De Topsy y otras bestias

Frans van den Broek

 

Uno de los filmes cortos más desagradables que he tenido la mala suerte de ver tiene como protagonista a un elefante llamado Topsy. No faltarán lectores avisados a quienes la sola mención de estos hechos –una corta película en blanco y negro, un elefante de nombre Topsy- serán suficientes como para evocar un curioso episodio ocurrido a comienzos del siglo veinte en América. La ignorancia del que escribe incluía hasta hace muy poco, empero, toda referencia a este oneroso animal de circo que vivió, según parece, desde 1875 más o menos hasta el 4 de enero de 1903. Al pobre animal se le ve en el filme primero guiado por sus cuidadores hacia algún lugar en lo que luego sabría que es Lunar Park en Coney Island, y luego balanceándose con suavidad, ignorante –espero- de su destino. Se encuentra en lo que parece ser un descampado, atado a un poste y conectado por las patas a cables de siniestra catadura. Tras unos segundos empieza a salir humo de las patas, el animal se entiesa, cual si de un súbito ataque de meningitis se tratara –no sé por qué me vino a la mente este símil al ver el film- y en este estado de rigidez se inclina hacia adelante y cae con lentitud de trompa.

 

El filme, que es documental y no trucado, fue hecho nada menos que por aquel icono de nuestra sociedad tecno-científica, Thomas Alva Edison, para mostrar los devastadores efectos de la electricidad alterna y así desprestigiar a su rival, la compañía Westinghouse –que distribuía corriente alterna-, y lograr imponer su corriente continua en el naciente e inmisericorde mercado americano finisecular. No se le ocurrió mejor cosa que hacer uso de un elefante que había sido condenado a muerte por su comportamiento ocasionalmente violento, el que ya había costado la vida a tres personas (una de las cuales, la última, le había dado de comer a la bestia, para divertirse o de puro sádico, un cigarrillo encendido, lo que ésta no recibió de buen humor). Dado que la bestia debía morir de todas formas, decidió cumplir su bizarra condena electrocutándola. Aunque las dimensiones de Topsy demandaban una logística más exigente, Edison no era inocente entonces de crueldad con los animales, habiendo sacrificado a gatos y perros en su intento de advertir sobre los peligros de la corriente alterna y de hundir a su rival. El evento fue contemplado por unos 1,500 curiosos y Edison se preocupó de mostrar su macabro film por toda América. Cabe decir en descargo del prolífico Edison, a quien debo la luz bajo la que escribo estas líneas, que el animal había sido en primera instancia condenado a morir en el patíbulo –ahorcado, vaya uno a saber cómo-, algo que la sociedad contra la crueldad para con los animales juzgó inaceptable, por lo que se escogió el más humano método del achicharramiento.

 

Después de ver dicho clip se me quitó el apetito, por supuesto, aunque se me activó el intelecto. Y no tanto por la manera que escogió Edison de hacer patentes los efectos de la corriente alterna, aunque no deja de ser significativo, cuanto por la en buena medida absurda condena de un elefante que probablemente no ha hecho otra cosa que ser lo que siempre ha sido, un animal salvaje al que un buen día se le ocurrió la desafortunada idea de matar a miembros de otra especie que le habrán estorbado o molestado por alguna razón. A pesar de los modernos intentos de adscribir derechos a los animales, hasta donde yo sepa no hay ahora nadie que se haya empeñado en demandarle responsabilidad moral o judicial a un paquidermo. Electrocutarlo, por tanto, sólo podía decidirse sobre bases prácticas, de seguridad. Esta respuesta, sin embargo, puede ser insuficiente.

