De nuevo Gaza

LBNL

De nuevo los muertos, los heridos, los bombardeos aéreos, los cohetes, los civiles palestinos muriendo a mansalva en Gaza y los civiles israelíes corriendo a los refugios aterrorizados, esta vez también en Tel Aviv y Jerusalén. Las milicias palestinas han conseguido esta vez tres puntos en su marcador casi de saque y uno más ayer. El ejército israelí lleva más de cien en el suyo, y subiendo rápidamente, de los que un tercio o la mitad son civiles, dependiendo de donde situemos el listón para incluir o no, por ejemplo, a las familiares de los milicianos que son bombardeados en sus casas o vehículos, de la misma forma que cuando se trata de civiles israelíes también se hacen distingos dependiendo de si son colonos o no. No se escandalicen, así se hacen las cuentas por aquella zona: un colono israelí o la esposa de un miliciano de Hamás no son civiles fetén, es decir, son civiles pero no realmente inocentes.

Tampoco es nuevo que Israel cierre los pasos fronterizos y bloquee el tráfico de mercancías a la franja: poco más de 40km. de longitud y menos todavía de ancho en su punto menos estrecho, pese a lo cual, habitan (es un decir) en ella más de un millón y medio de palestinos. Israel ha permitido la salida de algunas decenas de pacientes graves y crónicos hacia hospitales israelíes y esta vez los palestinos cuentan con un gobierno más afín en Egipto, que alivia el bloqueo por el paso occidental de Rafah, en la superficie, mientras que las milicias, es de suponer, estarán intensificando la utilización de los túneles bajo la frontera para reponer los centenares de cohetes que lanzan contra Israel diariamente.

De nuevo algunos analistas se empeñan en rebuscar para ver quién empezó en esta ocasión. Los unos, apuntando al atentado con cohete antitanque que el día 10 mató a 4 soldados israelíes que vigilaban el perímetro de la franja. Los otros señalando que el ataque fue una respuesta de una facción palestina descontrolada ante la muerte de un chaval de 13 años en Jan Yunis el día 8, muerto por una bala perdida (supuestamente disparada desde un helicóptero israelí).

De nuevo los líderes occidentales reaccionaron inicialmente subrayando el legítimo derecho de Israel a la defensa propia frente a los cohetes disparados desde Gaza pese a que no quede allí rastro de presencia israelí, militar o de colonos, tras la retirada unilateral dictada por el todavía hoy convaleciente Ariel Sharon hace una década. Pero como suele ser habitual también, a las primeras declaraciones siguieron  rápidamente otras que incluyen llamadas a la contención israelí, a la proporcionalidad en el ejercicio de la defensa, como si no fuera evidente que los ataques a un territorio tan superpoblado implicaran necesariamente un grado demasiado alto de “daños colaterales”. Especialmente si los milicianos se refugian en lugares civiles, que lo hacen. Y más todavía si el ejército israelí no renuncia por ello a bombardearles, caiga quien caiga, porque para algo han distribuido octavillas desde el aire recomendando alejarse de cualquier centro ligado a Hamás, así que la culpa es del que no se aleja, ¿no? Quizás ayudaría que en las octavillas anunciaran qué es un centro de Hamás, porque el banco islámico bombardeado ayer quizás no lo era para todos. Pero eso sería dar mucha ventaja al enemigo…

Y por supuesto, de nuevo se activaron las mediaciones para la negociación de un alto el fuego, que una vez consolidado podría propiciar una “hudna” o tregua indefinida, dada la negativa de Hamás y las demás milicias a aceptar la existencia del Estado de Israel, lo que les impide avenirse a firmar una paz definitiva con el “enemigo sionista” hasta que éste acepte su propia desaparición, en cuyo caso ya no quedaría tampoco con quien firmar. Todo lo más, calma durante algunos meses, años si ambas partes coinciden en que les conviene.

