Decir una cosa cuando se hace la otra

Guridi 

Ayer pasó una cosa muy curiosa en un acto de Sánchez. En su intervención de 20 minutos, Sánchez se dirigió a la prensa para pedirles que se centren menos en los cruces de declaraciones de los candidatos y que se centrasen más en los proyectos. Cuando acabó el mitin, los periodistas acudieron a Sánchez para que les contase su proyecto. Pero Sánchez no quería contestar ninguna pregunta. Entonces, los periodistas le preguntaron que estaban haciendo precisamente lo que él les demandaba desde el estrado: “romper la barrera de la comunicación para hablar de proyectos”. Sánchez dijo “hacéis muy bien, venga gracias”.

Este no es sino un ejemplo de lo que suele hacer Pedro Sánchez desde siempre: decir una cosa para hacer otra. Acusa a sus oponentes de insultar, cuando su ruptura con los últimos barones se tradujo en lanzar al “Equipo Sugus” a insultarles y a acosarles en las redes. Pide debates de guante blanco, pero no mueve un músculo cuando quien le precede en los actos, como el alcalde de Calasparra o el “renovador” desde hace 30 años, Ábalos, insultan a sus oponentes y a la comisión gestora del PSOE. 

Sánchez dice querer representar a todos y defender al PSOE, pero se ha montado una estructura paralela a su medida. Dice que “aquí nadie es menos socialista que nadie”, pero luego habla de que sus oponentes están en “la gran coalición”.

Entiendo perfectamente la ira de la militancia, una ira producto de abusos de poder (como los que hace Santos Cerdán en Navarra, por cierto), promesas rotas y medidas pospuestas, siempre por responsabilidad. Una ira que es producto de aquello a lo que llamé “democracia corregida” y que se ha hecho intolerable desde los tiempos de Rubalcaba.

Pero la ira no debe atizarse, porque eso es faltar al respeto a las personas que la sienten. La ira debe aplacarse con hechos, con medidas, con actos. Y Sánchez, que se puede servir de ella, la alimenta con las mismas paladas de promesas falsas a las que están acostumbrados quienes mejor le conocen. La ira ciega al que la siente y, si se dirige contra un objetivo, ya no deja ver nada más. Por eso, para los seguidores de Sánchez, no hay incoherencia alguna en pedir respeto entre insultos, juego limpio mientras se miente o en inventar directamente mentiras contra personas que son compañeros y compañeras del mismo partido y que hasta hace no tanto eran amigos.

El objetivo de Sánchez no ha cambiado nunca: quiere ser el que mande. Y le da igual lo que vaya a romper en el camino. Y para ello utiliza las mismas tácticas de las que ya os hablé aquí hace tres años.  

“Oye, Guridi, pero Susana…” me diréis en los comentarios. Susana tiene muchos defectos. Y parte de su círculo más cercano me produce directamente escalofríos. Pero es preferible a Pedro. Es que prefiero mil veces a un “aparato” que a un caudillo. Del aparato se puede salir y, además, se le pueden cambiar las piezas. Del caudillismo sólo se sale de maneras traumáticas. 

Y, de verdad, no me empecéis a hablar de “confrontar proyectos” y esa clase de tonterías. Porque a Pedro ningún proyecto le ha durado más de dos semanas. Cuando se sigue a una persona que cambia tanto de opinión acerca de todo es porque su “proyecto” no te interesa. Es una mera coartada para volver ansioso de sangre, como el rey destronado que cree ser.  

La gente reprocha a Javier Fernández que dijera que a Pedro Sánchez se le “derrocó”. Lo dijo con ironía, pero sólo se derroca a los reyes. Y yo no quiero a un rey al frente del PSOE.