Del aborto y metafísica (es un decir)

Frans van den Broek

Una de las experiencias más duras que pueda sufrir una mujer ha de ser la del aborto. No me refiero solo a la experiencia clínica en sí, que dependiendo del estado del embarazo puede ser simple o complicada, sino a la demanda emocional que supone. Pero si esto es así, no es muy difícil imaginarse el trauma que constituye el realizar el aborto en condiciones de ilegalidad y clandestinidad, faltas de higiene y hasta de respeto. Pues esto es lo que quieren promover ciertos legisladores de corte evangelista en el Perú, inspirados por vaya uno a saber qué ideas religiosas.

El caso es que dichas ideas, éticas o metafísicas, tienen una presencia notable en buena parte del mundo y nadie puede denegarles el derecho a propalarse o comunicarse, pero muy otra cosa es admitirlas como base de derecho. ¿Hasta dónde puede invocarse la separación de estado y religión para rechazarlas en la legislación de países modernos? Quiero decir, otras ideas de procedencia religiosa, como la propia idea de la igualdad del ser humano antes los ojos de Dios, o la abolición de la esclavitud, una de cuyas fuerzas propulsoras fueron las iglesias, terminaron siendo incorporadas en nuestra visión secular del mundo, despojadas de su sustancia metafísica o sus adherencias escatológicas. ¿Qué nos asegura que una idea como la presencia del alma en el nuevo ser desde el momento de su concepción no vaya a ser refinada y asimilada en una posible cultura global del futuro, mezcla de secularismo y religiosidad? Si algo nos enseña la historia es a no descartar casi ninguna posibilidad, incluidas las que postulan desarrollos retrógrados, si bien es posible discernir cierta evolución también, de la naturaleza que fuera, del Absoluto hacia su culminación histórica o de los derechos humanos hacia su verdadera aceptación universal. La separación de Estado y Religión es, después de todo, algo novedoso aún, destinada a seguir suscitando resistencias de todo tipo que bien pueden revertir en doctrinas y prácticas que creíamos desaparecidas.

Dado que casi cualquier respuesta política o filosófica al tema del aborto es controversial, quizá lo sea menos la experiencia, como dije al inicio, sobre todo aquella que elude disquisiciones interpretativas por la agudeza de sus contornos físicos y emocionales. En cierta ocasión tuve que acompañar a una amiga a hacerse un aborto en Lima, allá por los años ochenta. Cómo se enteró del nombre de una clínica en donde se practicaban abortos de manera clandestina no lo recuerdo, pero me imagino que sería a través de amigos o conocidos. El caso es que enrumbamos a un barrio al que jamás hubiéramos ido, como no fuera a hacernos robar adrede o a comprar droga, donde se encontraba la clínica de marras, si así puede llamársele. Después de mucho buscar, dimos con el lugar que fungía de clínica, un segundo piso de una casa desastrada, de un color que debió haber sido amarillo en sus inicios, convertido en un color indefinido donde se mezclaban el polvo, la polución y la melancolía limeñas, más desierto que girasol y menos casa que galpón. Tocamos un timbre que colgaba de su alambre eléctrico, y nos contestaron por un intercomunicador cuya presencia no advertimos hasta que nos dimos cuenta de que estaba pintado del mismo color impreciso que el resto de la fachada y que ronroneaba al emitir el sonido. Tuvimos que dar cierta contraseña, una frase anodina que identificaría al visitante como cliente y no policía –y cuya procedencia tampoco puedo recordar y de la cual me maravillo, pues ¿cómo así se conservaba tan bien en el legado oral de los limeños necesitados de aborto?- y la puerta se abrió. Lo había hecho una cuerda que venía del segundo piso y que jalaba alguien a quien no podíamos ver. La escalera era empinada y conducía al segundo piso de la casa sin pasar por la casa principal, un añadido tal vez o una escisión, y una vez arriba encontramos una sala de espera llena de mujeres con rostros entristecidos o preocupados. Para entonces mi amiga era presa de los nervios y temblaba. Me susurró que mejor nos fuéramos y a punto estuve de hacerle caso, pues yo también temblaba, presa de la paranoia y la timidez: la policía podía venir en cualquier momento y el único hombre en dicho recinto era yo.

-¿Han venido para hacerse una chequeo?

Este era el eufemismo que significaba un aborto, nos habían dicho. Mi amiga respondió como pudo y nos sentamos. La gente me miraba, por la extrañeza de mi presencia y por el sudor que corría por mi cara me imagino. La espera fue interminable, y en ningún momento mi amiga dejó de temblar. No supe jamás qué decirle para calmarla, pues ¿qué cosa puede consolar a una mujer aterrorizada y en medio de un dilema moral del cual no podía entender un bledo?

Cuando le tocó su turno, dio un respingo y fue al despacho sin mirarme. Allí no podía ir, por supuesto, y tuve que pasar el tiempo mirando el suelo para evitar las miradas de las otras personas. Al final, me dijo la asistenta, mi amiga me esperaba en otra habitación. “¿Es usted el enamorado?”, me preguntó la muy desvergonzada. Y me recordó que le hiciera tomar los antibióticos los días que le correspondían, pues de no hacerlo cogería una infección. Le agradecí su interés y me marché corriendo.

Mi amiga estaba llorando en el otro cuarto, incapaz de controlarse. No pudo hacerlo hasta que llegó a su casa, en la que asumo que tuvo que fingir que se había perdido el último episodio de su telenovela preferida, pero el llanto continuó los días siguientes, según me contó. Lo peor fue el trato del médico, me dijo, cuya sensibilidad comparó a la de un dinosaurio picado por un mosquito de los de hoy en día, pues le pareció que la consideraba una niña engreída a la que había que librar de un bulto innecesario si pagaba la tarifa, y el proceso fue inhumano e impersonal. Ella no pudo evitar la contemplación de los despojos ni las bromas del médico, y después de unos quince minutos de humillación la despacharon como quien arrea una vaca al matadero.

Su caso, aunque triste, es nada comparado con el de miles de mujeres que tienen que hacerse un aborto con comadronas, familiares, amigos o por su cuenta, con terribles consecuencias, entre las que la muerte no es una excepción. ¿Con qué derecho entonces piden ahora legisladores peruanos que el derecho al aborto se restrinja de manera que signifique la miseria de tantas mujeres en el Perú? Solo el fanatismo o la ignorancia pueden explicarlo. Los estados no tienen por qué inmiscuirse en las decisiones que competen solo a los individuos y a su destino. Cualquier especulación metafísica al respecto tampoco es competencia del estado, y la libertad debiera ser la norma, en este y otros temas aledaños, como la eutanasia o la experimentación  con células madres o incluso el suicidio. Es cierto que algunas prácticas médicas requieren de control legal, pero ¿por qué tendría que decidir el estado sobre el destino de cientos de miles de mujeres? Si alguien quiere tener una criatura, nadie debiera tener nada que decir, al igual que si alguien decide  no tenerla. Pero los estados dudan al respecto y castigan cuando no debieran y aceptan cuando no les compete, lo cual crea distancia y falta de confianza.

Si la ley pasa en el congreso, Perú habrá avanzado en la dirección de la prehistoria política con la anuencia del gobierno y la pasividad de los partidos políticos principales. Una mala cosecha para un gobierno que se ha preciado de su progresismo y de su respeto a la mujer, y que es probable que lleve a una mujer a la presidencia en algunos años. Pero que no podrá hacerlo si no arriesga el cuello (o la trompa de Falopio) en su cobarde intento de satisfacer a todo el mundo sin satisfacer a nadie.