De la ansiedad del estatus

Frans van den Broek

De varios de los libros de Alain de Botton puede decirse que son de difícil categorización, pero lo son no por haberse hecho posmodernos o deliberadamente excéntricos. Todo lo contrario, están escritos con claridad y mesura, incitados por el ánimo de explicitar, no de impresionar. Su peculiaridad procede de la combinación de géneros que realiza y de la elección de sus temas. Se trata de ensayos, pero se inspiran también en los libros de autoayuda y en la vieja tradición de libros que pretenden dilucidar qué es aquello del saber vivir bien. Tienen contenido filosófico, pero están lejos del lenguaje abstruso de los académicos y varios contienen imágenes, tanto artísticas como informativas. Uno de sus libros más famosos se llama Cómo puede Proust cambiar su vida, y en él se vale de la obra del escritor francés para buscar consejos que sean aplicables a la vida moderna. No otra cosa hace en el que me ocupa en estas líneas, Status Anxiety, uno de los temas que, en estos tiempos de penuria económica, es más relevante de lo que se pudiera creer o aceptar.

El estatus de cada quien no depende sólo de nuestra posición real en el mundo, sino de lo que los demás piensen de dicha posición. Nuestra identidad, nuestra valía, la autoimagen que inferimos de ello, no son cuestión meramente individual, sino social. Son el respeto, la deferencia, el amor, la consideración que los demás puedan darnos lo que constituyen la esencia de nuestro status. Es cierto que nacer en la aristocracia o en una familia campesina son determinantes de nuestra posición social y condiciones materiales de existencia, pero no necesariamente de nuestra autoestima. De igual manera, la ansiedad por perder el estatus, el temor a no ser dignos de la valoración positiva del entorno, no son dependientes en sí de la posición social, sino de la valoración que dicha posición adquiere a los ojos del grupo del que nos sentimos parte. Dicha ansiedad puede ser inhabilitante y causar estragos sociales, si bien puede también impulsarnos a ser fieles a nuestros talentos y derechos. De Botton postula, en todo caso, que nada ganamos con barrer el tema debajo de la alfombra y mucho, en cambio, con hacerlo patente y disminuir sus consecuencias negativas. En este sentido, este libro es también producto del particular impulso pedagógico que distingue a buena parte de su obra.

El libro está dividido en dos partes bien diferenciadas, una dedicada a las causas de la ansiedad por el estatus y otra a explorar soluciones para disminuir su efecto. El texto es rico en citas y referencias a autores clásicos de todo pelaje, desde los filósofos de la antigüedad hasta escritores modernos, sin dejar de pasar por la psicología o la economía. Todo ello condimentado con humor e ironía, aunque el autor es demasiado cortés como para incurrir en el sarcasmo o la defenestración.

Las causas de la ansiedad son varias, pero comprensibles por cualquiera con un poco de sentido común, lo que dice algo de su presencia universal bajo distintas formas. ¿Qué queremos cuando añoramos un estatus más elevado? Para nadie será sorpresa que la principal motivación no es siempre el dinero o los bienes materiales que trae consigo. Al contrario, muchas veces queremos la riqueza para conseguir estatus, no para añadir poder material a nuestra condición. El estatus confiere amor, dice de Botton, pero no hay que entender amor sólo en su acepción romántica o familiar. Se diría que lo que anhelamos es obtener ciertas formas de atención que son difíciles de obtener sin la posesión del estatus. Respeto, claro está, pero también distintas maneras de conseguir que el mundo, nuestro mundo, valide nuestra existencia, la confirme y refuerce. En otras palabras, nuestra autoestima depende de la imagen que tenemos en nuestro grupo, que se convierte en nuestra autoimagen por aquel mal congénito de los seres humanos que determina que no sea suficiente la valoración que uno pueda tener de uno mismo, sino que dependamos de la de los demás.