Las negociaciones tienen varios estadios. Primero Egipto convoca a las diferentes milicias dado que Hamás, que gobierna la franja desde 2007, es la menos belicosa de todas y, en general, se esfuerza para que las demás no disparen cohetes contra Israel. Ese venía siendo uno de los papeles jugados por el jefe militar de Hamás, Yabari, cuya eliminación el pasado día 15 marcó la escalada de escaramuzas a una crisis en toda regla como a la que estamos asistiendo, en la que Israel se plantea seriamente una nueva invasión terrestre, como la de diciembre de 2008.

En aquella ocasión murieron unos 1.300 palestinos y 13 israelíes. Después vinieron las flotillas de solidaridad, siempre aderezadas con unos cuantos militantes españoles, que cuando se quedan en casa suelen destacar por su radicalismo exacerbado y su poco sentido común, pese a lo cual son objeto de apoyo generalizado por su altruismo para con el pueblo palestino. Lo peor son sus eslóganes, pancartas y pegatinas, el merchandising que les acompaña, que casi siempre va más allá de la exigencia a Israel de que respete el derecho internacional y evite o al menos minimice la muerte de inocentes, hasta confundirse con los postulados de los palestinos más radicales, islamistas o no (eso es lo de menos), que exigen la “devolución” de toda la “tierra robada” a los árabes, desde el Jordán hasta el Mediterráneo. Es decir, que Israel decida borrarse del mapa y los judíos acepten volver a Europa, verdadera responsable del Holocausto. ¿Por qué vamos a pagar los árabes por los pecados europeos? Esta es la lógica de los palestinos más radicales. La OLP –o Autoridad Nacional Palestina, si prefieren- abdicó del maximalismo en Argel en 1987 y más convincentemente al firmar los Acuerdos de Oslo en 1993 y aceptar la premisa de los dos Estados, que obviamente implica el derecho de Israel a existir dentro de las fronteras aceptadas internacionalmente, esto es, las del armisticio de 1949 o, mejor dicho, las previas a la guerra de los 6 días de junio de 1967, que incluían algunas alteraciones menores.

Volviendo al guion de nuestra tragedia, de momento seguimos en el segundo acto, tras las escaramuzas que precedieron a la conflagración. Las milicias palestinas discuten en Cairo sobre sus demandas para aceptar detener el lanzamiento de cohetes y exigen que cese el bloqueo israelí de la franja. Con Egipto al mando del paso de Rafah el bloqueo es menos intenso, así que cederán en este punto, entre otras cosas porque Israel tiene perfecto derecho a mantener su frontera cerrada, especialmente frente a un vecino gobernado por quien no le reconoce el derecho a existir.

Ban Ki Moon visita a ambas partes, Tony Blair le precede, Obama se cuelga del teléfono, Hillary viaja urgentemente a la zona… Todo ello ha contribuido a los rumores de que anoche entraría en vigor un compromiso de alto el fuego, que Israel habría aceptado. De ser así, muy probablemente será violado casi antes de que pueda entrar en vigor, con la inmediata respuesta de la otra parte. Lo lógico es que lo viole alguna milicia pero también podría ser Israel, que tenga a tiro a algún “malo” y no pueda evitar la tentación de eliminarlo. Tanto da. El primer alto el fuego no resiste nunca, y a veces tampoco el segundo o el tercero.

Y ahí entraríamos en el tercer acto, la invasión terrestre, que sólo a veces se consigue evitar. Sería demasiado ingenuo confiar en que podamos ahorrárnoslo en esta ocasión, especialmente en vista de la movilización de varias decenas de miles de reservistas israelíes. Netanyahu ya avisa de que no está dispuesto a aceptar un alto el fuego provisional: o cesan los cohetes con garantías de que será por mucho tiempo o invade, algo que dice no entraba en sus cálculos iniciales.

Las sirenas anti aéreas no habían sonado en Tel Aviv desde los misiles Scud que Saddam Hussein lanzó tratando de ganarse la solidaridad árabe durante la primera guerra del Golfo (en realidad la segunda tras la guerra Irán-Iraq, pero esa es otra historia). Resulta que, como venían advirtiendo los expertos israelíes, las milicias palestinas han conseguido ingresar en Gaza a través de los túneles, cantidades ingentes de misiles (los Grad chinos y los Fajr-5 iraníes) de mayor precisión y más largo alcance que los artesanales Qassam, conocidos por no ser capaces de matar a nadie salvo por impacto directo. El ejército israelí declara que el objetivo principal de los bombardeos de estos días es destruir precisamente los arsenales de los misiles de largo alcance y declara estar teniendo éxito.

