Cuando el sadismo se convierte en decreto

Julio Embid

Corría el año 1860 en el Segundo Imperio Francés cuando un tal Leonce Eugene Grassin-Baledans lograba el dudoso mérito de soldar alambres rotos y púas para inventar la alambrada de espino y lograr exitosas vallas protectoras para las fincas agrícolas. No sería hasta un par de décadas después, cuando los soldados británicos usasen la alambrada para fines bélicos en las llamadas Guerras Boers, al norte de lo que hoy es la República de Sudáfrica. Los generales británicos ordenaron extender 6.000 kilómetros de alambrada en el territorio ocupado para que la temida caballería ligera afrikáner no pudiera atacar y huir con las patas de sus caballos destrozadas por las púas metálicas. No contentos con eso, en esas guerras los británicos inventaron otra arma para vencer al enemigo: los primeros campos de concentración. Para rodearlos, no encontraron nada más a mano que más alambrada de espino. Quien quiera cruzar y escapar debería desgarrarse la carne. Indignos herederos de aquella funesta tradición, los españoles, hemos sabido conservar aquel invento. Hoy en Ceuta y Melilla los desgraciados que prueban a cruzar la valla a la brava ya saben lo que les espera.

En los años 50 el ejército norteamericano descubrió que había un herbicida para los campos se podría utilizar en la guerra ya que aparte de destruir los campos de trabajo del enemigo podría producir leucemia, cáncer, envenenamientos y malformaciones sobre aquellos desgraciados a los que se les arrojaba. Así, cuando comenzó la Guerra de Vietnam, los Estados Unidos encargaron a la multinacional agrícola Monsanto 80 millones de litros de este Agente Naranja (llamado así por los botes en los que se transportaba) que arrojaron sobre Vietnam, Laos y Camboya devastando completamente esa región. Se estima que hoy, cuatro décadas después, hay un millón de discapacitados en Vietnam por culpa de este producto tóxico.

El ser humano es maravilloso, pero también hay mucho malnacido que se ha forrado causando daño a los demás. El último escándalo del Ayuntamiento de Madrid ha sido el cambio de 4.250 marquesinas de autobuses por unas nuevas, presuntamente a coste cero, a cambio de la explotación publicitaria de las mismas por una empresa que ganará muchísimo más dinero de lo que le ha costado la reforma. Lo que no se sabe es que la empresa ofreció cinco modelos de marquesina al Ayuntamiento capitalino y este escogió el modelo que incluía un reborde en el banco que impide a una persona sin hogar poder tumbarse en ella y pernoctar. Tal vez a ti que me lees tranquilamente en tu móvil o en tu ordenador, te parezca una exageración que compare el alambre de espino y el Agente Naranja con el reborde para las marquesinas, sin embargo en los tres casos hay una intención común, causar voluntariamente daño al enemigo de manera innecesaria. Especialmente a aquel que no le pones cara. La todavía alcaldesa de Madrid Ana Botella declaró hace unos años, en 2010, que los mendigos suponían una dificultad añadida para la limpieza de la ciudad. No debería sorprendernos su sadismo. Sí me molesta que su sadismo lo sea por decreto.