De vuelta al jardín de infancia

Frans van den Broek

¿Ha tenido alguno de los lectores la oportunidad de participar en un entrenamiento laboral? No me refiero a sesiones de actualización técnica o de intercambio de información o de preparación para actividades concretas, como proyectos o conferencias. Me refiero a ejercicios de construcción de espíritu de equipo, por ejemplo, o a cursos relámpago de comunicación intercultural o a cómo entresacar el líder que uno tiene dentro de las profundidades de inanidad en que está sumergido y utilizarlo para mejor efectividad y crecimiento de la empresa. Si uno no ha tenido el placer de participar en un curso de estos, le aconsejo que nunca lo haga, si puede evitarlo: el cuerpo tiene una capacidad limitada de sofocación y tedio y tanta pusilanimidad puede ser dañina para la mente.

Lo digo porque yo sí que he tenido la dudosa suerte de verme obligado a asistir a demasiados y tan solo ayer me infligieron el último: cómo utilizar la magia de contar historias para transformar de modo inspiratorio nuestra labor docente. Entiéndaseme bien: no tengo nada en contra del arte narrativo, al contrario, lo considero uno de los rasgos definitorios más notables del ser humano y parte esencial de nuestro desarrollo civilizatorio. Pero se comprenderá mejor lo que quiero decir si relato someramente (usando, por cierto, la magia narrativa de la indignación ciudadana y profesional, si es que esto existe todavía o existió alguna vez) el contenido de la sesión a que se nos sometió sin vergüenza. Tras una sesión general de todos los empleados docentes, en la que se nos explicaron los principios generales del entrenamiento (en resumen, que contar historias es muy bonito), se nos dividió en los grupos correspondientes a las fases de estudio estructurales de nuestra institución y se nos asignó una entrenadora, que guiaría el martirio por buen camino. Las encargadas tenían todas experiencia en diversas formas de narratividad artística, como la televisión (algo así como telenovelas), el teatro (obras de segura fama entre las mejor olvidadas del planeta, me imagino) o la escritura (creo recordar algunos manuales de liderazgo y el arte de contar o hasta un libro para niños, aunque puedo haber estado cabeceando en aquel momento y esto lo imaginó mi narrativa somnolencia). Tras otro período de re-explicación sobre las ventajas de la oralidad historiada, se nos pidió a todos que nos pongamos de pie (sic) y nos dividamos de nuevo en grupos de a cinco. El ejercicio primero consistía en contarnos unos a otros una historia personal en la que algo nos hubiera ido mal en el terreno de la hospitalidad. Dado que nuestra universidad es de dirección hotelera, la implicación era que soltáramos la lengua sobre algún hotel sin calefacción o un restaurante con goteras, que fue lo que hizo todo el mundo, menos el que escribe. La idea era que todos contaran algo en un minuto y luego eligiéramos la mejor historia. A continuación debíamos intercambiar grupos, contar la historia de nuevo y elegir de nuevo. Después de escuchar excitantes historias sobre taxis que no llegaban, hoteles sin toallas o aeropuertos demasiado lejanos, mi nivel de consternación era tal que decidí incordiar un poco a los presentes, a fin de mantenerme despierto, y me desvié de la norma. Confesé que no hago uso de hoteles casi nunca y que además no me gustan, y que el turismo de placer me parecía un desarrollo bastante dudoso de la humanidad, por lo que los castigué con una historia que ya había contado antes en papel para mí mismo y que quizá impediría que me obligaran de nuevo a participar en un entrenamiento laboral. Conté de una vez en que una tía mía nos había invitado al que escribe y un amigo íntimo a pasar unos días en su casa en las montañas del Perú, un lugar en el trasero del mundo que entonces era aún más trasero que ahora –teníamos quince años, más o menos, o sea hace bastante tiempo-, perdido en uno de los valles interandinos formados por uno de los afluentes del Marañón, afluente a su vez del gran Amazonas. Como nos gustaba cazar pajaritos y lagartijas, aquel lugar sería ideal para satisfacer nuestras ansias de aventuras, metido como estaba en medio de la naturaleza. El caserío en el que vivía mi tía y sigue viviendo tenía seis casas, cercano al sembrío que le daba de comer. La casa era elemental, de adobe, con techo de paja, y camas de palos, y un colchón inclemente de paja dura. Nada podía desalentarnos, sin embargo, pues mientras más duras las condiciones más podríamos preciarnos de nuestra traza aventurera. La hospitalidad de nuestra tía era, además, maravillosa e impecable, como suele ser la hospitalidad de los campesinos por aquellos lares. Pero el entusiasmo nos duró hasta la noche. Nada más apagar las velas descubrimos que la casa era compartida por enormes ratas –debo añadir, muchas enormes ratas, decenas de ellas- que se paseaban a su aire por todas partes en busca de migajas o insectos, y llegaban a caminar por nuestras propias camas con todo descaro. Una de ellas llegó incluso a caer en la cara de mi amigo mientras dormíamos, habiéndose resbalado de una de las vigas, me imagino, ocasionándole un susto que le hizo gritar como si el demonio lo hubiera poseído. Al día siguiente, desesperados, ya queríamos volver, pero no pasaban vehículos más que dos veces por semana, así que tuvimos que aguantar a las ratas por cuatro inolvidables días en los que además aprendimos a mear y cagar espalda contra espalda durante la noche, bien premunidos de sendas linternas (huelga decir que no había retretes, sino el vasto mundo para las necesidades más elementales), por temor a las víboras que se decía rondaban por los arbustos o a los burros salvajes que podían morder o patear sin aviso. Aprendimos que una cosa es la noche en la ciudad y otra en el culo del mundo, donde toda superstición sobre fantasmas, duendes y ánimas condenadas al averno revive con inusual fuerza narrativa. Aprendimos también a distinguir el aullido de los zorros del de los perros sueltos,  no sin que se nos helara la sangre. Aprendimos, sobre todo, a jamás dárnoslas de machos en presencia de gente más avezada que nosotros para la tarea fundamental de la supervivencia en medio de la jungla, por más limeñitos que fuéramos y carabinas de aire que tuviéramos. Una experiencia sobre hospitalidad, en suma, con la que esperaba callar a mis colegas e irme a dormir a mi asiento.

