Cultura Popular

 

José D. Roselló

Una de las cosas que caracterizan al estudio de las organizaciones empresariales es su óptica práctica e inductiva. Del estudio de casos exitosos, por ejemplo, se obtienen regularidades que lo explican. Por contraposición, otros métodos más característicos de las ciencias sociales, hipotético-deductivos, tratan de concebir teorías cuyo ajuste con la realidad se evalúa después.

Dado que la vida misma es diversa y rica en parámetros esquivos, y el éxito, como el amor, es difícil de describir pero sencillísimo de reconocer, en ocasiones es menos frustrante estudiar al triunfador que tratar de parir una teoría del todo mínimamente exitosa.

A consecuencia de circunstancias tales como la crisis económica y los movimientos de contestación social, se ha asentado como verdad indiscutible que el modelo de partidos políticos está periclitado y que dichas organizaciones estaban condenadas a una muerte lenta por su divorcio con la sociedad. Inmediatamente surgen reflexiones muy negras en torno a la falta de democracia interna, debate y permeabilidad, llegando a la conclusión de que un partido político que pretenda tener una mínima esperanza de calar en capas amplias de la sociedad, se ve obligado a afrontar cambios en su funcionamiento que vayan en la dirección de corregir estos defectos.

Luego llega la realidad y dice lo que dice.

Mariano Rajoy ha obtenido en Sevilla casi un 98% de votos a favor de su candidatura a la presidencia del PP, un triunfo indiscutible, sin duda, partido de gobierno, con más poder territorial que nunca, circunstancias dulces donde las haya. Sin embargo, en unas circunstancias completamente adversas, en el congreso de Valencia de 2008, accidentado, duro, a cara de perro, el resultado que cosechó su candidatura no fue de un 40%, ni de un 50%, no. En un mal día, el líder del Partido Popular consigue un apoyo del 84% entre sus bases. Hay hechos como este, e imágenes como un mar de cartulinas amarillas enarboladas a mano alzada, que expresan mucho más de lo que se ve a simple vista sobre una cultura organizativa subyacente.

Hay muchos valores distintos que podemos encontrar dentro de un modelo de organización política exitosa. Indiscutiblemente, un congreso con votaciones a mano alzada, un solo candidato y resultados apabullantes en favor a su gestión, llueva o truene, no pueden considerarse indicativos de un mínimo interés por el debate y los mecanismos democráticos internos. De acuerdo.

Sin embargo, al Partido Popular y a su entramado sociológico afín si pueden reconocérsele otros mecanismos y valores organizativos muy marcados donde pueden estar las raíces de su éxito. Hay, una “cultura popular”, por así llamarla, más allá de las ideas políticas, con algunos rasgos enormemente reconocibles. Podría hablarse de tres elementos que la componen: trabajo en equipo, convicción de su interpretación del mundo y voluntad ganadora. Pasemos revista:

El entramado sociológico del partido popular es diverso, conviven él varias sensibilidades, desde muy conservadoras hasta más liberales a la europea. Sin embargo, dan una respuesta muy cohesionada y sin fisuras, no solo a lo largo de la organización política, sino también trasladada a medios de comunicación afines, organismos reguladores o supervisores, u organizaciones afines (por ejemplo, patronales). Apenas hay voces disonantes, todos miran en la misma dirección y si hay discrepancias, se suelen dirimir de puertas a dentro. Valgan como ejemplos de lo anterior, por supuesto, el alineamiento de la prensa de tendencia centro derecha, pero también las decisiones miméticas que toman los vocales conservadores en los órganos de la judicatura, o la posición de asociaciones tipo AVT o grupos antiabortistas. Toque de corneta y carga unánime, sin descuelgues. Cohesión de arriba a abajo.

En cuanto a la férrea defensa que exhiben de su visión del mundo, cabe citar el relativamente poco movimiento ideológico experimentado desde su conformación. Medio en serio medio en broma, es llamativa esa tendencia a describirse como “apolíticos” en lo que se refiere a huir de las complejidades y finuras de algunos debates que han sido muy problemáticos de acomodar en otras formaciones. Quizás el ejemplo que mejor lo exprese sea la adaptación al modelo autonómico, cada vez más descentralizado, sin haber abandonado una posición teóricamente centralista, muy clara, sin concesiones. Por contraposición, el partido socialista ha practicado una línea política que trataba de acomodar en su discurso los compromisos a los que ha sido necesario llegar en el transcurrir del tiempo. Sin embargo, el partido popular nunca cambia de ingredientes básicos. Tiene perfiles muy reconocibles en lo que dice y no intenta explicar por qué aquí o ahí ha obrado de manera ligeramente distinta. Es más fácilmente comprensible desde el exterior decir “esto lo acepto, pero a regañadientes”, que “bueno, antes tenía razón en esto, y ahora que digo otra cosa, también la tengo”.

Por último, en cuanto a la voluntad ganadora, es difícil negar la implacabilidad de los populares a la hora de disputar el espacio público. “Al enemigo, ni agua” es un dicho que recoge bien ese espíritu. No solo por la labor de oposición cuando no gobiernan, donde ejercen una crítica dura y sin concesiones a cualquier acción que no sea la propia, sino porque esta misma actitud permea a todo el entramado de apoyo antes citado. No se escatima pólvora y no se concede ni un quizás, en este sentido la acción política parece más similar a una acción militar que a otra cosa. Por ejemplo, si tres abogados del estado, como Sáez de Santamaría, Cañete y Cospedal, tienen que plantarse en la puerta de Génova para decir que la policía y los jueces están conculcando el estado de derecho al investigar casos de corrupción que puedan afectarles, se plantan y lo hacen. Todo por dar una respuesta unánime y potente a un asunto que puede desgastar, no dejando que cunda la duda, presionando hacia delante. Destaca también la gran resistencia  a la crítica exterior. Mientras que en otras formaciones, una mera insinuación de no ser lo bastante democrático, o plural, o técnico o riguroso o respetuoso con la independencia, etc…, puede producir sesiones de diván, la cultura popular ignora el hecho y sigue el camino que se haya trazado previamente. No hay desviaciones

Sean estas u otras las razones por las que el PP a día de hoy es una organización saludable y hegemónica, lo que no cabe discutir es, precisamente, dicha salud y hegemonía. Pueden no compartirse muchas cosas, o incluso nada, de su ideología, pero como ente colectivo, funciona de maravilla.

La moraleja, si existe, es algo parecido a lo que manifestaba Sun-Tzu en el Arte de la Guerra sobre la necesidad de poseer una estrategia claramente definida, bien comunicada por el general a los encargados de ejecutarla, y bien ejecutada por estos, como camino a la victoria.

Por contraposición, como modelo de no éxito, puede observarse lo sucedido con el movimiento 15M. Un arranque social pleno de energía, construido en torno a valores éticos y democráticos de primer nivel, viva y llena de debate, abierta y dinámica, que, sin embargo a día de hoy ha desaparecido del mapa. ¿En qué ha fallado? Quizás en otro artículo.