De zambos deszambados

Frans van den Broek

La trágica muerte de Michael Jackson no pudo sino recordarme un viejo hábito asociativo que casi se me había desvanecido con el tráfago de los años. Desde que Jackson empezara su triste metamorfosis racial, cada vez que topaba con su nombre o que lo veía en televisión o escuchaba su música venía a mi memoria el corrosivo cuento del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, autor al que suelo volver, como ya sabe el lector de este blog, llamado “Alienación (cuento edificante seguido de breve colofón)”. A quien lo lea le resultará obvia la conexión y son muchos los que la han hecho, sin duda. No todos los cuentos de Ribeyro son fáciles de encontrar en España, sin embargo, y para beneficio de quienes aún no lo conocen voy a resumirlo y comentarlo.

 

El comienzo del cuento condensa en un párrafo la intención dramática de toda la historia, así que me limitaré a reproducirlo: ‘A pesar de ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada vez menos a un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de Filadelfia. La vida se encargó de enseñarle que si quería triunfar en una ciudad colonial más valía saltar las etapas intermediarias y ser antes que un blanquito de acá un gringo de allá. Toda su tarea en los años que lo conocí consistió en deslopizarse y deszambarse lo más pronto posible y en americanizarse antes de que le cayera el huaico y lo convirtiera para siempre, digamos, en un portero de banco o en un chofer de colectivo. Tuvo que empezar por matar al peruano que había en él y por coger algo de cada gringo que conoció. Con el botín se compuso una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni zambo ni gringo, el resultado de un cruce contranatura, algo que su vehemencia hizo derivar, para su desgracia, de sueño rosado a pesadilla infernal”.

 

En la sociedad colonial, obsesiva en su clasificación de la sangre, se instauraron una serie de categorías raciales que pretendían dar cuenta de todas las mezclas posibles y sus combinaciones, una especie de algoritmo genético avant la lettre. Como sede del Virreinato del Perú, Lima tuvo entre sus habitantes a razas venidas de todos los rincones del planeta, las cuales, como era natural e incluso aconsejado por las instancias espirituales, empezaron a multiplicarse y esparcirse por los senderos de la tierra. Pero de algo no podían escapar, y era de su estigma racial. Hubo nombres para los hijos de indio con blanco, o de blanca con indio, o de africano con blanco o de africana con indio, y más tarde hubo que designar a los ayuntamientos de chino o japonés con blancos, indios o africanos. No todas estas denominaciones sobrevivieron el advenimiento de la industrialización y los concomitantes cambios sociales, pero la de zambo sigue siendo usada, aunque con significación diluida y connotaciones cambiadas. Originalmente aplicada al hijo de un blanco con una negra, ahora se usa para cualquiera en el que sea evidente algún hálito africano en las venas. Como casi toda clasificación racial, por supuesto, tuvo en su origen y conserva aún hoy en día, una intención defenestratoria, si bien, cabe repetirlo, la palabra ha cambiado con los tiempos.

 

Los tiempos a los que se refiere el cuento de Ribeyro, no obstante, tenían poco de políticamente correctos, y ser motejado de zambo equivalía a sentencia de inferioridad y desprecio por parte de las clases dominantes (o de las otras razas oprimidas, hecho que no hay que olvidar). El cuento relata la breve y tragicómica historia de Roberto López, un zambo nacido en un callejón, hijo de una lavandera, quien solía acudir a la plaza Bolognesi para jugar con los otros chicos y sobre todo para mirar a la gente. Todos amaban entonces a la bella Queca, una adolescente de legendaria belleza, de la que también Roberto López está enamorado. Pero él no se atreve a hablarle, hasta que un día una pelota es enviada con demasiado entusiasmo en dirección equivocada, y Roberto ve su oportunidad. Se lanza a rescatarla, con riesgo propio, y cuando se la alcanza a Queca, ésta, en lugar de agradecerle y quizá hablarle un rato, le espeta una frase que decide su destino: “Yo no juego con zambos”.

 

Roberto sufre, pero empieza a observar y aprender. Descubre que los ojos de Queca filtran sin reparos los colores oscuros de las pieles y que sólo los blanquiñosos merecen su atención. Aparece un jovencito que consigue acaramelarla y hasta logra llevarla a la fiesta de promoción con que los escolares peruanos celebran el fin de su educación escolar. Pero este blanco no es todavía lo suficientemente blanquiñoso, pues de pronto aparece un gringo con coche propio que se la llevará al altar y a su país.

