De resoluciones diplomáticas, falsificaciones y apreciaciones shakesperianas

Barañain 

En “El País”, tras dos semanas de continua  apología de Mamud Abbás por su iniciativa ante la ONU y pese a haber hecho desfilar a una docena de articulistas – en un inmisericorde bombardeo de “pensamiento único” sobre el conflicto árabe-israelí -,  debían creer ayer que  aún les quedaba algo de mala baba por soltar. Claro, faltaba el ideólogo mayor. El “experto” Miguel Angel Bastenier no podía privarnos de su magisterio:

 “Ante la Asamblea de la ONU, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, no tuvo reparo en repetir el conocido mantra de que Israel había más que cumplido la resolución 242 de la ONU con la retirada de Gaza en 2005. La resobada -y resabiada- argumentación se basa en que el texto aprobado por el Consejo en su versión inglesa es gramaticalmente ambiguo a la hora de pedir la retirada de los territorios, pero hay una versión francesa igualmente oficial, que no ofrece lugar a dudas. Si los autores de la resolución hubieran querido permitir a Israel una retirada a la carta, así lo habrían expresado; y, por añadidura, lord Caradon, redactor del texto, despejó cualquier equívoco diciendo públicamente que eran todos y bien todos.” (El País 28/10/10)

La Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas fue aprobada el 22 de noviembre de 1967, tras la “guerra de los seis días”; junto con la Resolución 181 de la Asamblea General, aprobada el 29 de noviembre de 1947, son las más importantes de las emitidas por la ONU sobre el conflicto árabe-israelí. E indiscutiblemente, la 242 es la más maliciosamente malinterpretada de todas, tanto en lo referente a su literalidad como a su interpretación de acuerdo con el contexto histórico. Bastenier –pero no sólo él-, lleva años en ese empeño falsificador

Recordemos un poco: la “guerra de los seis días” -librada entre el lunes 5 y el sábado 10 de junio de 1967- fue precedida  de un período de tensiones enormes entre Israel y sus vecinos árabes a mediados de los años 60, con bombardeos sirios, ataques terroristas palestinos, escaramuzas árabes y represalias israelíes. Fruto de su apabullante victoria Israel ocupó el Sinaí egipcio, la Franja de Gaza, Jerusalén Este, Cisjordania y los Altos del Golán sirios. El precedente inmediato fue la militarización del Sinaí por Egipto –rearmado por la URSS-, y el bloqueo del puerto israelí de Eilat.

La derrota de Egipto constituyó un serio revés para la Unión Soviética. Y la URSS, comprometida con Siria y Egipto, trató de restaurar la situación previa al 4 de junio de 1967. La Unión Soviética esperaba conseguirlo, de acuerdo con el precedente creado en 1956 (Suez), de la Asamblea General de las Naciones Unidas que, a petición soviética (Alexei Kosyguin), fue convocada en sesión especial. El objetivo tanto árabe como soviético era obligar a Israel a abandonar todos los territorios ganados con la guerra, sin la firma de una paz permanente ni la negociación de unas fronteras seguras. El Gobierno de Israel rechazó la propuesta; su propósito era mantener las líneas del alto el fuego hasta que pudiesen ser sustituidas por tratados de paz que establecieran límites territoriales, mediante la negociación.

Más de cinco meses duraron los debates que alumbraron la Resolución 242. La parte disputada de este famoso texto es la que  hace referencia específicamente a la cuestión territorial: “Withdrawal of Israel armed forces from territories occupied in the recent conflict”. La traducción literal sería la siguiente: “Retirada de las fuerzas armadas de Israel de territorios ocupados en el reciente conflicto”.

Bastenier nos cuenta que la Resolución pide la retirada de todos los territorios ocupados por Israel durante la guerra, cuando en realidad el texto pide una retirada sin especificar cuál debe ser su alcance exacto. Esa versión falseada –y repetida hasta la saciedad-, ha ido unida a la permanente exigencia a Israel de “la vuelta a las fronteras de 1967”. Pero ni existen ni han existido jamás tales fronteras y la Resolución de la ONU no pedía tal cosa.  En efecto, el texto pide literalmente la retirada israelí “de territorios ocupados” (“from territories occupied”) durante la guerra, no la retirada israelí de “los territorios ocupados” (“from the territories occupied”) o  de “todos los territorios ocupados” (“all the territories occupied”) durante la guerra. 

Según los defensores de la versión que más perjudica a Israel, la ausencia del artículo “los” o de la expresión “todos los” en esa Resolución sería sólo una casualidad inherente a las peculiaridades de la lengua inglesa. Así, Enrique Vázquez, en la línea de Bastenier (El País, 4/6/11) quiso  ilustrarnos sobre el asunto, trayendo a colación a Shakespeare: “Y vuelve al manido argumento de que la resolución 242 de la ONU impone la evacuación from occupied territories que, sin el artículo the (los) antes del adjetivo ‘ocupados’ libraría a Israel de la obligación de abandonarlos todos. A estas alturas todo el mundo sabe que en inglés la relación de las preposiciones con los artículos no acepta literalidades en la traducción (…) Un tal Shakespeare, y en sus obras hay cientos de ejemplos, escribía en King Lear ‘to shield thee from disasters of the world’ (protegerlos de las calamidades del mundo) sin artículo alguno, indispensable en cambio en castellano.” La desvergüenza resulta a veces divertida.

