinera.   Auditoría para “delimitar qué partes de éstas (deudas) pueden ser consideradas ilegítimas para tomar medidas contra los responsables y declarar su impago”. Lo que no dicen es qué consecuencias tendría un posible impago, cómo lo resistiría nuestro país, como conseguiría dinero después. Sospecho que muchos cocineros tendrán mejores intuiciones sobre la deuda española que los promotores de Podemos. Eso sí, esta auditoría ciudadana deberá coordinarse con las auditorías y los  procesos de reestructuración de deuda de otros países de la UE. Lo de coordinar siempre queda bien, aunque no se sepa de qué están hablando. Y, por supuesto, “derogación del artículo 135 de la Constitución española”. Al menos algo concreto: ¡qué casualidad, lo que saben que es irrealizable!

 Con respecto a la banca, apenas música celestial. Aunque presentan sus medidas como una “reorientación del sistema financiero al servicio del ciudadano”, todo lo que Podemos propone es, pásmense, “aprobar medidas destinadas a democratizar la dirección de las entidades bancarias y cajas de ahorros”, “garantizar el fujo de crédito a tipos de interés preferentes hacia PYMEs, cooperativas y autónomos” (¿cómo lo harían?) y “promover la banca ética y cooperativa”. La única propuesta más o menos definida es la de “establecer una tasa sobre los beneficios bancarios para la reinversión Productiva”. Ah, sí, también proponen la “regulación pública de los tipos de interés básicos de la economía” (¡?),  que ya nos contarán en otra ocasión de qué va. En fin, no me imagino a Botín y cía. temblando ante este programa justiciero.

 Haciendo un guiño a su componente comunistoide, Podemos aboga por la “recuperación del control público en los sectores estratégicos de la economía: telecomunicaciones, energía, alimentación, transporte, sanitario, farmacéutico y educativo, mediante la adquisición pública de una parte de los mismos, que garantice una participación mayoritaria pública en sus consejos de administración y/o creación de empresas estatales que suministren estos servicios de forma universal.” Pero no nos dice qué ventajas tendría que el estado fuera el proveedor mayoritario de la alimentación o la farmacia, por ejemplo,  ni qué efectos tendría sobre la economía, ni, sobre todo, cómo se financiaría semejante estatalización masiva, pues de subir impuestos, nada.

 El programa fiscal de Podemos,  aparte del consabido “endurecimiento de las sanciones del delito fiscal” y  de la poca novedosa “implantación de la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras” (¿se sumaría a la otra tasa, la de los beneficios bancarios?) apenas explica nada. Proponen  una “política tributaria justa orientada a la distribución de la riqueza” en la que se vigilarían más las grandes fortunas y corporaciones y abordan algunas cuestiones concretas: que si el impuesto de sociedades,  que si el de patrimonio, que si las SICAV, que si el IVA,… pero no nos dicen cómo, en las condiciones en que estamos, se afrontaría ese ambicioso (y extravagante) subidón del gasto social que defienden, con qué ingresos.

 No sigo, porque esto se alargaría mucho.  Lo resumido me parece más que suficiente para hacerse una idea de la insustancialidad de la propuesta política supuestamente novedosa de Podemos. Ni siquiera voy a comentar sus extravagantes  ideas de suprimir la enseñanza concertada y el copago farmacéutico (vigente desde hace muchísimas décadas en España),  o  su delirante proposición en materia de inmigración (“Prohibición de los CIES, anulación de los programas europeos sobre inmigración FRONTEX y EUROSUR, eliminación de las vallas fronterizas, fin de la política de deportación de Inmigrantes ilegales, etc. y en su lugar una “red de acogida integral que los atienda” con “libre circulación y elección de país de residencia y regularización y garantía de plenos derechos para todos los inmigrantes sin distinción… con o sin papeles”).  Tampoco  glosaré sus propuestas en materia de política exterior y comercial, ni sus dosis de irracionalidad  con  coartada ambientalista (contra el fracking, los transgénicos, los abonos químicos, etc.) ni su inevitable dosis de antisemitismo, seña de identidad del izquierdismo europeo (Israel es el único país del mundo con el privilegio de ser  citado –y no una, sino dos veces, las dos de modo denigratorio -, en el programa de Podemos).

