De la política y sus espejos

Alfonso Salmerón

La política está enferma de postureo. Es el signo de los tiempos. Se vive en una suerte de seudorealidad virtual, un como si que lo abarca todo. Tal vez el narcisismo sea la verdadera plaga de nuestra sociedad post. Nada existe sin la mirada del otro. Todo se hace pensando en esa mirada alienante. Un yo permanentemente desdoblado. Es la sociedad de las redes sociales. Comparto, luego existo. Instagram, facebook, twitter….el deseo insaciable de ser mostrado, exhibido. Sociedad enferma de narcisismo, versión poser. Una vuelta de tuerca más hacia la liquidez extrema. ¿Sociedad gaseosa? La política no escapa a eso. Es otro producto cultural de nuestro tiempo. Desde Macron a Le Pen, pasando por Rivera e Iglesias. También Sánchez. Y Mas.

Me enerva esa política que consiste en no poder decir lo que se piensa para no perder votos. Me enerva aún más la sospecha de que tal vez, algunos de nuestros políticos más mediáticos no tengan ninguna idea propia. Lo que dirán mañana lo dictará la lectura de los sondeos de opinión del desayuno. Día a día, hora a hora, minuto a minuto. Las leyes del mercado neoliberal aplicadas a la política.

Macron, Le Pen. Los franceses tuvieron que elegir entre lo malo y lo peor. Dos maneras de populismo, dos estilos. Sostengo que el argumento de la defensa de los valores de la República le queda demasiado grande a un tipo producto del marketing moderno, que abandonó su partido, y abraza el new deal del europeísmo de mentira para poder hacer realidad sus ambiciones personales. No cuela. De traje impecable, en su coche de lujo el día después de la victoria. No me parece un tipo de fiar. No me parece mucho mejor que el fascismo 2.0. de Le Pen. Tal vez le hubiera votado de ser francés. También yo hubiera elegido lo malo entre lo peor. Por suerte para mí, aquí tenemos un sistema electoral menos exigente.

Me hago estas reflexiones de domingo al calor de los titulares de la prensa: elecciones francesas, primarias del PSOE, el tedioso procés catalán…Miremos lo que ocurre con el procés. Todo el mundo sabe. Repito: todo el mundo sabe que no habrá referéndum este año. Al menos, no habrá referéndum legal y vinculante. Habrán otras cosas. Dudo que haya otro 9N. Sin embargo, los partidos que sostienen el gobierno de Catalunya siguen empeñados en su política de negación de la realidad. La realidad siempre es muy tozuda. Vaya por delante que deseo ese referéndum, que creo en el derecho de autodeterminación de todos los pueblos, y considero que los catalanes y catalanas deberíamos tener todo el derecho del mundo a independizarnos del Estado español si así lo convenimos y lo decidimos democráticamente. Lo que ocurre, es que, amigos, no hay condiciones objetivas para ello. Lo sabe todo el mundo. Lo que ocurre, es que el partido de Jordi Pujol ha utilizado y manoseado, un derecho tan noble como el de la soberanía popular, al servicio de sus propios intereses de partido. Sabiendo lo que ahora a sabemos, optaron por hacer de l’estelada su sayo y emprender una huida hacia adelante, a lomos de una tabla surf que le permitiera navegar sobre la ola independentista, tratando de pasar página a la corrupción de estado que protagonizó la familia Pujol.

El ideal es noble, la causa, también. No tengo ningún reproche hacia ERC y la CUP, sus proyectos son independentistas de toda la vida. Tal vez, el único que puedo hacerles es que se hayan dejado arrastrar por la estrategia necesariamente cortoplacista de los antiguos convergentes, que no podían mirar más allá porque sólo pensaban en salvarse ellos mismos.

La sociedad catalana ha virado hacia el independentismo y hacia la izquierda durante la última década. Habrá un día en el que habrá un referéndum y quien sabe, más temprano que tarde, seguramente, el Estado español se verá obligado a mover ficha y hacer una oferta interesante si quiere que los catalanes sigamos formando parte de su realidad política. Pero no ha llegado ese momento. Y el Estado español, lo sabe. De ahí su estrategia de perfil bajo, dejando que la vía judicial vaya arrinconando el procés hasta empequeñecerlo, obligando a que sean sus propios protagonistas los que busquen una salida a todo este embrollo.

No hace mucho, el profesor Josep Fontana escribía que a la independencia sólo se puede llegar a través del acuerdo con el Estado o de una revolución. No puedo estar más en consonancia con esta afirmación. El acuerdo está cada vez más lejos, toda vez que todo el mundo ha tomado nota de que el reflujo indepe es todo un hecho. De la revolución, mejor no hablemos. No creo que nadie en su sano juicio, considere que Catalunya vive un momento prerrevolucionario. Estos días están declarando los miembros de la mesa del Parlament ante el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya por haber ejercido la perniciosa función de permitir el debate político en la cámara. Ver a los diputados declarar ante el tribunal es un hecho que me indigna especialmente. Y como a mí, a muchos, a cientos. ¿Tal vez a algunos miles? Pero lo cierto, es que se produce en mitad de la indiferencia de la mayoría.

La causa soberanista está secuestrada por las urgencias convergentes. Ningún revolucionario que se precie obvia la realidad objetiva existente y dirige sus fuerzas hacia una derrota casi segura. Una derrota de ese calibre puede hacer retroceder las posiciones soberanistas muy severamente. Se habrá perdido, entonces, una oportunidad histórica para cambiar el estatu quo existente, y el desigual combate habrá servido para reforzar las posiciones del adversario. Si hay algún revolucionario en la dirección del procés, que se olvide por unos días de su twitter y piense en una alternativa para salir mínimamente airosos de la ratonera en la que se han metido. Si el procés descarrila tan aparotasamente como parece, nos aguardan otras tantas décadas de neofranquismo ultramontano.