 

Este cruel filme y estas peregrinas especulaciones me llevaron a recordar un libro de Doris Lessing, Prisons we choose to live inside, que no constituye mención habitual en los estudios de su obra. El libro, de importancia para entender el pensamiento que podríamos llamar antropológico de Lessing y que es la versión impresa de unas conferencias que dio en 1986 en la radio canadiense, comienza precisamente con la rememoración de un hecho peculiar de esta naturaleza ocurrido en la tierra donde creció, Rhodesia del Sur, la hoy infausta Zimbabwe. Un granjero de su región había comprado con esfuerzo un ejemplar muy especial de toro para utilizarlo como semental. El animal era la admiración de los granjeros de la zona, que venían a contemplarlo de lejos y a felicitar a su dueño. Un día el toro se comportó como suelen comportarse los toros y mató a su cuidador, un niño autóctono. Tras este hecho, el dueño del toro decidió sacrificar al animal, pues a sus ojos no había otra opción. De nada sirvieron las súplicas de sus vecinos y amigos, para quienes el animal valía mucho y era una pena perderlo, tratando de convencerle de que no había culpa involucrada, de que quizá el niño no había sido lo suficientemente cuidadoso, de que utilizara el toro de todas formas con más precaución. El toro de marras fue sacrificado, según los dictados de la conciencia moral del granjero.

 

Hechos como estos siempre han llamado la atención de Doris Lessing, por lo que muestran sobre la condición humana. ¿De dónde procede esta necesidad de sacrificio, de dónde la idea de culpa animal, de retribución allende las fronteras biológicas de las especies? Para Lessing se trataría de reversiones a nuestro pasado bárbaro, donde son otras las leyes que rigen la atribución de las responsabilidades y la distribución de los castigos, donde la idea de sacrificio tiene un lugar central, donde la causalidad es correspondencia y el universo está lleno de dioses. Y donde matar – a un animal, a nuestros semejantes- es una respuesta natural e incluso sagrada en la lucha por la supervivencia. Los seres humanos tendemos a recubrir nuestros actos de explicaciones culturales y justificaciones racionales, pero siempre es posible mirar con actitud desapasionada y desapegada, desfamiliarizar los hechos para que se transparenten otros órdenes de realidad que pueden estar oscurecidos u olvidados detrás de las rutilantes vestiduras de las civilizaciones. Matar al elefante o al toro puede verse como simples ejercicios de la racionalidad instrumental, pero también como expresión de una parte de nuestra naturaleza que siempre está al acecho y puede tomar el mando de nuestras acciones si las condiciones y la desatención de los individuos y las sociedades lo favorecen.

 

Es más, hasta es probable que exista, según ciertas interpretaciones antropológicas, una conexión entre Topsy y Osama Bin Laden (o el general Colin Powell, para tal caso). La relación de los seres humanos con los animales es, no cabe duda, compleja y analizable desde muchos puntos de vista. Quisiera aquí mencionar tan sólo un aspecto elemental de nuestra relación con las bestias, inspirado por la lectura de un libro de Barbara Ehrenreich, Blood Rites: origins and history of the passions of war, tan elemental que suele no tomarse demasiado en cuenta u olvidarse entre los pliegos de las teorías más elaboradas. Se trata de nuestra relación de predador a presa. Una de las transformaciones más radicales de nuestra existencia como homínidos tiene que haber sido aquel momento –de unos milenios o de unos cientos de milenios tal vez- en que empezamos a dejar de ser exclusivamente presas para convertirnos en predadores capaces de cazar y defendernos de predadores casi siempre más fuertes que nosotros. El ser humano es, en términos biológicos de predador, bastante miserable: de un poco más de un metro en sus inicios, con garras ridículas y caninos poco impresionantes, es carne fácil para casi cualquiera de los predadores que rondaban su ambiente natural de aquellos tiempos. Vivía rodeado de seres temibles y ser escogido como cena de los mismos no tiene que haber sido experiencia extraña, de lo cual hay suficiente evidencia paleontológica. Ya esta situación era suficiente como para que desarrollase una relación ambivalente con relación a las bestias, de admiración y terror sagrados. Para los habitantes de las ciudades modernas, esta situación es casi inimaginable. Animales del tipo descrito sólo se ven, si acaso, en zoológicos y salir a la calle a ganarse el pan no supone, aparte de algún accidente de tránsito o un robo, ningún peligro serio. Pero para el pobre homínido que fuimos, salir a buscar alimento suponía el peligro a ser devorado por todo tipo de alimañas. En este contexto, el derramamiento de sangre que suponía la victoria del predador puede haber tenido un significado no sólo biológico de pérdida de un pariente, sino también proto-religioso. De ahí  los rituales de sangre conocidos en todas las culturas antiguas. Representar la muerte sangrienta bajo el poder inmenso de un predador en forma de rituales, puede haber servido una función social importante, de identificación con los poderes de la semidivinizada bestia y de exorcización del terror siempre presente del posible ataque del predador. Estas teorías son, por supuesto, en extremo especulativas, pero asumamos por mor del argumento que pueden tener algo de verdad.

