De castas y castos

 Frans van den Broek

El escritor y político indio Shashi Tharoor dijo alguna vez de su país que cualquier cosa que se dijera sobre el mismo, lo contrario también era cierto. No creo haga falta un conocimiento profundo del sub-continente para comprender que sus palabras son acertadas y pertinentes, más aún en estos momentos de crecimiento económico de los países asiáticos y crisis del mundo occidental. Uno de cada seis habitantes del planeta tierra es indio, de modo que cualquier cosa que pase en dicho lugar afectará, de uno u otro modo, al resto de nosotros, y una de las cosas que están pasando en India es que las contradicciones internas, si acaso esto es posible, se están agudizando, o al menos haciendo más ostensibles. Los medios de comunicación internacionales prestaron debida atención al espantoso episodio de violación de una estudiante en Delhi por un grupo de hombres a los que se puede acusar de mucho, pero no de psicopatía, con lo que quiero enfatizar su plena responsabilidad jurídica y moral, y lo mucho que comparten con el macho medio de dicho país, aunque se quiera ocultar el sol con un dedo. La estudiante en cuestión murió un tiempo más tarde por las horrendas heridas inflingidas, pero su caso incitó protestas y demostraciones denunciando la situación de la mujer y su vulnerabilidad a manos de una sociedad machista y retrógrada en cuestiones de igualdad. Al mismo tiempo, la economía crece, y varias de las personas más ricas del mundo provienen de dicho país y permanecen en él, y muchas industrias compiten a nivel global al mismo o incluso superior nivel de desarrollo. Por todas partes se extienden los ´malls´ y los centros comerciales, la creciente clase media puede darse lujos que incluso superan a los de la clase media europea, y gente hasta hace poco destituida puede avanzar socialmente y salir de la pobreza. Sin embargo, aunque abolido el sistema y supuestamente ilegal, la mayoría es consciente de las castas y la discriminación basada en ellas es reconocida políticamente con subsidios, excepciones, cuotas o privilegios, que no son suficientes para contrarrestar milenios de fosilización social. En pocas horas uno puede pasar en India de la Edad de Piedra a la ultra modernidad. Las discotecas están llenas de mujeres de recursos con vestimentas sugerentes y sensuales, mientras que la mayoría de mujeres tiene miedo a aventurarse por las calles después del crepúsculo, por temor a violaciones o robos o incluso asesinatos. Vacas y BMWs compiten por las avenidas, y la belleza de la naturaleza contrasta con la fealdad de ciudades atoradas por el tráfico. Diga usted una cosa sobre la India y lo contrario, sin duda, será también cierto.

 Dada esta situación, que es sobre todo desventajosa para las mujeres, me ha sorprendido sobremanera descubrir que incluso un gobierno europeo contribuye a perpetuar más que a aliviar el problema de la opresión de las mujeres, sin pretenderlo, me imagino, pero con estupenda insensibilidad social. Resulta que he invitado a una mujer a venir a visitarme en Holanda, y para ello es necesario conseguir una visa. No voy a entrar aquí en el retorcido tema de la fortificación de Europa con relación a los inmigrantes, sobre el que se puede debatir interminablemente, pero entre los requisitos que se le piden a esta persona para pedir la visa figura uno que me parece infringe sus derechos como individuo: tiene que presentar un NOC, o non-objection certificate, de sus mismísimos padres. Esto es, los padres de una persona adulta y profesional, profesora en la universidad de Mysore, independiente, aunque viviendo en casa de sus progenitores por razones de fuerza mayor, tiene que pedir a los padres que no objeten a un viaje que ni les va ni les viene, y esto ocurre incluso si los padres están viviendo en otro estado y no se tiene más contacto con ellos. ¿Cómo es esto posible, me pregunto?  ¿Es el gobierno holandés o sus representantes diplomáticos, tan estúpido que no se da cuenta de estar pisoteando derechos fundamentales del individuo? Como sabe cualquiera que conozca un poco la India, no es incomún que los propios padres sean la razón de que alguien en India quiera viajar a otra parte, para huir de ellos, pues son la principal fuente de opresión y de transmisión de valores y costumbres que discriminan a la mujer. Pedir su consentimiento es como pedirle a Stalin que abra los gulags o a Osama Bin Laden que se convierta al cristianismo, pero esto es lo que demandan las autoridades holandesas de las mujeres indias si quieren visitar su país, algo inexplicable y probablemente ilegal. No he  averiguado las razones de tal atropello, pero me imagino que las habrá. Dirán tal vez que de esta manera se protege a la mujer de posible tráfico de mujeres que van a parar en la prostitución, o se excusarán en demandas del gobierno indio, el cual no es precisamente conocido por sus motivaciones feministas, pero el resultado es el mismo: mujeres cuya discriminación y falta de respeto comienza en casa, son obligadas a pedir permiso de sus opresores principales que les permitan emprender actos adultos que no debieran requerir permiso de nadie más que de las autoridades pertinentes.