Quiero pensar que hay alguna posibilidad de que Netanyahu se conforme con el castigo inflingido hasta ahora pero me cuesta, porque  un elemento muy importante del guión es reaccionar con fiereza, no mostrar debilidad. Ambas partes comparten este credo, lo que lleva irremediablemente a una espiral mortífera. Así, serán muy pocos los palestinos que reclamen a Hamás por permitir o alentar una nueva catástrofe humanitaria para los habitantes de Gaza, y serán también escasos (aunque algo más numerosos por esas cosas que tienen las democracias) los israelíes que culpen a Netanyahu por devolver los golpes que suponen los cohetes que casi diariamente (varios cientos en lo que iba de año) caían en el sur de Israel.

Quizás Israel opte por una invasión terrestre light, con un objetivo limitado: crear la zona de seguridad de 300 metros que reclama para detrás de la valla fronteriza con el fin de dificultar más ataques a sus tropas como el del día 10. A lo peor no y asistiremos a una invasión en toda regla, como la última, con los tanques demoliendo todo a su paso en una lucha casa por casa. La mejor esperanza de evitarla es que, si bien la opinión pública israelí apoya los ataques aéreos de forma abrumadora, sólo un 30% está a favor de la invasión. Seguramente porque recuerdan que la de finales de 2008 no consiguió ninguno de los objetivos perseguidos: liberar al soldado secuestrado Shalit (liberado posteriormente por el desaparecido Yabari a cambio de mil presos palestinos) y destruir a Hamás, que sufrió fuertes daños pero salió fortalecida políticamente de cara a la Autoridad Nacional Palestina.

En todo caso, el contador de muertos seguirá subiendo todavía, sobre todo del lado palestino dada la disparidad de fuerzas. Hamás dice disponer de explosivos anti tanque con los que hará la vida imposible a los invasores. Precisamente por ello, el Tsahal será todavía más destructivo, asumiendo el mínimo riesgo aún a costa de incrementar las “víctimas colaterales” desaforadamente, con todo lo que ello conlleva para la ya maltrecha reputación internacional israelí. ¿Qué más nos da, si ya nos odian y desprecian, como siempre? replican los israelíes. Si los palestinos pidieran que la ONU reconociera que el día es noche, tendrían la mayoría asegurada.

Y ahí está otro de los factores de esta crisis. El Presidente palestino Abu Mazen ha pedido el reconocimiento de Palestina como Estado observador en la ONU, cuya Asamblea General votará el próximo 29 de noviembre. Netanyahu denunció la medida como una violación de la bilateralidad de los Acuerdos de Oslo, por lo que amenazó a la Autoridad Nacional Palestina con considerarlos como nulos, con todo lo que ello conlleva, incluido el bloqueo de las transferencias mensuales de los aranceles cobrados en puertos israelíes a los productos que llegan con destino final en Cisjordania. Pero Abu Mazen no cejó en su demanda, tampoco ante la presión del Presidente Obama.

Nada nuevo, tampoco, que la UE se encuentre dividida al respecto. Particularmente compleja es la posición de Rajoy, sucesor de Aznar, quien es admirado desde Israel como uno de los pocos líderes internacionales dispuesto a apoyar su causa. Pero Rajoy es heredero también de una tradición diplomática española pro-árabe y pro-palestina, al menos en caso de duda. Ahora que los niños y mujeres palestinos vuelven a morir, apuesto a que Rajoy no se atreverá a ir más allá de la cobarde abstención. Y si mueren en número suficiente, especialmente si las cámaras lo registran, España apoyará la demanda palestina. Así son las cosas en Oriente Medio…