 

Roberto entonces sabe que la única solución a la miseria de su vida es hacerse americano cueste lo que cueste. Roberto es pobre, a diferencia de Michael Jackson, pero recurre a sus medios y se oxigena el pelo y se lo plancha. Recurre al polvo de arroz y a cuanto medio pueda obtener para ablancarse la piel, y se compra cuanta ropa pueda permitirse que lo asemeje a los héroes de las películas americanas, vaqueros (que nosotros, los peruanos, todavía llamamos blue-jeans), correas con gruesas hebillas, camisas a cuadros o floreadas. Semejante comportamiento le crea problemas en su propio medio, donde es tenido por pretencioso, pero Roberto persiste a pesar de todo. Al quedarse sin empleo por su propia tozudez americanista, busca un trabajo que lo ponga en contacto con la comunidad americana, pero no hay manera de romper el cerco de hierro de la raza. A pesar de su cabello amarillado, de su piel blanqueada, de su inglés aprendido de las películas y en el instituto Peruano-Norteamericano, no consigue lo que desea y decide emigrar. Con un amigo y compañero de destino, se van a Nueva York, pero muy pronto descubren que dicha ciudad está llena de Bobys López (así es como lo empezaron a llamar los americanos que encuentra en uno de sus trabajos) y que la sociedad es inmisericorde con el indigente. A punto de claudicar, pero empecinados en jamás volver a la detestada Lima y en hacerse americanos pase lo que pase, deciden entonces reclutarse en el ejército americano, que necesita soldados para la guerra de Corea. A quien lo haga se le promete el paraíso del sueño americano: nacionalidad, trabajo, seguros, quizá hasta una novia rubia y ciega para con la zambedad.

 

Al principio todo va sobre rosas, y viajar a tan exótico lugar lo ven como un preludio de los placeres venideros y un premio a sus sacrificios. Pero llega el momento de ponerse en acción, y en una de las escaramuzas a Bob López le arrancan la cabeza enrubietada a balazos, llegando a parar a un charco de algún arrozal coreano en el fin del mundo. Su compañero sobrevive con un brazo mutilado, pero la madre de Roberto muere del disgusto y ni siquiera hay nadie que pueda cobrar la pensión del estado americano. Aquí acaba la historia de Roberto López, pero Ribeyro nos cuenta además en un colofón el destino de Queca, quien ha emigrado a América con su gringo, un destino que, de haberlo sabido o podido prever, hubiera ablandado tal vez la tozuda determinación americanista del zambo López. Queca pasa unos años gozando de la vida americana en una casa linda y pulcra de un pueblo perdido de Kentucky, hasta que el marido empieza a perder la gracia y a emborracharse los sábados con sus amigotes del club de amigos de Kentucky, y a abusar de la pobre y melancólica Queca, llamándola chola de mierda.

 

¿Cómo no acordarse, por tanto, de esta historia cruel al contemplar los intentos fallidos de Michael Jackson por ser lo que no era? Por supuesto, hay un océano de diferencias que sitúan al pobre López en un universo distinto al de Jackson, pero en esencia sus trágicas vidas están hermanadas por la propia palabra con que Ribeyro titula su libro: alienación. Con la disminución del prestigio del marxismo en los estudios sociales y culturales, la palabra ha caído en relativo desuso, quizá no sin razón. La popularización de las filosofías trae aparejado el fenómeno de su bastardización, y cualquiera que haya frecuentado círculos intelectuales desde la segunda guerra mundial hasta los años posmodernos, recordará sin problemas el abuso cuasi infantil que se hacía de conceptos como el mencionado, o conceptos afines, como el decurso dialéctico de la historia, la infraestructura y la superestructura, y así. Se usaron tanto y tan mal, que quizá no haya sido malo abandonarlos en parte por conceptos de mejor adecuamiento a la experiencia y a la constatación empírica. Pero siempre hay que preguntarse si no se está tirando el bebé con el agua sucia, como se suele decir. Como fuera, estas cuestiones hay que dejárselas a los que sepan de ellas, pero siempre he creído que la alienación, al menos en su función metafórica, es un fenómeno real y patente que afecta a buena parte de la humanidad, sobre todo en estos tiempos de globalización. No es necesario rescatar a Hegel o a Marx para hacer operativa la palabra, cuando no fuera más que de modo laxo, en alguna explicación de nuestra condición humana. Millones de seres humanos padecen racismo o discriminación y millones anhelan insertarse en el grupo de los privilegiados que la experimentan de modo positivo. Dejo al respetable la reflexión sobre qué constituye el ser propio de un ser humano, frente al cual la alienación descentra su identidad. Pero no me cabe la menor duda de que alguna medida de alienación estuvo presente en la vida del finado Michael Jackson, aunque haya habitado el universo de los millonarios y sido miembro de la nacionalidad del imperio.

 

No es necesario acotar que todo lo anterior no afecta necesariamente la apreciación que podamos tener por su arte o su música, como puede admirarse la tenacidad transformatoria de López, que bien hubiera podido emplearse para fines más loables. Lo que importa, quizá, es lo que podamos aprender de casos como el suyo, no sólo como curiosidad mediática, sino por cuanto puedan reflejar nuestra propia situación nacional o personal. Todos queremos, en algún momento de nuestras vidas, ser lo que no somos, y este proceso natural no tiene por qué llevar a la alienación. Pero sin darnos cuenta de ello podemos estar sacrificando al zambo que llevamos dentro, y que, tal vez, representa mejor nuestra esencia que las imágenes o comportamientos que intentamos superponerle. Michael Jackson podrá descansar en paz ahora, pero nos deja no sólo su música, sino esta pregunta inquietante: ¿hasta qué punto no nos estamos blanqueando también en alguno de nuestros rasgos naturales? O dicho más a la antigua: ¿estamos alienados o no, y en qué medida? Pregunta que cuentos como los de Ribeyro, a pesar de su crudeza, también nos ayudan a plantear.