 

Pero en cierto momento, repito, el ser humano empezó a desarrollar la capacidad de matar a su vez a animales de presa y de defenderse de los grandes predadores. La transformación, difícil de concebir para nosotros que compramos carne plastificada en el Hipercor o en Corte Inglés, tiene que haber sido extraordinaria. Inicialmente, la tarea de la caza puede no haber sido de exclusividad masculina, pues ciertos métodos, que han sobrevivido en sociedades tradicionales hasta hace muy poco, no exigen un gran uso de fuerza, sino más bien de capacidad cooperativa, como el rodear a las manadas de animales para cogerlos y matarlos más fácilmente o para llevarlos hacia abismos donde se despeñaban en masa. Con el tiempo, las inmensas manadas de carne andante que constituyeron la dieta de los primeros cazadores empezaron a ralear, por lo que otros métodos se hicieron más imperativos, aquellos que asociamos más comunmente con la caza, como el ir en busca de los animales por varios días a la vez, el uso de las lanzas y los arcos, etcétera. Esta actividad parece que sí se hizo exclusividad de los machos de aquellas tribus dedicadas a la caza. Estos grupos de machos humanos se conformaron a su vez en sociedades de iniciación dentro de los grupos a los que pertenecían, con todo lo que aquello implica y que conocemos por los estudios de la etnología y la antropología. De nuevo, los rituales asociados tienen como protagonistas en muchas ocasiones a las bestias predadoras y a las presas, a quienes se venera.

 

Pero como todo cambia, cambiaron también las condiciones de existencia de aquellos cazadores y de pronto –el pronto, aquí, significa quizá otros miles de años, claro está- las sociedades de cazadores empezaron a verse sin trabajo. Ya no había tantos bisontes o mamúts que matar –en buena parte, por el efecto depredador de los seres humanos mismos, o por cambios ambientales- y las sociedades empezaron a hacer uso de la agricultura, del comercio a gran escala, de la especialización laboral para su supervivencia. Pero si los cambios económico-sociales pueden ocurrir en un tiempo relativamente corto, la herencia biológica no cambia tan de prisa, como tampoco lo hacen ciertos rasgos culturales de profundo arraigo. Y buena parte de nuestra herencia biológica y cultural tiene, a la luz de estas teorías, que haber estado influida fuertemente por nuestra primigenia relación de predador-presa y sus fenómenos concomitantes, como el de las sociedades iniciáticas de caza.

 

¿Qué pasó, pues, con estos cazadores semi-ociosos en busca de juerga? Se entregaron a la guerra. De esta manera se evitaba que estas sociedades se volvieran contra su propio grupo y de paso se conseguían algunos objetivos de rango económico, social o ritual que ya no tenían directamente que ver con la caza, pero que seguían haciendo uso de características humanas desarrolladas durante la larga carrera de presa a predador. Hay que hacer hincapié en que esta teoría, muy sucintamente expuesta aquí, sobre el origen de la guerra como institución de innegable persistencia en la historia de la humanidad, no se pronuncia sobre las causas específicas de esta guerra o aquella, sino sobre el posible enraizamiento de la guerra en nuestro pasado homínido como presas primero, y luego como predadores. De hecho, como el más efectivo predador de la historia de la tierra, tanto así que no pasarán muchos años antes de que no quede un sólo predador natural más habitando el mismo planeta, aparte de en los zoológicos.