 Algún otro ilustre comentarista lamenta que la crítica de la izquierda “se fija sólo en el ingrediente populista de su presencia pública” en vez de reconocer que “la socialdemocracia ha dejado debilitadísimo el flanco de una política reditributiva creíble”, hueco que, se supone, habría venido a llenar Podemos. ¿En serio eso que he resumido es una política redistributiva creíble? ¿Es creíble proponer, sin ton ni son, en un mismo cóctel, estatalizar servicios, adelantar la jubilación, subir el salario mínimo, subir pensiones, conceder renta básica a todos los ciudadanos, recibir y dar prestaciones a todo inmigrante que lo desee y a la vez desafiar a quienes deben facilitarnos el dinero dejando de pagar deudas? ¡Si al menos fuera un programa maximalista! ¡No es eso! Es que llamar a eso programa ya es un exceso retórico. Respuestas hay muchas posibles, como formas de cantar,  pero no hay que confundir una canción ni con un ronquido, ni con un bostezo y, menos aún, con un eructo. Aunque sea muy popular.

6 pensamientos en “Del gesto al programa (Segunda entrega)

  1. Buenos días Barañain, cómo estás? Sé que estabas esperando mi comentario, así que aquí estoy. Igual he hecho mal pero según he empezado a leer tu artículo he buscado el programa del PSOE para ver en qué no es nada populista, qué cambios propone para evitar tensionar más el sistema (cambios sobre sus propios cambios), qué ideas de izquierdas le quedan (económicas)…. y nada, no veo nada, sólo frases hechas.

    Efectivamente Podemos es resultado de la crisis (de la crisis de ideología del PSOE), de cómo se ha manejado la crisis, con políticas neoliberales y/o políticas de ni fú-ni fá.

    El programa del PP no lo he buscado, ni mi ordenador ni mi religión me lo permiten.

    Hay una cosa con la que no coincido con Podemos. No creo que haya una casta política, lo que sí creo es que los defectos que tienen los políticos españoles son los mismos defectos que tienen l@s ciudadan@s españoles, que es peor. Si fuera tan fácil como cambiar a una tanda de políticos petardos, pero en realidad hay que cambiar la cultura de un país, empezando por los políticos, pero no por casta, sino por jetas, que de ellos está el país lleno. Habrá que empezar a cortar cabezas, en sentido figurado, no se vaya a preocupar la Esperanza Aguirre y su no poca jeta.

  2. A mi lo que me da la risa es ver con la solemnidad con la que dice el líder de Podemos Pablo Churchillytown :
    “No podemos dejar en los políticos la solución a los problemas” y aunque siempre matiza añadiéndole lo de “la casta política”…
    …Que quieren que les diga ,solte una carcajada estruendosa al ver como el mismo se conertia en político al jurar como eurodiputado.

    ¡No podemos dejar la solución a los problemas a los políticos!

    ¡¡Ay madre!!…..JAJAJA….que nervios.

  3. Barañain ha puesto proa a Podemos. Solo puedo mostrar cierta conmiseración hacia el nuevo partido, porque Brañain si algo ha demostrado es ser puntilloso y concienzudo.
    Yo les voy a dar mas cuartelillo.

    Pero bueno, a mi lo que me apetece es hablar un poco de los Autos Locos populares. Entre Carromero, Aguirre, Gallardon, Lopez etc..que harian escritores del ingenio (o lo que sea) de Ussia. editorialistas tn lucidos como Marhuenda, etc si esta racha se hubiera dado en el PSOE o en algún partido de izquierda?.

    La verdad es que dios da pan a quien no tiene dientes.

  4. Sarah, estoy de acuerdo en eso que dices de que los políticos tienen los mismos defectos que el resto de los españoles. En contra de lo que decían los del 15-M sí que son muy representativos.

    Respecto al programa de Podemos, es cierto que no tiene la exclusiva en cuanto a generalidades y vaguedades. Es esa un excusa que he oído en algunos de sus flamantes votantes que se jactaban de no preocuparse por eso. Pero hay una diferencia importante: lo que en partidos veteranos es disculpable -porque con una amplísima trayectoria detrás- los ciudadanos no están tan pendientes del contenido de sus programas concretos, no lo es en formaciones nuevas. En estas, a falta de trayectoria lo único que tenemos es su propuesta. Y de eso es de lo que habría que hablar, máxime si esos partidos nuevos se lanzan con la pretensión de hacer tabla rasa (“echar a los de la casta”). Lo curioso – o sangrante-, es que algunos escriban sobre su política redistributiva supuestamente novedosa y no sé cuantas cosas más, de las que no hay rastro en el llamado programa. A eso me refería cuando hablaba de la recepción acrílica de Podemos.

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