Cuéntame lo que pasó

Frans van den Broek

Hace ya algunos años a alguien se le ocurrió la idea de remover la estatua de Pizarro de la Plaza de Armas de Lima (idéntica a la que se encuentra en la ciudad de Trujillo en España), ya que en lugar de adornarla, la habría estado mancillando y ofendiendo. La razón era clara para quienes decidieron tal remoción: mal hacía el ayuntamiento en conmemorar actos tan crueles y traumáticos como la conquista, por lo que la estatua ecuestre debía irse. Al final, remover la estatua costó al erario municipal sus buenos cuartos (creo recordar que muchos miles de dólares), pero el hecho no ocurrió sin polémica. ¿No era Pizarro parte inevitable de nuestra historia, lo quisiéramos o no? ¿O era legítimo eliminar símbolos de hechos vergonzosos?

Recordé estos hechos al leer la noticia de la conmemoración de la caída final de Granada y el fin de la presencia islámica en territorio español (o al menos, el comienzo del fin definitivo, pues habitantes islámicos permanecieron en el territorio hasta su expulsión final o conversión). Como en el caso de Pizarro, había quienes apoyaban la celebración y quienes la denostaban, por tratarse de un hecho cruel y desastroso para muchos. En general, los bandos se alinean según criterios políticos establecidos, esto es, la derecha apoya la celebración y la izquierda la condena, lo que inclinará a muchos a una elección casi automática. Pero lo más interesante puede ser no el inscribirse en un campo u otro (aunque sea necesario, por supuesto), sino el reflexionar hasta qué punto la historia, o las historias, si se quiere, tiene importancia en nuestra visión del mundo. A decir verdad, el ser humano no sólo vive de pan, sino sobre todo de cuentos, de historias de todo tipo que representan su mundo o lo conforman, y que influyen emocional y espiritualmente en la estructuración del conocimiento. Y las historias, como nuestro propio pasado personal, cambian con el tiempo y se modifican según las nuevas necesidades de la época o las comunidades.

Una de las denominaciones más famosas de las ciencias sociales es aquella que estima las naciones como comunidades imaginarias, necesarias para la construcción moderna de los países tal como los conocemos hoy en día, pero ficticias al fin y al cabo. Y dichas naciones siempre necesitaron de sus historias comunes, de sus héroes, sus batallas, sus logros. Si bien es cierto que la historia tiene una intención primigenia de objetividad, no puede evitar incurrir en actos imaginarios o interpretativos que hilen los hechos o les ofrezcan un marco de aparición y de causalidad. Los hechos serán los mismos, no la forma de relacionarnos con ellos de modo emocional o moral. Pizarro fue el conquistador de Perú, y este hecho no está en disputa. Lo está, sin embargo, su significación. Lo mismo puede decirse de la caída de Granada en manos de los cristianos. Pero siempre cabe preguntarse si la alabanza o la condena son operaciones deseables del espíritu cuando se trata de hacer ciencia o de juzgar hechos que ocurrieron siglos atrás. Me imagino que, como los cuentos, necesitamos de un horizonte moral incluso para juzgar nuestro propio pasado, pero es fácil deslizarse hacia el anacronismo o la ideología. En lo que a mí concierne, no siento la más mínima nostalgia por la estatua de Pizarro, pero tampoco me molestaba su presencia en lugar preeminente de la ciudad, pues después de todo fue el conquistador de Perú. La expulsión de los musulmanes de territorio español fue una barbaridad, por supuesto, y debiera contar como un caso claro de limpieza étnica, pero nuestros juicios actuales no alterarán los hechos ni los criterios usados entonces para justificarla. Quizá lo mejor sería no celebrar nada, pues casi cualquier acto histórico es un terreno minado, fácil presa de la corrección política o de espíritus retrógradas. Pero las naciones necesitan de sus ficciones y de que les cuenten los cuentos de la manera más útil para el momento, como hace Cataluña ahora para separarse de España o el gobierno español para denegarle la independencia.

Vivimos en un mundo en el que las historias unívocas no son ya posibles y quizá estén destinadas a desaparecer, pero seguimos todavía dividiendo el mundo en naciones o países y los mecanismos de justificación histórica siguen presentes, pues sin cuentos no podemos existir. Pero en tiempos de crisis las historias tienen a solidificarse y a aherrumbrarse y no me extrañaría que muchos países reviertan al nacionalismo cerril o el fanatismo tribal, como ocurre en Grecia hasta cierto punto. Tal vez vivir de mitos no era tan malo después de todo: mejor hablar de dioses que de ejércitos cristianos saqueando una bella y sofisticada ciudad islámica. Siempre y cuando se sepa que son mitos. Ni los cristianos eran santos cruzados ni los musulmanes habrán sido inocentes de crueldad u opresión. Por lo que, en el fondo, nadie se merece una estatua y mejor gastarse el dinero en pagar salarios o abrir escuelas que en celebrar lo que ya nadie sabe exactamente lo que fue.