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Jon Salaberría 

Y como dice el tópico, prácticamente sin darnos cuenta, abordamos una nueva Navidad y comenzamos la cuenta atrás para un nuevo año, un 2014, que se presenta ante nosotros rodeado con el mismo hálito de misterio con el que se va este 2013, uno más en la escalada de los efectos sociales y económico de la crisis. De nuevo cierto sentimiento de esperanza, pero también de sobrado escepticismo. No acabamos de ver la luz al final del túnel; de hecho la única luz que apunta enero de 2014 es la de una más que posible subida del recibo de suministro de las eléctricas, cuando aún seguimos haciendo balance de lo que la pobreza energética ha supuesto para las familias españolas en este año que muere.

Siguen sin  ser buenos tiempos para la ilusión. Mi impresión personal es que, después de que el drama de los desahucios fuese durante 2012 el exponente más crudo de los latigazos de la recesión, este 2013 nos ha enseñado una cara aún más tenebrosa: la del hambre y la miseria personal y familiar. Sin ningún tipo de lenitivo. Sin ningún tipo de rodeo discursivo que pueda quitarle una brizna de tragedia. Es el año en el que las colas ante las organizaciones solidarias y/o caritativas (llega un momento en el que es inútil intentar sutilezas conceptuales cuando lo que aprieta es la extrema necesidad) se han hecho más patentes que nunca. El año en el que la pobreza vergonzante se ha apartado a un lado, para que pase, sin pudor, la pobreza de solemnidad. Un año en el que organizaciones como Unicef informan de la existencia de dos millones de niños en situación de pobreza relativa, y que más de 300.000 familias han comprobado en primera persona como la dificultad para llegar a fin de mes ha repercutido, de pleno, en la mesa de casa. “Un retroceso brutal en términos de hambre, sobre todo infantil”, como nos advertía José Esquinas, quien, tras más de tres décadas de trabajo en la FAO, y desde su responsabilidad actual al frente de la Cátedra de Estudios sobre Hambre y Pobreza de la Universidad de Córdoba, exige la implicación directa de todas las Administraciones, en una situación de emergencia social como la actual, en la labor de proveer de los alimentos básicos a la población. Una población, la infantil, que verá su futuro tremendamente hipotecado por una pobreza que lastra su crecimiento físico e intelectual, y por los recortes en educación que harán lo propio en formación. Esa educación, arma cargada de futuro, que es su única vía de promoción en un Estado que se debiese fundamentar en la igualdad de oportunidades.

También 2012 ha sido el año en el que se ha producido el retorno de los derechos de ciudadanía al estado de los tiempos germinales de la Transición, esto es, casi a los tiempos de estertor del franquismo. Un año en el que el gobierno del Partido Popular ha conseguido establecer nuevos mecanismos legales de control de la protesta social, para evitar una explosión que, inexplicablemente, no se ha producido. Y en el que, aprovechando la debilidad, la invertebración y la apatía generales, los derechos más personalísimos, como lo es el derecho de la mujer para decidir sobre su propia sexualidad y su propia maternidad, quedan supeditados a los deseos de minorías doctrinales que pretenden imponer su moral particular a una mayoría social, por desgracia, arreactiva. Volvemos a la España en blanco y negro de los Alcántara, cuando había que luchar, en los orígenes del proceso democrático contemporáneo, por un sistema de convivencia que se ha ido consolidando durante años como normal, aceptado por la mayoría y base de un estado razonable de paz social. Volvemos a la reivindicación de los espacios de igualdad que se nos han hurtado.

Con este panorama sombrío, es difícil levantar el ánimo en fechas como estas, en las que el optimismo y el espíritu de la fraternidad  debieran reinar en el ambiente con independencia de las creencias particulares de cada uno/a. También es cierto que son fechas en las que las ausencias personales y las carencias materiales hacen mella en los estados de ánimo. Pero hay que hacer un esfuerzo. Un esfuerzo de mayor exigencia. Que el espíritu de la Navidad (o del Solsticio de Invierno) traiga para todos la renovación de los esfuerzos. El mejor regalo que podemos hacernos es el de la rebelión contra este estado de cosas. Rebelión pacífica y ciudadana, para no dejar que un solo año haya personas que teman por la alimentación de un hijo ni por sus necesidades personales más básicas. Regalarnos de nuevo los instrumentos básicos de convivencia para que los vencedores de la crisis no hagan del usufructo de sus efectos un statu quo, permanente. Intentar que la salida definitiva lo sea por la puerta de la igualdad y de la dignidad recuperadas. Hacer de la Navidad un estado espiritual, el de la solidaridad, durante cada uno de los días que tiene el año. 

A ello os convoco desde esta modesta ventana que es Debate Callejero. Desde ella, os deseo a todos y todas paz, salud, trabajo y justicia, las más nobles aspiraciones del ser humano, en estas Fiestas y en ese año 2014 que pronto comenzaremos a recorrer juntos/as. No perdáis nunca vuestra ilusión de niños, pese a las circunstancias, ni vuestro sentido de adultos críticos y nada resignados. Abrazos.