 Lo que sostienen Bastenier y Vázquez es falso. Y lo saben. No sólo Lord Caradon, sino otros redactores de la Resolución 242 afirmaron, y no una sino muchas veces, que la omisión de “los” o “todos los” fue deliberada y mantenida contra viento y marea, precisamente para evitar volver al contexto anterior a 1967 que era el que había propiciado la guerra. Y fue objeto de un largo debate político/diplomático  en el que, en aquel entonces, se impusieron las democracias frente a la alianza de árabes y soviéticos. Así que mejor que leer lo que los Bastenier o Vázquez dicen que dijo Lord Caradon  será leer directamente a Lord Caradon, ponente de la Resolución 242:

 “Mucho juego se ha hecho sobre el hecho de que no dijimos ‘los’ territorios o ‘todos los’ territorios. Pero eso fue deliberado. Yo mismamente conocía muy bien las fronteras de 1967 y si hubiéramos puesto el ‘los’ o el ‘todos los’ eso sólo podría haber significado que nosotros deseábamos ver las fronteras de 1967 perpetuadas en la forma de una frontera permanente. Ciertamente yo no estaba preparado para recomendar esto.”

 “Defiendo la Resolución tal y como está (…)  Podríamos haber dicho: ‘Bien, volved a la línea de 1967’. Pero yo conozco la línea de 1967, y es una línea podrida. (…) Es donde ocurrió que estaban las tropas una cierta noche de 1948. No tiene relación con las necesidades de la situación. Si hubiéramos dicho que ‘ustedes deben volver a la línea de 1967’, lo que habría ocurrido si hubiéramos especificado una retirada desde todos los territorios ocupados, habríamos estado equivocados (…)  Así que lo que establecimos fue el principio de que usted no podría mantener un territorio porque lo hubiera conquistado, así pues debe haber una retirada hasta (léanse cuidadosamente las palabras) ‘fronteras reconocidas y seguras’. Sólo pueden ser seguras si están reconocidas. Las fronteras tienen que ser acordadas; es sólo cuando usted llega a un acuerdo cuando consigue la seguridad.”

 “Así pues, lo que hicimos, pienso yo, fue lo correcto; lo que la resolución dijo fue correcto y yo me atendría a ella (…) “Nosotros no dijimos que debería haber una retirada a la línea del 67; no pusimos el ‘los’, no dijimos ‘todos los territorios’ deliberadamente”

 Hay más declaraciones similares de Lord Caradon. Y en el mismo sentido pueden leerse explicaciones del resto de redactores de la resolución: por ejemplo, del entonces representante de EEUU ante Naciones Unidas Arthur J. Goldberg –ex secretario con Kennedy y ex miembro del Tribunal Supremo de EEUU-, o del mismísimo embajador de la Unión Soviética, nada sospechoso de proclividad hacia Israel, que lideró el intento de que la ONU exigiera la retirada de “todos” los territorios en disputa  sin conseguirlo o, para no aburrir, de  Eugene Rostow -antiguo decano de Derecho en Yale e importante funcionario del Departamento de Estado que participó en la redacción de la Resolución 242: “La omisión de la palabra ‘los’ de la cláusula territorial de la Resolución fue una de las cuestiones más calurosamente debatidas y fundamentales (…) Cinco meses y medio de vigorosa diplomacia, pública y privada, dejan muy claro por qué las palabras de la frase tomaron la forma que tomaron. Moción tras moción se propuso insertar las palabras ‘los’ o ‘todos los’ antes de la palabra ‘territorios’. Todas fueron rechazadas, hasta que finalmente la Unión Soviética y los Estados árabes aceptaron el lenguaje como el mejor que podrían conseguir. (…) Aquellos que claman que la Resolución 242 es ambigua sobre ese punto o son ignorantes de la historia de su negociación o simplemente están tomando una conveniente posición táctica.”

 Los manipuladores o falsificadores  tienen a su favor la desmemoria. El paso del tiempo desdibuja los hechos en la memoria colectiva y las narraciones fantasiosas sustituyen al relato veraz. Recordar aquella fulgurante “guerra de los seis días” o evocar a Nasser, a Golda Meir o a Kosyguin suena a antediluviano. La memoria de aquellos debates en Naciones Unidas –pese a que fácil documentarse al respecto-, queda para los historiadores. La mayoría de los periodistas y los “creadores de opinión” prefieren acomodar el relato –la narración del antecedente de las crisis actuales-, al interés mediático de hoy. Así que a algunos –sobre todo, si no están sobrados de escrúpulos-, les resulta más conveniente presentar como argucia  (”resobada y resabiada argumentación” dice Bastenier) carentes de fundamento lo que no es más que una posición coherente con el sentido del debate mantenido hace cuarenta y cuatro años y fiel reflejo de su resultado. Ocurre que entonces ganaron los buenos; ahí es donde le duele a Bastenier.