Danke Angela

LBNL

Una vez más, Angela Merkel ha tomado las riendas y ha salvado – en este caso la conciencia – a Europa decidiendo acoger a todos los refugiados sirios que lleguen a Alemania. No soy muy fan de esta mujer, hija de pastor protestante, que creció en la RDA sin que se le conozca ningún acto o militancia de protesta y que llegó al mando de la democracia cristiana alemana traicionando a un Helmut Kohl en horas bajas, del que previamente había sido una de sus mejores escuderas. Tampoco me gustó nada cómo antepuso sus intereses electoralistas a meterle mano a la crisis griega cuando estalló. Dejó que la cosa se pudriera durante tres meses hasta que pasaran dos elecciones regionales y ello hizo que la factura fuera mucho mayor porque los mercados no esperaron. En cambio, cuando el desastre nuclear de Fukushima, cambió la política tradicional de su partido y decretó una moratoria nuclear que aún perdura. Son muchos los años que lleva gobernando -con mayoría absoluta o en coalición con los socialdemócratas del SPD- y su balance es necesariamente mixto, también en Europa, donde todo el mundo percibe a Alemania como potencia hegemónica sin que responda necesariamente a la realidad en todos los casos.

Pero lo cierto es que, en los últimos meses Angela, antes que Alemania, ha sido quien, cuando el agua estaba a punto de desbordarse, ha cogido el toro por los cuernos y ha liderado a Europa en la dirección correcta. Cuando la tensión con Rusia por su agresión a Ucrania amenazaba con estallar, Merkel agarró a Hollande del brazo y se lo llevó a Minsk a reunirse con Putin para cerrar un acuerdo d alto el fuego. El acuerdo relajó la tensión, pero pocos meses después los combates en el este de Ucrania volvieron a recrudecerse y Merkel, ni corta ni perezosa, volvió a llamar a Hollande y se lo llevó a una nueva reunión con Putin en la que, a altas horas de la madrugada, cerraron un nuevo acuerdo que volvió a relajar la tensión y, desde luego, reducir la mortandad en Ucrania y alejar la posibilidad de un conflicto armado entre Rusia y Europa. Y eso que, al principio de la crisis, fue citada después de una charla telefónica con Putin diciendo que su interlocutor tenía poco remedio porque estaba en otro planeta. Pero hacía falta actuar y nadie más fue capaz de hacerlo, al menos de forma tan efectiva.

Más recientemente, justo antes del verano, Merkel fue decisiva a la hora de resolver la cuestión del tercer rescate a Grecia. Cuando Tsipras se plantó y convocó el referendum, Merkel se mantuvo en silencio, también ante las diatribas anti griegas de su Ministro de finanzas, Schauble. Nunca habló de la necesidad de que Grecia saliera del euro, pero se mantuvo impertérrita y cuando Tsipras volvió a Bruselas le impuso condiciones draconianas pero se avino a poner sobre la mesa varios miles de millones de euros en nuevos préstamos, a lo que una gran parte de la opinión pública alemana, incluyendo una parte de su partido, se oponía frontalmente. Y el resto de Europa, los latinos comprensivos y los talibanes austericidas del norte, tragaron con lo que Angela dictaminó. Y los mercados, y todos nosotros, pudimos dormir en paz.