 

¿Y dónde entran Topsy, el toro Zimbabweño y Osama, se preguntará el lector? Topsy, diría la teoría, no sólo fue achicharrado por los problemas que causó a sus cuidadores, sino por una vieja costumbre humana de sacrificar a víctimas en aras de algún ideal superior que irá a salvarnos y protegernos. Que esta vez se trate de la naciente ciencia de la electricidad en manos del algo desquiciado Edison, no le quita valor simbólico a la ejecución del pobre elefante. Como tampoco a su veneración posterior por personas apiadadas de su destino, lo que puede verse aún en la forma de una estatua en su nombre, algo consistente con la ambivalente relación con las bestias que postula la teoría. Lo mismo puede decirse del sacrificio del toro de Rhodesia, apaciguando sabe uno qué dioses ocultos en la conciencia del racional granjero británico. Y en cuanto a Osama y Colin Powell: la guerra se originó según esta teoría en nuestra vieja capacidad predatoria institucionalizada y sacralizada por las diferentes culturas y religiones que en el mundo han sido. Es cierto, los desarrollos modernos han cambiado considerablemente las condiciones de vida en el planeta y las sociedades que nos albergan, pero aún puede verse en muchos comportamientos humanos un deseo sacramental de glorificar al cazador-guerrero y a la guerra misma. Los reclutas de Osama o de muchos fundamentalismos –incluido el nacionalismo-, suelen ser en buena medida machos desocupados –en un sentido literal de la palabra, es decir, con mucho tiempo libre- en busca de sentido sacramental para su existencia. Estos machos jóvenes o adultos, de haber nacido en el paleolítico, habrían tenido que pasar por un proceso iniciático que los transmutara de niños a hombres bajo la égida de sentimientos extremos de orden religioso, lo que daría a su situación existencial como cazadores o guerreros un significado supremo. ¿Qué ofrece la sociedad moderna a millones de jóvenes desorientados para satisfacer esta necesidad ancestral de iniciación y transmutación sagradas? Que yo sepa, bastante poco. Hacerse hombres significaba, en mi país, poco más que irse de putas por primera vez en condiciones miserables, experiencia poco adecuada para instilar una sensación sacramental a mi existencia. Incluso la institución más cercana a aquellas sociedades de cazadores, como el ejército, que podría haber fungido como paliativo para los machos jóvenes del mundo, se degradó hasta no ser más que crueles iniciaciones brutales a la hombría, sin significado superior discernible (o bastante diluido, como el de la patria o la nación sagrada que había que defender) y más visitas a las putas e intoxicaciones alcohólicas nada místicas. ¿Es extraño que algunos machos algo descocados busquen sentido existencial en una tarea todavía llena de viejos valores guerreros, como la militancia islámica o tamil o lo que sea, dado que nada más puede ofrecerles esta experiencia? No lo sé, pero esta teoría ofrece, al menos, una explicación que toma en cuenta lo que, no me cabe la menor duda, tiene que haber sido una transformación profunda en la existencia del homo sapiens, aquella que nos llevó y lleva a depredar lo que se nos pone al paso, ya casi sin recordar que alguna vez esta capacidad y esta tendencia nos sirvieron para comer, y ahora nos están llevando, si no las controlamos a tiempo con medios que tengan en cuenta sus orígenes, a destrozar el planeta sin remedio. Bien sea achicharrando al pobre Topsy o volando las torres gemelas para horror de la mayoría y regocijo de muchos cazadores-guerreros desempleados.