A Hamás también le conviene prolongar el enfrentamiento bélico más allá del día 29, no vaya a ser que Abu Mazen consiga un éxito en la lucha por los derechos de los palestinos y, horror de los horrores, consiga demostrar que hay otras vías tan o más eficaces que la “lucha armada”. Además, Hamás llevaba un tiempo perdiendo apoyos por el desgaste normal de la acción de gobierno y por la contradicción que le supone tratar de obligar a las facciones más belicosas a abstenerse proseguir la lucha contra el “satán sionista”. Israel ha matado a su líder militar, así que ahora tiene la excusa perfecta para no quedarse de brazos cruzados pese a saber, como saben todos, que su mítico objetivo de borrar de la faz de la tierra a un país entero, es imposible, especialmente atendiendo a su enorme potencial militar.

Con invasión terrestre o sin ella, serán muchos los muertos, ya lo son, y en una de esas, Israel cometerá un error grave, a uno de sus comandantes sobre el terreno le perderá el celo y llevará demasiado lejos la política laxa respecto a las “víctimas colaterales”. Podría haber sido el pasado lunes cuando de una tacada murieron 12 civiles, incluidos 4 niños de la misma familia, pero es demasiado pronto. Todavía no se habían activado las manifestaciones pro palestinas y/o anti-israelíes por todo el mundo, todavía Hamás tenía que mostrar su potencial lanzando misiles, todavía Israel tenía que devolver los golpes y contentar a sus generales con arsenales destruidos, todavía Netanyahu tenía demasiada necesidad de mostrarse fuerte ante su opinión pública, todavía Hamás no había sufrido demasiadas bajas y podía aguantar… Demasiados todavías para esos 12 muertos y para todo los que han seguido y seguirán.

Pero el error llegará, como llegó en la segunda guerra del Líbano en 1996 (Qana), y en la tercera (de nuevo Qana, las repeticiones son por toda la zona), y en Gaza hace cuatro años. Y el horror que reflejarán las cámaras hará que la presión internacional sea insuperable, especialmente para Obama al que hasta su electorado judío, cada vez más apartado del liderazgo israelí, le pedirá que intervenga. Y los propios israelíes amortiguarán su apoyo a la guerra y comenzarán a pensar que  Hamás ya ha encajado daño suficiente daño como para no volver a tocarles las narices con sus cohetes, al menos por una temporada. Con un poco de suerte, hasta las siguientes elecciones. Y se acordará un alto el fuego que se consolidará.

Bibi ganará y también Hamás, mientras que el pobre Abu Mazen seguirá aferrado a su poltrona en Ramala sin explicarse demasiado bien por qué su éxito en la Asamblea General no le ha encumbrado. Le quedará, como recurso muy valioso pero a medio y largo plazo, la capacidad de denunciar a Israel por crímenes de guerra ante el Tribunal Penal Internacional, que ahora Palestina no tiene.

A corto plazo, sin embargo, Bibi tendrá la excusa perfecta para negarse a negociar con él y resistir así la tímida presión que Obama pensaba ejercer durante su segundo mandato, y el resto del mundo no verá la ansiada paz en Oriente Medio pero al menos podrá dejar de contemplar muertos y heridos por unos meses, quizás años, con suerte hasta las próximas elecciones israelíes y, casi seguramente, también palestinas, porque en estas condiciones de desunión interna seguirán sin poder celebrarse.

Que gentuza, que vergüenza. Háganme caso, no tomen partido, si acaso lamenten las víctimas de ambos bandos y donen para ayuda humanitaria. Es lo único que podemos hacer mientras ambos bandos sigan dominados por quienes anteponen sus intereses particulares al bien común.

Y por dios, discrepen y critiquen mis palabras todo lo que quieran, pero no entren a juzgarme por poco sionista, excesivamente sionista, filo hamaseño, equidistante, cobarde o cualquier otra estupidez semejante. Siento la admonición, pero con estas cosas de Oriente Medio demasiado frecuentemente las cosas descienden al terreno de lo personal y la gente se indigna y retira saludos porque, por razones que se me escapan, surge la necesidad de opinar con una vehemencia que no concurre cuando se abordan otros conflictos espinosos como el de Colombia o Timor Oriental, por ejemplo.