Un desarrollo inevitable de la democratización ha sido la extensión de la ansiedad del estatus. En sociedades altamente jerarquizadas, la posición social estaba fijada de antemano y no existían expectativas de parte de las clases inferiores de cambiar su destino. Correspondientemente, no existía ansiedad de perder lo que no se tenía, ni deseos de tener lo que era imposible tener. Esta situación podía ser terrible o dramática, pero también podía ser relativamente más libre de preocupaciones innecesarias, como la obtención de estatus. Hasta la felicidad no era impensable, o la obtención de un estatus relativo a aquellos que se consideraba parte de nuestro grupo. El mejor criador de gallinas podía sentirse orgulloso de ser considerado como tal por sus similares; lo que hiciera o dejara de hacer el señor feudal, le tenía sin cuidado a este respecto. De igual manera, el noble o poderoso estaba más preocupado de lo que pensaran los otros miembros de la corte o del gobierno que lo que pensaran los sirvientes o el comerciante de la esquina. Pero al disolverse las barreras que impedían la movilidad social, el estatus empezó a ser codiciado por todos, y el temor a perder lo conseguido adquirió también proporciones universales. El valor de la persona empezó a decidirlo no el nacimiento, sino el mérito o las posesiones materiales. Pero mantener la posición es cualquier cosa menos seguro, y los méritos de hoy pueden olvidarse mañana, de donde la presión por seguir cosechando éxitos. Y el éxito, en nuestra sociedad materialista y consumista, lo determina sobre todo el dinero. En grupos específicos pueden regir otros criterios, como entre los académicos el número de publicaciones, premios, citas o conferencias, pero en general el dinero es el rey y perderlo es, por lo tanto, la desgracia mayor. Y quien lo tiene adquiere un estatus de naturaleza moral y hasta espiritual, algo que es fácil ver en la atención que reciben los potentados que publican libros explicando las razones de su éxito. El pobre, en consecuencia, ha de tener alguna deficiencia de carácter moral, biológico o espiritual, allende los méritos de otro orden. Además, lo que contribuye al dinero ha de ser bueno, y lo que lo impide, malo. Perder el trabajo es, por tanto, una desgracia mucho mayor que perder capacidad de adquisición: es perder el derecho a ser valorado como miembro digno de la propia comunidad.

Todo esto es bien conocido y estudiado, pero de Botton le da un carácter conciso y amable a su discusión y hace otro tanto con la discusión de las posibles soluciones del problema. Una de las contrapartidas más importantes para la miseria del estatus ha sido, por supuesto, la religión. Se dirá, no del todo sin razón, que la religión ha servido ante todo para mantener y justificar la opresión del pobre por el rico, pero este juicio olvida el papel consolador y estimulante que ha tenido y sigue teniendo la religión para la mayoría de la humanidad. Al reorientar los criterios de valor al reino trasmundano y a los valores del espíritu, la religión sigue siendo un poderoso antídoto contra la atención preponderante que merecen las riquezas, la celebridad o los éxitos profesionales. Aunque la jerarquía de la iglesia católica, por ejemplo, haya obrado de manera contradictoria con su propio mensaje, a quienes lo creían la afirmación de que la riqueza era sinónimo de corrupción y vicio, y la pobreza de humildad y redención, no podía sino consolar: incluso con imágenes memorables, como la del camello pasando por el ojo de la aguja. La religión nos recuerda, en pocas palabras, que el valor tiene otras fuentes que los fugaces avatares de la mundanidad. Que muchas religiones hayan olvidado esta misión espiritual no es razón como para denegarle validez a este respecto y de Botton lo hace con comedimiento y objetividad.

Más interesante para el mundo moderno es otra de las vías de solución que discute, cual es la de la filosofía. Como bien sabe quien haya estudiado aunque sea mínimamente su historia, la filosofía está llena de pensadores que desdeñan los éxitos mundanos y prefieren la contemplación por sobre todas las cosas. El autor plantea un contraste interesante entre modos alternativos de consideración del estatus por medio de una práctica –felizmente abolida entre nosotros, pero presente de otras formas y en otras sociedades- que fue muy popular hasta hace unos siglos (y lo sigue siendo en otras partes): el duelo. En muchos países la gente era capaz de retarse a duelo y de matarse por las causas más ridículas. En 1678 un hombre mató a otro en duelo porque éste había dicho que su departamento carecía de gusto. En 1702 un literato mató a su primo porque éste le había dicho que no era capaz de entender a Dante. Durante el siglo diecisiete había unas cinco mil muertes por duelo en España y los visitantes eran advertidos de no meterse en líos con nadie so pena de acabar en el lado incorrecto de una espada. Incluso mirar a alguien de la manera incorrecta era peligroso. El duelo, sin embargo, es sólo una práctica que simboliza algo más extendido en muchas sociedades, la dependencia que tenemos de la valoración de los otros. La pérdida del honor, esto es, del estatus a los ojos de los demás, es intolerable, y uno es, por consiguiente, muy vulnerable a cuanto amenace dicho honor. Pero aunque prácticas como las del duelo hayan desaparecido, la dependencia de los otros sigue prevaleciendo en todas partes. La deshonra sigue siendo una desgracia, y ha adquirido nuevas formas. Piénsese en al lapidario término “loser” con que los americanos castigan a quien no se atiene a las normas de enriquecimiento y celebridad.