Y ahora, cuando decenas de miles de personas se agolpaban a las fronteras de Europa, huyendo de la muerte y la miseria, buscando el asilo que el derecho internacional les garantiza, fue Angela quien, pese a las manifestaciones de xenofobia que surgieron en su país, decretó que Alemania no expulsaría a ningún demandante de asilo sirio. Según las normas europeas, los demandantes de asilo deben solicitarlo en el primer país de la Unión Europea que pisen. De manera que Alemania tiene todo el derecho a negarse a acoger a cualquier demandante de asilo que llegue proveniente de otro país de la Unión Europea. Pero mucho antes de que todos quedáramos horrorizados ante la foto del niño sirio postrado inerte en la playa, Merkel decidió que Alemania debía y podía acoger a todos los que llegaran a su territorio. Y gracias a ello, los guardias de fronteras macedonios dejaron de luchar contra los desesperados y les dejaron pasar. Y gracias a la sabiduría de Angela, Hungría ha pasado de luchar denodadamente para impedir que los refugiados entren en su territorio, a transportarles en autobuses a la frontera austríaca. Y Austria, que padece de importantes pulsiones xenófobas y de derecha populista, se ha volcado – Gobierno y ciudadanía – para acoger como merecen a todos los que llegan tras meses y años de penurias, en casa y en el trayecto. Conviene subrayar, además, que Alemania ya era el país europeo que más refugiados estaba acogiendo, no sólo en términos absolutos lo cual tiene menor relevancia al ser el país más poblado de la Unión Europea, sino también en términos de refugiados per cápita, junto a Suecia.

Los demás han quedado retratados, con la excepción de Hollande que se mostró solidario desde que la Italia de Renzi pidió la ayuda de sus socios ante la avalancha de africanos que se vio obligada a rescatar del mar, aceptando las cuotas de reparto que Bruselas propuso. España, en cambio, no. Rajoy y Margallo adujeron que España ya tenía muchos inmigrantes económicos y no podía acoger a tantos refugiados.

El argumento era a la par falso e ignorante. ¿Cuántos inmigrantes económicos tiene España que no le convenga tener? Y, además, lo uno no quita lo otro. Si quieres expulsar a los inmigrantes irregulares, hazlo, pero  lo hagas o no, no tiene nada que ver con cumplir con tu obligación legal de acoger a una persona que huye de la guerra: el derecho internacional obliga a acogerla, temporalmente, y ayudarla económicamente mientras dure el conflicto. España dejó a Italia y Grecia en la estacada y, en cambio ahora que Merkel, la líder más importante de la derecha europea, ha marcado el camino, vamos a aceptar acoger a cuántos refugiados dicte Bruselas que nos corresponde. ¿Se ha reducido de pronto el número de inmigrantes económicos o qué?

Rajoy y Margallo no están solos en su cicatería. El peor, sin duda, es el húngaro Orban, populista de tintes autoritarios que se negó en rotundo a aceptar la cuota que le correpondía cuando Renzi pidió ayuda, pero que acepta ahora sin ambages beneficiarse del nuevo reparto dado que Hungría pasa al club de los necesitados de la solidaridad de sus socios. Son bastantes más los que destacan por su falta de ética y solidaridad. Particularmente lamentable viene siendo la actitud de Chequia y Eslovaquia, pero también la de los bálticos, o la de Polonia, donde un dirigente político declaró hace unos días que aceptarían a todos los refugiados que llegaran… siempre y cuando fueran cristianos. ¿Les van a inspeccionar a ver si están circuncidados? ¿Bastará portar una crucecita para que te den un abrazo y una manta?

La foto del pobre niño ha tenido un efecto brutal. Es una nueva prueba de nuestra falta de racionalidad. Son aproximadamente tres mil personas, muchos niños incluidos, los que han muerto ahogados tratando de llegar a Europa en lo que va de año. Pero no eran visibles. Y, perdónenme la crudeza, cuando lo eran, se veía que eran negros o árabes. Este niño, en cambio, tenía la cara contra la arena y llevaba unos vaqueros, como cualquier bebé occidental que estuviera en la playa – unos metros más adentro – echando una siesta. Faltaba solamente la toalla cuidadosamente extendida por sus padres.

No sé cuánto tiempo perdurará el efecto de la foto, pero sí sé que Angela Merkel tomó su decisión respecto a los refugiados sirios antes de verla, lo cual le agradezco infinitamente, porque una vez más ha sido ella el factor decisivo para que Europa haga lo correcto. Vielen dank, frau Merkel.