 Me temo, sin embargo, que las autoridades holandesas, en primer lugar, quieren simplemente impedir que los indios o indias vayan a su país, por las razones que fuera, no vaya a ser que se queden y no hay mejor inmigrante que el que permanece en su país. Pero es probable que pequen de buenas intenciones, esto es, de la intención de respetar las costumbres y tradiciones de los países en los que operan, en este caso, la costumbre de depender en todo y para todo de la opinión familiar y social, pues el grupo cuenta más que el individuo, y las normas religiosas y sociales más que la determinación personal.

 Fuera cuales fueren las razones, la mujer no sólo pertenece a una casta, que ya es bastante, sino que debe ser casta, literal y simbólicamente, en todo momento y pedir permiso a papá hasta para descastarse. Que semejante situación se dé con la anuencia tácita o explícita de un gobierno europeo llama a la reflexión y me recuerda las disquisiciones de Amartya Sen sobre la relación entre identidad y violencia. La singularización identitaria de los seres humanos, argumenta Sen, no solo violenta la realidad sino que promueve la creación de grupos enfrentados cuya razón de ser enfatiza la confrontación y la asimilación de toda diferenciación alternativa. Todo ser humano pertenece a varios grupos a la vez: alguien puede al mismo tiempo ser miembro del grupo de personas que se consideran españolas, de ascendencia vasca, de la clase trabajadora, en favor del matrimonio homosexual, hinchas del Barça, amantes de Cervantes, de religión judía, de convicción socialista o de muchas identidades más, identidades que adquirirán mayor o menor prominencia según las circunstancias y deseos del poseedor de las mismas. Adscribir una identidad prioritaria basada en la religión a una persona es disminuirla y coartarla; lo mismo puede decirse de adscribirle una identidad basada en el género: no se les pide certificado de no objeción a los varones, pues el varón sabe lo que hace y no necesita permisos. La mujer, ser dependiente y servil, debe proveerlos siempre. Me gustaría saber qué requisitos pide el gobierno español a las mujeres indias o saudíes que visitan el reino y si incluye también un permiso de los padres. Dada la cantidad de jóvenes que se ven obligados a vivir con sus padres hoy en día, no me extrañaría que la moral haya dado un salto para atrás y empiece a verse dichos permisos como cosa natural e inevitable. Si acaso algún día a mi propia hija, habitante de Finlandia, se le ocurre pedirme permiso para viajar adonde fuera, sabré entonces que la decadencia de Europa es un hecho y que debemos prepararnos para nuevas sotanas y viejos artilugios. Pensando en aquellos buenos tiempos en que creíamos que la historia avanzaba hacia adelante, hacia un mayor respeto del individuo y sus prerrogativas, y no en dirección a concesiones cobardes a costumbres obsoletas, sancionadas o no por la religión, y sacramentadas por el poder.