De la conflictividad lingüística catalanoaragonesa y la conflictividad en general

Senyor_J

Hace algunas semanas se produjo una decisión claramente lamentable: la aprobación de una ley de lenguas en Aragón, en la que el Partido Popular y el Partido Aragonés Regionalista acordaban eliminar la denominación de dos de sus tres lenguas propias de su legislación autonómica. Semejante despropósito retrata con precisión la situación en que se encuentra España como estado: no solo en ruina económica, sino también en ruina moral. Veamos por qué.

En primer lugar, destaquemos lo evidente. La nueva ley de lenguas aragonesa es lo más alejado que se pueda imaginar de un mecanismo efectivo de protección y promoción de la diversidad lingüística de un territorio. Nace meramente con la voluntad política de suprimir una denominación que denota que una de las lenguas propias de Aragón forma parte del sistema lingüístico que conocemos como catalán. Y no solamente: es difícil no ver en ello una voluntad clara de remarcar la exclusividad del español como verdadera lengua de los aragoneses, puesto que ni siquiera la lengua propiamente denominada “aragonés” es reconocida como tal en el nuevo entramado normativo. Con todo esto, se encuentra más que justificada la sorna inherente en la simplificación satírica de las nuevas denominaciones lingüísticas mediante los acrónimos “lapapyp” y “lapao”, pero más apropiado sería que los al menos organismos internacionales realizasen una verdadera reprimenda por la vejación a la que se somete a dos realidades lingüísticas de gran interés cultural, así como a sus modalidades de transición. Parece increíble que el escándalo mayúsculo que se produciría con motivo de cualquier maltrato físico del patrimonio material nacional perpetrado por un gobierno, no se reproduzca cuando a un bien inmaterial como es la lengua se violenta privándola de su nombre

Por otra parte, cabe destacar que lo que aquí tenemos es otra de esas decisiones tan del gusto del PP, mediante las cuales se procura que las cosas parezcan una cosa distinta a lo que son. Recuérdense viejos éxitos como la oposición a llamar “matrimonio” al matrimonio homosexual o bien la confusión permanente entre interrupción del embarazo y derecho a la vida, entre muchos otros. Pero, mucho más allá de eso, esta medida evoca claramente ese gusto por no solo no reconocer la unidad lingüística de las diferentes variedades dialectales que pueden agruparse bajo la denominación de catalán, habladas tanto en Aragón, como en Cataluña, Valencia y Baleares, sino también por contribuir a su fragmentación y a garantizar su relegación respecto a la “lengua de todos”. Ya se estrenaron en su día con la ocurrencia de promover una traducción alternativa “en valenciano” de la Constitución Europea, siguieron mediante su combate infinito contra los avances en normalización lingüística del territorio balear y ahora alcanzan este nuevo hito, mientras la ley Wert sobrevuela el proceso de normalización lingüística catalana. Espíritu de cruzada y mentalidad decimonónica en el Partido Popular.

Ahora bien, las miserias de la política nacional no deben ocultar el bosque de los procesos de fondo que alimentan este tipo de medidas y es el hecho de que el desencuentro y la hostilidad entre los territorios peninsulares va a más. A ello están contribuyendo diversos factores. Sin duda, uno de los más importantes es que el Partido Popular o ciertos grupos de comunicación han hecho del anticatalanismo una forma de vida, en especial durante las legislaturas del presidente Rodríguez Zapatero, como ya es de sobras conocido para el que lo quiera ver. Seguramente es de hecho la causa principal. Sin embargo,  también la evolución del discurso sobre España en Cataluña que se ha impulsado desde el ámbito nacionalista ha incrementado la hostilidad interior y exterior. Bajo el discurso de la indignación catalana se ha escondido una voluntad nada disimulada de incrementar el rechazo de lo español en Cataluña, como denotan confusiones conceptuales recurrentes. La más grave de las mismas, la existente entre “PP/PSOE” o “gobierno de España” y “España”, porque con el grito de “Espanya ens roba”, no solo CiU ha diluido su responsabilidad en el agravamiento de las consecuencias de la crisis, sino que, además, cada vez que se acerca al PP, no ve comprometida su posición por estar tratando con el único ladrón de esta historia. Y no roba solo a catalanes, sino a todo tipo de españoles. Y lo hace en servicios sociales, en pensiones, en puestos de trabajo…, precisamente con la connivencia de CiU.  Con el discurso del “espoli” se diluyen responsabilidades pero también se disimulan las amistades peligrosas y los lazos que las unen. Nunca debemos olvidar que el conflicto nacional no solo da cobijo a este tipo de medidas sino a alianzas inconfesables de ciertos partidos contra los derechos adquiridos.