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando durante la parte final del ejercicio los participantes debían escoger la mejor historia de todas y tocar al que la hubiera contado, y me vi de pronto manoseado de manera impertinente por mis colegas como el elegido narrador del momento. Lo peor de todo esto es que el elegido debía contar la historia enfrente de todos y analizar su contenido o extraer una moraleja de la misma. Lo hice a desgana y extraje como moraleja que la próxima vez contaría una historia de hoteles, para que no me jodan de nuevo. Como fuera, todo el ejercicio tuvo un sabor decididamente infantil que era tanto más agudo cuanto mejor se consideraba la edad media de los participantes, allende los cincuenta, y su nivel educativo, todos universitarios. Pero parecieron disfrutarlo, o hacer como lo que hacían.

Lo que me llevó una vez más a reflexionar sobre los límites de conformismo a que puede llegar un ser humano con tal de no perder la aprobación de los demás o, sobre todo, su trabajo. Este inocente ejemplo que acabo de dar no es el peor: a decir verdad, es de los mejores. Ignoro de dónde viene la costumbre, pero he podido observar que nuestra sociedad se ha llenado de entrenamientos y entrenadores de toda laya para todo tipo de aptitudes y capacitaciones. Alasdair McIntyre dejó dicho en After Virtue que una de las figuras típicas de nuestra sociedad contemporánea era la del experto, así como otros han señalado al burócrata o al tecnócrata. Me atrevo a postular una nueva (o nueva hasta donde yo lo sé): la del trainer, el entrenador que suele tener su propia empresa de consultoría, desde la que imparte sabiduría práctica a todo tipo de clientes, sobre todo organizaciones empresariales o gubernamentales. Una de las características más saltantes de estos entrenamientos es su puerilidad: temas cuyo tratamiento tomaría meses o años a cualquier estudioso o practicante serio, son reducidos a dos o tres fórmulas básicas, cuatro pasos fáciles a seguir y unos cuantos ejercicios humillantes que la gente acepta como vacas que van al matadero sin oler la sangre. Yo mismo he dado entrenamientos, por eso sé de lo que hablo. Durante años tuve que ejercitar a los desempleados de Amsterdam para que encontraran trabajo de la mejor manera y lo más rápido posible. Lo hice con un constante sentimiento de vergüenza y ridículo que jamás se me ha quitado: imagínense teniéndole que pedir a un marroquí de más de cuarenta años, del Atlas o del desierto, que me nombre, en holandés, tres puntos positivos de su carácter y tres negativos o que me escriba su currículum. Pedirle a un surinameño de Paramaribo recién salido de la adicción a la heroína que analice el cuadrante de no sé quién con el que se revelarían los secretos de su personalidad en un dos por tres, sus fortalezas, debilidades, alergias y excesos más prominentes. A su vez, también debí hacerlo con personas de alta educación que debieran haber salido corriendo y decirme que pare de decir imbecilidades, pero a las que sabe uno qué compromisos con su propia imagen o las de la sociedad obligaba a soportar mi cháchara.

El caso es que debido, entre muchas otras cosas, a los trainings, coachings, cursillos, ejercicios de construcción de espíritu de empresa, módulos de adquisición de aptitudes, recetas light e instantáneas para salvarse de todo, el mundo se ha convertido en un inmenso jardín de infancia. O quizá es al revés, se convirtió primero en una guardería y estos cursos son expresión de nuestra puerilidad, como lo son también la codicia desmedida de los banqueros, el consumismo desenfrenado, la afición de los políticos por la imagen antes que la sustancia, la necesidad de diseñar métodos pedagógicos que entretengan más que enseñen y tantos otros fenómenos que no podría nombrar sin llenar demasiadas páginas. Aunque admito que quizá me equivoque del todo: acaso siempre fuimos así, los seres humanos, y donde antes satisfacía la prédica del cura de pueblo nuestra necesidad de historias simples que expliquen el mundo, ahora están los entrenamientos y los cursos para aburrirnos o ilusionarnos hasta el cansancio o la abnegación. En lo que a mí concierne, siento nostalgia por las ratas del Marañón: al menos ellas no intentaban enseñarme nada, como no fuera los dientes.