De las confesiones de Jordi Pujol al otoño soberanista

Senyor_J

UNO

Una breve misiva lo cambió todo. Me refiero a aquella en que el molt honorable Jordi Pujol i Soley reconocía haber mantenido una cierta cantidad de dinero en el extranjero, alejada de las garras de la agencia tributaria española. Para unos, cayó el último gran héroe. Para otros, el patriarca catalán tiró de una manta bajo la cual se ocultan un montón de cosas desagradables. Y para todos los presentes fue un paso más en esa gran sacudida que está afectando durante  2014 a la política española, que ha movido las sillas de no pocos representantes políticos de altura y que ha puesto en jaque y al borde del mate al sistema de partidos tal y como se había conocido durante más de 30 años. ¿Pero qué supone realmente la declaración de Pujol? ¿Qué víctimas deja en el camino?

El damnificado más evidente es Jordi Pujol (padre, claro, aunque al primogénito le esperan también grandes momentos de gloria judicial, así como a alguno de sus conocidos hermanos). Tras la confesión se derrumba un mito, tan artificioso como el que más. En el ejercicio del gobierno, se hizo pasar por un presidente sin estado e hizo creer a todo catalán que su país era el mejor del mundo; y que si no era aun más maravilloso, era por culpa de España. No obstante, pactó incesantemente con partidos españoles para asegurarse poder y libertad de acción y no dudó en atarse al más genuino representante del nacionalismo español (PP), para obtener prebendas primero y seguir en su puesto después. Gran precursor de un estilo político populista que hoy en día se atribuye a otros, su máximo empeño se dirigió hacia la creación de un gran sistema clientelar y extractivo del que se beneficiaron muchos altos cargos pasados y presentes y los partidos de la coalición que encabezó durante tanto tiempo. Porque lo de la familia Pujol o lo del Palau de la Música no son más que pequeñas muestras del alcance del clientelismo y la corrupción institucionalizada en Cataluña durante las últimas décadas. Los que ayer callaban o miraban para otro lado y hoy se rasgan las vestiduras, son perfectamente conscientes de que el fenómeno es más amplio y abarca a más partidos e instituciones.

Pero… Un momento. ¿He dicho Cataluña? Quise decir España. Lo del clientelismo y la corrupción institucionalizada es un fenómeno claramente peninsular y alcanza a todos los grandes partidos nacionales y regionales. Si CDC acaba con la sede embargada, al PP le sale la suya vinculada a su dinero negro, y los famosos EREs andaluces solo son un ejemplo más de esa forma extractiva de gobernar que, especialmente en los años 1980 y 1990, dejó todos abundantes escándalos que afectaron de lleno al PSOE. Momentos, aquellos, por cierto, en que Jordi ya hacía de las suyas. Esforcémonos en interiorizar que la corrupción siempre es mucho más amplia que lo que públicamente se conoce de ella. Que, de hecho, prevaricación, cuentas en el extranjero y malversaciones de dinero público, entre otras malas prácticas, han sido elementos inherentes al ejercicio del poder en nuestra democracia y lo que hoy nos ocupa es en definitiva un ejemplo más, aunque de especial relevancia.

DOS

También hay quien dice que el gran damnificado de la confesión es el proceso soberanista. “Algo importante se ha roto. Se nota, se siente” exponía Enric Juliana, subdirector de La Vanguardia el pasado día 24 de agosto, tras abandonar su descanso estival y reincorporarse a la redacción de dicho medio. En la misma línea se expresan muchos opinadores críticos, pero las cosas son bastante más complejas. Repasemos en qué estado se encuentra dicho proceso. Han transcurrido los meses y nos encontramos en ese punto caliente que todo el mundo esperaba con impaciencia: el otoño de la consulta. Ha llegado el momento, pues, de poner sobre la mesa la ley de consultas, que hace unos días recibía la aprobación del Consell de Garanties Estaturarias, pero con cuatro votos particulares de nueve, todo un síntoma de las escasas unidades catalanistas realmente existentes. Otro síntoma es esa aparente encrucijada en la que se encuentra la CDC de Artur Mas: separarse del camino que marca la hoja de ruta de ERC, basada en las elecciones anticipadas y la declaración unilateral de independencia, o bien seguir con ellos hasta el final.

