De la política del eslogan a la política de la vacuidad

 José Rodríguez

No es una anomalía histórica que gran parte de la comunicación política se haya reducido a eslóganes y mensajes muy sencillos.

Cada pocos años el paradigma de la comunicación política incorpora una forma de expresarlo y de hecho de enriquecer lo que sabemos de comunicación política. “El medio es el mensaje” de Mc Luhan es un clásico que se revisita cada dos por tres. Hemos pasado por la política del eslogan televisivo, la frase ácida que podemos recordar de una declamación en la radio, a lo que es importante es el titular de la noticia en un diario y la foto que la acompaña y no tanto su contenido.

También sabemos que lo importante es construir “un relato” que ayude a que todos los mensajes puedan ser enlazados en algo comprensible y por hablamos de los “marcos” o frames comunicativos que son como receptáculos precognitivos en el que podemos meter las ideas políticas.

En definitiva, sabemos un montón de comunicación política, la hemos sabido reducir a su mínima expresión y nuestra generación es la generación de la política de la televisión y en menor medida de la de internet, donde impera el eslogan, la idea fuerza, el mensaje del día.

No es especialmente diferente de las sociedades inmediatamente anteriores, las sociedades de la radio y la prensa escrita de inicios y mitad del siglo XX.

Pero la comunicación política ya está aquejando los efectos que internet ha producido en nuestra forma de comprender y construir conocimiento, en nuestra forma de leer y mostrar atención.

Internet nos hace ser muy hábiles a la hora de buscar información, pero no tanto ni a la hora de profundizarla ni de interiorizarla. Leemos muy rápido, en diagonal, lo justo para hacernos creer que captamos la esencia de lo que leemos. Como muestra un botón, es seguro que ni un tercio de los que comenzaron a leer este artículo hayan llegado a esta línea.

Lo cuál nos lleva a la política “forocoches”, plagada de lugares comunes, donde no ya el eslogan sino el prejuicio es el que impera. Si los lectores de diarios y televidentes buscan medios que refuercen su posición en internet ciertas redes (como la de los retwitts de mensajes políticos) la segregación es aún mayor.

Además, la red genera un elemento positivo y otro negativo. Antes dela era de acceso a ser líder de opinión pasaba una serie de filtros periodísticos, mediáticos y políticos. Esto se ha democratizado, hoy en día una persona puede triunfar y ser líder de opinión sin pasar esos filtros, que como todos filtros defienden a un establishment profesional, económico y partidista. Eso es bueno. Lo malo es que realmente cualquiera puede triunfar y no dependerá necesariamente de la calidad de sus mensajes, ideas, la claridad de sus argumentos o la capacidad de construir conocimiento nuevo o de divulgarlo. Dependerá de la calidad de la audiencia, y esta ha bajado.

Leemos rápido y pensamos aún más rápido que generaciones anteriores, creemos que por el mero hecho de disponer de más fuentes eso nos hace más sabios y con mayores recursos como consumidores de información, pero no es del todo cierto. Nuestro cerebro sometido a una mayor competencia informativa está saturado y se defiende leyendo más cosas con menor profundidad. No hemos mejorado nuestra capacidad biológica y neuronal de procesar información y mucho menos al ritmo exponencial en que la información que nos asalta y aborda ha crecido en los últimos años.

La adaptación plástica se ha centrado en delegar mucho más a nuestro pensamiento rápido y emocional la toma de decisiones de que información es relevante o no de lo que hacían generaciones anteriores. Esa decisión es magnífica cuando nuestra supervivencia depende que fijemos nuestra atención solo en aquellos elemento relevantes (comida, compañeros, amenazas) y no en los que no son relevantes, pero demoledora cuando hablamos de filtrar la información y deliberar sobre ella. El sesgo hacia la información que refuerce nuestras creencias, sea más sencilla de digerir, requiera menos energía y aún peor sea fácil hacernos creer que la hemos entendido cuando tal vez no sea así, es más demoledor en nuestra generación que anteriores. Simplemente porqué hemos de segregar aún más sobre un volumen mayor de información.

Y esto afecta no sólo al “usuario medio” sino a la élite de investigadores que reconocen que hoy prefieren leer artículos de investigación de menos páginas y que prefieren escribirlos más cortos y reconocen que les cuesta concentrarse cuando han de “leer lento”, ellos se han contagiado también del “fast reading” que es demoledor para destruir la comprensión lectora.

 Todo esto trasladado a la comunicación política es el salto del eslogan a la pura vacuidad. Hoy comenzamos a permiar mensajes vacíos y vacuos: “eres casta”, “somos el 99%”, “más España”, “somos la gente normal”. Mensajes que si se deconstruyen quedan en la nada más absoluta.

 Es la vacuidad hecha política y contagia tanto a la “nueva” como a la “vieja” política, otra distinción que es vacua de por sí.

 Sería poco problemático si no fuera porqué esta forma de política vacua aniquila realmente el pensamiento crítico. De ahí que podamos encontrar un partido con mecanismos de control interno aún más duros que los que ejercen los partidos tradicionales pero que como ha generado el marco de “ser el partido anticasta” sus propios activistas lo ven razonable, que una “política que lucha por la gente normal” coloque a familiares y amigos en la estructura de la institución que acaba de entrar a gobernar, de la forma más nepotista posible y se considere por su entorno y votantes como algo razonable. 

Tenemos twitstars políticos, mayoritariamente anónimos, con mensajes extraordinariamente vacíos, considerados líderes de opinión, con espacio en medios tradicionales y que se considera que marcan agenda a la política tradicional. 

Cierto es que hay una red política muy viva, interactiva, plural, con una riqueza de mensajes inimaginable hace 20 años, pero los que viven esa red plural y llena de riqueza son una minoría. Los estudios demuestran que las redes sociales fomentan la segregación y el sectarismo más aún que la prensa escrita o los medios tradicionales. 

Puede parecernos muy escandaloso que los programas más vistos en la televisión sean llamados telebasura, pero poco tiene que envidiar la red a la hora de promover mensajes de tan baja calidad. 

En definitiva, no quiero ser pesimista, pero estamos en una fase de la comunicación política de la vacuidad. Comunicamos el vacío más absoluto.