Pero aun hay más. Cierto discurso nacionalista catalán lleva años entrando como un elefante en una cacharrería en los otros territorios de habla catalana. El famoso concepto de “Països Catalans”, tomado como un objetivo de dimensiones políticas y no como una mera forma de referirse a territorios que comparten una lengua y una historia común diferenciada del resto, al utilizarse con muy poco buen criterio, ha dado alas a los regionalismos anticatalanes, reforzando a aquellos y debilitando las posiciones alternativas. Que nadie que se pregunte por qué el Partido Popular, a pesar de sus gravísimos procesos de corrupción y su evidente mala gestión, ha conservado durante tantos años su dominio político en Baleares y Valencia, sin tener en cuenta el choque de discursos nacionalistas. El mismo estupor que nos causan a la mayoría de barceloneses los desembarcos españolistas del 12 de octubre, se produce en otras regiones con los desembarcos nacionalistas catalanes, que por cierto, no suelen destacar por representar a los sectores más equilibrados del catalanismo. Y es así como una de sus tristes consecuencias es acabar reforzando a los grupos y subgrupos que más intensamente trabajan por avanzar hacia una diferenciación, en detrimento de esfuerzos locales mucho mejor orientados y dirigidos a dar continuidad al catalán en dichos territorios. Subgrupos que en su afán de diferenciar acaban promoviendo estilos lingüísticos de pobre concepción e imposible viabilidad, llámense “fragatí” o “chapurriau”.

En el caso de Aragón se suman, además, ciertos elementos particulares. En los últimos años, a cierto sustrato anticatalanista existente se han añadido polémicas ampliamente estimuladas desde las redes sociales como las habidas alrededor del tratamiento de la historia común de ambos territorios. Facebook y sitios diversos de Internet han servido de punto de concentración del anecdotario de conceptos poco afortunados de la historiografía catalana y sobre todo del nacionalismo catalán actual, entre otros: el recurso a hablar de “Corona catalanoaragonesa” en lugar de Corona de Aragón, siendo el segundo un concepto histórico y no el primero, que es una creación historiográfica claramente nacionalista; la facilidad como en textos institucionales o educativos se acaba hablando de reyes catalanes, cuando la transmisión del título de rey la otorgaba el reino de Aragón; mapas que incluyen en Cataluña partes del territorio aragonés, o de un modo general, la confusión catalana entre la historia de Cataluña y la historia de la Corona de Aragón, que acaba eclipsando la personalidad de cada territorio que la componía y dificulta la comprensión de la misma como una realidad histórica plurinacional y no nacional. En efecto, “Corona de Aragón” o “Països Catalans” representan realidades plurinacionales Y eso es algo que vale tanto para el pasado, como para el presente, puesto que hoy en día el ordenamiento jurídico reconoce a cada uno de los antiguos territorios de la Corona la capacidad para definir su propia realidad como le parezca oportuno. Y si es así, por absurda que a veces sea, le debe ser respetada. Y si se quiere hacer alguna contribución positiva, solo mediante modelos de relación más amistosos, como algunos que se han producido en el pasado, y menos pancatalanistas será posible confluir hacia un mayor reconocimiento de los vínculos culturales y lingüísticos. De lo contrario, la extensión por todos los territorios de unos dirigentes políticos orientados claramente a prácticas populistas, en un momento en que se constata el fracaso de los partidos hegemónicos frente a la crisis, facilitará el surgimiento de una verdadera edad de oro para el nacional-regionalismo y la xenofobia interregional.

Finalmente, y a pesar de que la tentación de sectores nacionalistas catalanes de presentar el caso como otra muestra de maltrato españolista, es obvio que dicha ley no representa ni a los territorios afectados ni  a la sociedad aragonesa. Tanto PSOE como  CHA e IU han calificado de “ridículo histórico” la medida, partidos éstos que fueron responsables del reconocimiento de la realidad trilingüe aragonesa. Un dato que tanto a catalanes y no catalanes nos ha de ayudar reflexionar sobre lo siguiente: ¿qué aliados debemos buscar para mejorar nuestro futuro, lograr un mejor modelo de relación territorial y obtener un reconocimiento cultural mutuo, nuestros partidos burgueses regionales, ya sean soberanistas o regionalistas, o partidos netamente de izquierdas? Yo, que escribo este texto en 15M, lo tengo claro. 

PD: para conocer el recorrido histórico del catalán por la Franja de Aragón, ver: http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/32/82/03giralt.pdf