Pues bien, la filosofía ayuda, según de Botton, ha hacernos menos vulnerables a los juicios de los demás, al introducir la mediación racional entre lo que el mundo piensa de nosotros y lo que debemos aceptar de dichos juicios. Esto es, la autoimagen no tiene porque depender de elementos externos, sino que debe proceder de una inquisición objetiva de los hechos y de los criterios de valoración. El autor hasta identifica una estrategia de invulnerabilidad basada en cierto desdén a nuestros semejantes, a la que llama misantropía inteligente, preferida por filósofos como Schopenhauer. A fin de cuentas, si el mundo está lleno de imbéciles y está contaminado de estupidez, ¿qué puede importar lo que piensen los demás?

Pero donde el autor se detiene más es en un análisis político de las distintas formas de valoración que han tenido las sociedades. En Esparta, por ejemplo, lo que valía era la capacidad de pelear. El dinero era despreciado y los lujos eran anatema, pero lo que realzaba el honor era ser capaz de pelear contra un ejército enorme, como el de los persas, con unos cuantos de cientos de hombres, aunque las probabilidades de éxito hayan sido inexistentes. Más tarde, en Europa occidental, el modelo a seguir fue el de Jesucristo, y fue la humildad la que ganaba el reino de los cielos, mientras que la vanidad o la ira nos condenaban al infierno. Un poco más tarde, con el advenimiento de las cruzadas y el amor cortesano, se modificarían nuestros juicios a favor del caballero, a quien no le atemorizaba masacrar infieles y escribir poemas. Para el caballero inglés del siglo dieciocho, empero, saber pelear dejó de ser pre-requisito de valía, y le iba mejor a uno sabiendo bailar o siendo capaz de mantener una conversación amena. El comercio era para gente inferior, pues la riqueza que no provenía de la posesión de tierras lo era. De Botton cita el caso de la tribu de los Cubeos en Brasil, donde lo importante para adquirir estatus era saber callar, pues la cháchara consumía energía necesaria para cazar jaguares.

Todos estos ejemplos sirven para enfatizar la relatividad del estatus. Cada sociedad adscribirá estatus a diferentes tipos de individuos o grupos, y con seguridad las condiciones actuales cambiarán con el tiempo y cambiarán, en consecuencia, los criterios de valoración del estatus. Las revoluciones sociales son precisamente una modificación acelerada de estos criterios, por lo que una reflexión sobre su historia puede ayudar también a esta relativización y a disminuir los efectos nocivos de la ansiedad. Esta estrategia fue llevada a cabo en distinta medida por un grupo de personas que han sido denominadas de modo general como bohemias. Aunque la bohemia como tal ya no goza de tan buena prensa, tuvo en su tiempo, nos recuerda de Botton, una función liberadora con respecto a los valores emergentes de la burguesía. Muchos de aquellos auto marginados fueron artistas, además, con lo que aunaban al desdén por los valores burgueses amor por valores estéticos que serían superiores a las prosaicas motivaciones de los poderosos.

Como fuera, el libro de Alain de Botton es un ensayo inteligente y útil en tiempos en que la preponderancia del consumo y del endeudamiento han llevado a nuestras sociedades a replantearse las premisas sobre las que están edificadas. No servirá para desencadenar una revolución, pues ni lo pretende ni lo desea, me parece, pero ayudará al alma aprensiva cuando sufra porque no puede comprarse una cartera Vuitton o un coche del año, o a quien los rigores de la crisis haya puesto en el desempleo o en la inseguridad. Porque lo queramos o no, lo admitamos o no, todos sufrimos de la misma ansiedad del estatus, cualquiera fuera nuestro nivel económico o nuestra ocupación (o desocupación). Y siempre hace bien recordar que nuestras preocupaciones tienen poco sentido si vistas con un ojo un poco más racional y escéptico.

6 pensamientos en “De la ansiedad del estatus

  1. Gracias, Frans.

    Darle un enfoque original, un envoltorio nuevo, a las ideas e inquietudes que ya ocuparon los afanes de generaciones precedentes: en esto, que tú haces tan bien, debe de consistir la cultura. “Ansiedad del estatus” debe de ser la forma posmoderna de referirse a “fama”, “honra”, “reputación”.

    Desde luego, el ansia del prestigio es un poderoso estimulante de las conductas dentro de cualquier grupo. También en esta extraña comunidad virtual y narcisita de los participantes en DC. García Márquez dijo aquello, que algunos tildaron de cursi, de “escribo para que me quieran”. Aquí, me parece a mí, hay mucho corresponsal falto de cariño. Y escogemos nuestros propios criterios de estatus, a nuestros rivales dialécticos: nos llega a importar, y mucho, lo que de nuestros escritos dicen algunos blogueros en quienes reconocemos o presumimos ciertas cualidades; a la inversa, nos resbala el troll o ignoramos el desvarío del monotemático.

    Vaya, que me ha gustado tu reflexión, que encuentro muy adecuada a esta época navideña.

    Abrazos para todos.