Evidentemente, si la encrucijada la sitúo más allá de la consulta, es porque no parece que pueda producirse, ni siquiera aunque se encaprichen en que se produzca. Me explico. Sabemos cómo la quiere convocar el Govern y sabemos que el Gobierno de España o el Tribunal Constitucional la declararán fuera de la ley. En tal caso, hay dos caminos: acatar e inventarse otra cosa o seguir adelante. La primera opción nos lleva al punto que señalaba en el párrafo anterior y la segunda es inviable por distintas razones: por no disponer siquiera de un censo, que ni gobiernos ni ayuntamientos van a facilitar (por no hablar de la inexistente ley electoral catalana); porque una consulta ilegal va a ser boicoteada por todas las fuerzas que se oponen a la misma, lo que haría que el resultado no sirviera para nada (una versión 2.0. de las consultas municipalistas de hace unos años atrás con más dinero público), y también, y atención ahora, porque ese camino expone además a sufrir una respuesta represiva del Gobierno de España que corte definitivamente las alas al proceso antes de que se hayan gastado siquiera los escasos cartuchos que aun se tienen guardados. Por lo tanto, lo de que la realización de la consulta es aún una posibilidad no se sostiene racionalmente y los que siguen dando la paliza con ello lo hacen por postureo político, porque se aproxima la Diada de la V y por no cargar con la responsabilidad de ser ellos los que den un paso atrás. Y es que después de otro 11S multitudinario en el año del Tricentenari, desinflar el globo consultivo va a tener un elevado coste político.

TRES

Por lo tanto volvemos a la encrucijada real, la de seguir la ruta de ERC o no seguirla. Ello plantea varios problemas al partido de Jordi Pujol. Sobrepasados en las encuestas, están llamados a perder el poder de convocarse unas elecciones si acuden solos, y con su negativa final a la consulta, la coalición electoral con ERC habría de ser imposible. De ello podemos deducir que si no hay consulta, tampoco será factible proponer elecciones plesbicitarias: simplemente serán anticipadas. El resultado de todo ello es, pues, que de precipitarse unas elecciones, Artur Mas quedaría seguramente al margen de la vida política catalana y CiU fuera del gobierno salvo hipotético gobierno de concentración posterior. Otro elemento a considerar es que si la policía dispone de un rico expediente de Jordi Pujol, es más que probable que sobre la cabeza de Artur penda la amenaza de sacar a la luz los hechos presuntamente delictivos que haya acumulado en el sano ejercicio del poder (que no olvidemos que se inició bajo el mandato de Jordi Pujol padre), así como de poner bajo los focos a otros chicos y chicas muy activos en eso de las malas prácticas, que no han sido pocos en CiU y, además, algunos de ellos están en el gobierno hoy en día. De ahí que quepa esperar que el president intente tomar un camino alternativo al margen de ERC para alargar algo más su estancia en el poder. O incluso que tire la toalla y se dirija a la puerta de salida, cosa que se diría que algunos compañeros en la dirección de CDC esperan con cierta ansia. Y, además, que sea cual sea su camino, lo tome asesorado por el gobierno central si este dispone de “mecanismos de presión” penalmente convincentes: ¿una tercera vía fabricada desde Madrid con la participación de Duran y el PSC? Who knows

Volviendo sobre Pujol, pues, podemos concluir que su caso afecta a la forma como se están desarrollando actualmente los acontecimientos soberanistas, pero no suponen el derrumbe del Procés. Creo que confundir la suerte de Pujol, Mas y CDC con la suerte del proceso, es un tremendo error. Primero, por la evidencia de que más pronto que tarde todo el protagonismo pasará a ERC, y segundo, porque con ellos al frente el proceso soberanista se va a volver bastante más imprevisible. Existe, sin duda, la posibilidad de que ERC, una vez en el gobierno, por miedo o por ambición de poder, pise el freno y adopte un autonomismo falsamente reivindicativo a lo PNV, pero también que mantenga su trayectoria, pues al fin y al cabo sus votos proceden de gente “ilusionada” (¿engañada?) con el Procés. En tal caso el choque con el Gobierno de España va a ser violento, tendrá consecuencias severas y se cobrará bajas (por si alguien tiene dudas, recordemos, por ejemplo, que España es un país donde se hacen leyes ad hoc para ilegalizar partidos).

Y en ese duro contexto de conflicto abierto, bien pudiera ser que con una CDC en estado grave y la feroz oposición de los partidos no soberanistas, a ERC no le quede otra opción que hacer un llamamiento a las fuerzas de izquierdas soberanistas a ponerse a su lado. Y que se forme un nuevo cóctel soberanista sin fuerzas derechistas, ni del régimen. Un entorno político de ambición transformadora en el que se sumen a ERC todas las casas de la izquierda catalanista, desde ICV, EUiA hasta las CUP, pasando por supuesto por Podemos, todo lo que aglutina Guanyem y los sediciosos del PSC. Y en este contexto, en el que ya no solo se hablaría de hacia dónde ir, sino como se quiere que sea el lugar al que se quiere ir (que si más democracia, menos troikas y menos merkels y tal y cual…), la cosa podría cobrar tintes verdaderamente apocalípticos y ser lo que el denominado Procés hasta el momento no está siendo: un proceso profundo de renovación democrática y regeneración política. Con ello el futuro seguiría siendo complicado pero ese viaje a lo desconocido ganaría bastante interés.