De locos

Lobisón

 El otro día un ciudadano turolense estrelló en la entrada de la sede del PP su coche, cargado de productos potencialmente explosivos pero organizados con poca técnica o escasa voluntad de utilizarlos como tales. Explicó después que su acto era una protesta contra los políticos en general, responsables de que él hubiera ido a la ruina, y que su primera idea era haberse dirigido al Congreso. (Hubiera sido una mala idea, porque los escalones de la puerta principal suponen un serio obstáculo, ausente en el cómodo y accesible chaflán de Génova con Zurbano.)

Hay bastantes razones para suponer que se trata de un orate, y desde luego no ha dado ninguna explicación de por qué ‘los políticos’ le han llevado a la ruina. De hecho recuerda un viejo chiste gráfico —de Máximo, creo— en que un hombre desolado culpaba a los políticos de que su novia le hubiera abandonado. El problema es que en el clima actual no parece necesario justificar la responsabilidad de los políticos en algún mal concreto, pues todos se les atribuyen de antemano.

Lo más curioso es que la derecha ha respondido a este hecho lamentable exigiendo su condena por todos los partidos, bolivarianos o no, y sugiriendo que esto debería hacer reflexionar a quienes fomentan la hostilidad hacia la política. Pero, claro, esta hostilidad es por una parte consecuencia de las dificultades que experimenta nuestra sociedad, y por otra del desdichado espectáculo de escándalos y de la muy limitada asunción de culpas por los dirigentes políticos. ¿Qué deberían hacer los medios o los partidos antisistema? ¿Ocultar los hechos?

Por una curiosa coincidencia, quizá atribuible a las fases de la luna o a alguna otra causa de orden sobrehumano, en estas semanas se han sumado otros casos más espeluznantes de individuos trastornados, que han secuestrado a punta de pistola a los clientes de un café en Australia, han acuchillado a dos policías y atropellado a varios transeuntes en Francia y en nombre de Alá, o han asesinado a dos policías en Nueva York para suicidarse luego, tras farfullar (en internet) algo sobre los niños palestinos y los policías asesinos de negros.

Este último caso ha puesto en marcha el mismo mecanismo de racionalización y búsqueda de culpables al que ha sucumbido la derecha española ante el automovilista de Génova. En Nueva York se culpa al alcalde de haber dejado a la policía a los pies de los caballos al haber denunciado, como gran parte de la opinión pública americana, las frecuentes muertes de afroamericanos desarmados a manos de policías a los que luego el gran jurado de turno deja ir sin cargos de homicidio o uso de una fuerza excesiva.

Así que la culpa de los asesinatos de Nueva York la tendrían el alcalde, quienes se manifiestan contra la brutalidad policial y, en último término, los afroamericanos que se hicieron matar sin pensar en el prestigio de la policía. Y quizá también el presidente Obama. Es bastante evidente que vivimos en un mundo de locos.