  2. Frans van den Broek, sobre Vd. pesa con demasía su enorme bagaje cultural. “A fin de cuentas, si el mundo está lleno de imbéciles y está contaminado de estupidez, ¿qué puede importar lo que piensen los demás?”. Para Botton, según su fenomenal resumen,” no es suficiente la valoración que uno pueda tener de uno mismo, sino que dependemos de la de los demás. El éxito, en nuestra sociedad materialista y consumista, lo determina sobre todo el dinero. Lo que contribuye al dinero ha de ser bueno, y lo que lo impide, malo. Perder el trabajo es perder el derecho a ser valorado como miembro digno de la propia comunidad. La preponderancia del consumo y del endeudamiento han llevado a nuestras sociedades a replantearse las premisas sobre las que están edificadas”.

    Llegado ha este punto podemos establecer que todos valemos para nosotros mismos pero necesitamos a los demás para valer. Valoramos nuestras vidas y aún no nos hemos puesto de acuerdo en valorar la de los demás. Parece como si hubieran vidas que no valen nada y aceptar esto es negar el valor de la unicidad de la propia vida, negar el valor propio, devaluar la propia existencia.

    Afirmar que el valor de la vida es sólo el que se gana con el trabajo y esfuerzo, es dejar morir de hambre a millones de personas de este mundo que por mucho que se esfuercen no tendrán acceso a un trabajo inexistente.

    Las cosas se consiguen con esfuerzo, con voluntad  y tesón, con trabajo remunerado, bien hecho. Los mejores de cada generación, los que más luchan y se esfuerzan, los que sobreviven aún a la crisis, son los que capean el temporal y se adaptan a los nuevos tiempos, aún y así, a riesgo de no llegar a coger el tren de la salida de la crisis. Muchos caen y se levantaran, otros no tendrán tanta suerte y se verán abocados a la miseria, al lodo del mundo, donde es imposible sobrevivir sin ayuda. 

    El esfuerzo y las buenas intenciones es la solución que se da a la falta de trabajo. Es real que es así, pero también es real que no hay trabajo para todos y menos en tiempos de crisis.

    Si tenemos trabajo podemos sentirnos premiados doblemente, por el rédito que nos produce y la felicidad que ello comporta. Tenemos nuestra situación conformada y en competencia profesional con la sociedad. Aunque no se esté del todo satisfecho, peor es estar sin trabajo. Existen vínculos, formas, estrategias, compromisos… que configuran nuestra posición en el sistema. Si a uno le va bien tal y como están las cosas, ¿porque tiene que dudar de lo que ya está establecido?.

    El que ha nacido en este mundo y no tiene trabajo, ni subsidio, ni dinero, se ve abocado a la pobreza, a la caridad, a la esclavitud del dinero para poder sobrevivir, o lo que es peor, ni siquiera a eso. Es necesario dar un paso más y liberar al ser humano de la miseria con la palabra.

    Yo sé que la vida tiene valor y todos lo sabemos, sólo que no se ha considerado que tenga valor económico por si misma. No existía esa posibilidad y por tanto era impensable. Hoy, en la cuna del siglo XXI, se puede pensar, ya que existe la posibilidad de hacer una transferencia desde cualquier punto del planeta, ello permite comprar y vender con dinero electrónico.

    Concediendo a la vida el valor económico que concedemos al oro, tenemos un fondo de subsistencia a cargo de nuestra vida con el que pagar los bienes y servicios de primera necesidad. En ciertas capas sociales, zonas geográficas, estado en guerra, catástrofes… sin la ayuda internacional la tragedia sería Bíblica, aún y así el drama es enorme. No se puede continuar con los mismos criterios que han llevado a esta avanzada y penosa situación.

    En sueños el hambre dejó de existir desde que se aceptó la esencia del ser como Valor Capital.

    http://www.youtube.com/watch?v=SsOSwapthro&NR=1

    Saludos mañaneros

  3. Hola a todos!!

    Muchas gracias Frans, me ha encantado, además en estos momentos tengo yo misma un problema de status: he dejado la Frago (aparcada en mi calle por ahora) y he comprado el coche a un buen amigo que lo deja todo para ir a montar un hotelito en Tanzania….. y aunque el nuevo coche es genial….. no me encuentro a mí misma, ¿qué soy yo sin La Frago? 🙂

    Para paliar la ansiedad nada mejor que buenas conversaciones… 😉

    Saludos!

  4. Son tan inmensas las mentiras que se vierten contra Ziluminatius, sus politicas,y los que formam parte de su gobierno,que cuando ves que la gente se los cree temes incluso que lo linchen antes de tiempo.
    No se olviden de lo que les digo….puede que muchos de ustedes lleguen a estar convencidos que El PSOE activo el atentado del 11M,muy pronto.
    Los traidores y los derrotistas se han vendido a los mal nacidos.

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