Cuotas

Ignacio Sánchez-Cuenca

Las próximas elecciones autonómicas y municipales serán las primeras de la democracia española que se celebren bajo la Ley de Igualdad recientemente aprobada, Ley que establece que los partidos tendrán que presentar listas paritarias. En concreto, eso supone que un mínimo del 40 y un máximo del 60 por ciento de los candidatos habrán de ser mujeres. Más técnicamente, en cada tramo de cinco candidatos en unas listas, habrán de figurar al menos dos mujeres. Joaquín Leguina, el ex Presidente de la Comunidad de Madrid, un socialista de la vieja guardia permanentemente cabreado, ha declarado que la Ley le parece discriminatoria. En la Comunidad de Madrid ya ha habido algunos incidentes administrativos. Una lista de la Falange de las JONS ha sido declarada inválida porque en ella figuraban diez mujeres y tres hombres. Asimismo, los jueces han intervenido al menos trece listas del propio PSOE que incluían a demasiadas pocas mujeres.

¿Es discriminatorio establecer una cuota mínima de mujeres en las listas electorales? Los liberales, como Leguina o el ex Presidente Aznar, no tienen dudas: se trata de una restricción arbitraria, una interferencia estatal, en la libertad de los partidos. Los partidos son soberanos para presentar a quienes les dé la gana.

Comencemos por las críticas más sencillas de desmontar. Según algunos, la obligatoriedad de incluir mujeres puede repercutir en la calidad del trabajo parlamentario si los partidos se ven forzados a relegar a buenos candidatos varones en beneficio de malas candidatas mujeres. Es una hipótesis razonable, que requiere una solución empírica, no filosófica. Pues bien, según los estudios detallados que se han realizado sobre el rendimiento de los Parlamentos antes y después de introducir cuotas, no parece detectarse cambio alguno en la productividad, eficiencia o calidad de los trabajos parlamentarios.

También suele alegarse que si empezamos poniendo cuotas para mujeres, a continuación habría que hacer lo mismo con los viejos, los minusválidos, los jóvenes y, ya puestos, también los consumidores de hamburguesas y los poetas de la penuria. ¿Por qué las mujeres sí y los otros no? ¿Es que acaso los poetas de la penuria, como su propio nombre indica, no merecen una protección efectiva?

En realidad, no es tan difícil defender la necesidad de incluir mujeres y no amantes de la hamburguesa. Mientras que hay razones históricas poderosas que demuestran la discriminación legal y material de la mujer durante siglos, no puede decirse lo mismo sobre otros grupos sociales. El objetivo de poner cuotas consiste en corregir, aunque sea de forma parcial, esa discriminación. Es irrelevante que haya más o menos amantes de las hamburguesas en el Parlamento, puesto que el amor por la hamburguesa no tiene implicaciones políticas de ningún tipo, ni puede decirse que sus intereses hayan sido ninguneados históricamente en nuestra sociedad.

Las razones positivas para establecer cuotas son varias. Primera: la ley tiene un efecto ejemplarizante que otras instituciones pueden imitar (consejos de administración, rectorados universitarios, etcétera), contribuyendo así a mitigar la discriminación que reina en la sociedad. Segunda: la mayor presencia de mujeres en el Parlamento puede comenzar siendo una imposición legal, pero con el tiempo se transformará en un uso social irreversible (la ley genera valores sociales). Tercera: la mayor presencia de mujeres en el Parlamento hace más probable que en esta institución se oigan voces contrarias a la discriminación. No es que los hombres sean todos machistas, pero en general tienen menor sensibilidad hacia este tema que las mujeres. Cuarta: la presencia de mujeres en el Parlamento eleva las expectativas de las propias mujeres sobre sus carreras profesionales. Es bien sabido que la discriminación muchas veces pone en marcha un mecanismo de auto-refuerzo (una retroalimentación positiva, que diría un pirrónico): las mujeres ven que no tienen oportunidades de medrar en la política y por lo tanto no intentan hacer carrera política, lo que a su vez repercute sobre las expectativas iniciales…

En un país en el que no haya discriminación, lo lógico es que se observe un número relativamente parecido de parlamentarios y parlamentarias. Si no sucede así, es comprensible que un Gobierno de izquierdas apruebe medidas para corregir esa situación. La paridad en las listas es sólo una de ellas. Por supuesto que no va a acabar con el problema, pero es un paso adelante. La medida no es más discriminatoria que aquella según la cual los candidatos han de ser de nacionalidad española. Los liberales no suelen inquietarse con este tipo de regulacionaes de índole nacionalista, pero en cambio no soportan regulaciones igualitarias.

Las listas paritarias sirven para corregir desigualdades, no para crear privilegios. Resulta muy discutible que los varones puedan sentirse discriminados por una regla que trata de remediar lo que sabemos que en la práctica es una situación de dominación injustificada. Sólo así se explica que, habiéndose igualado en gran medida las cualificaciones de hombres y mujeres en el mercado de trabajo, las mujeres sigan sin llegar a puestos directivos y ganen del orden del 15 por ciento menos que los hombres realizando idénticas tareas.