Cualquiera tiempo pasado

Frans van den Broek

Es difícil disentir del juicio de alguien que se queja de haber tenido que contemplar caca de elefante, con moscas y todo, en un cuadro (o que decía serlo). O de quien lamenta la puerilidad en que han caído muchas de las artes y humanidades de nuestro tiempo, o de quien advierte del peligro que para la democracia representa el que la política se haya convertido en mera manipulación mediática y superficialidad ideológica. Ese es el principal problema que el lector tendrá, quiero suponer, con el último libro de Vargas Llosa, el que le será arduo estar en desacuerdo con lo que dice, aun cuando el cuerpo le pida lo contrario, y esto por varias razones que requerirían un análisis más acucioso que el que es posible hacer aquí, pero de las que podemos mencionar algunas que saltan a la vista a la primera lectura.

En primer lugar, el libro de Vargas Llosa, “La civilización del espectáculo”, opera más en el terreno de las generalidades que de las particularidades. Es verdad, contribuye con ejemplos varios a cimentar sus argumentos, algunos extraídos de su famosa columna “Piedra de toque”, que suele detenerse en casos específicos y eventos recientes del arte y la cultura, pero el hilo argumental se sostiene sobre la base de juicios de valor que pretenden aplicarse a toda la cultura occidental y ser válidos de forma más o menos universal. Desde este punto de vista es casi inevitable asentir con al menos algunas de sus aseveraciones más sonadas, como la de que el arte contemporáneo se ha convertido en una farsa, algo que el campesino más iletrado de cualquier parte del planeta podría decirnos sin dubitación alguna, sobre todo si le ponen caca de elefante por delante y le piden miles de dólares por ello. Es previsible también que la mayoría que ha leído un libro alguna vez o gozado de una educación mínima no dudará en juzgar obras como Crimen y Castigo o Ulises como superiores a la gran mayoría de novelas que se publican hoy por hoy, algunas del propio Vargas Llosa, valga decirlo sin ánimo perjudicial.

Su libro se inscribe con ello en la tradición intelectual que denuncia desde ya hace algunas centurias la decadencia de occidente. El propio autor dilucida una línea personal de influencia que incluye a T.S. Eliot y George Steiner, quienes denunciaran la pérdida de un sentido tradicional del quehacer estético o el lado oscuro de una civilización que se precia de su progreso mientras permite que el Holocausto ocurra bajo sus mismas narices, incluso con su connivencia y cooperación activas. Vargas Llosa no llega a tales extremos, pero lamenta la pérdida de aquel sentido de “cultura” con el que se formaron las generaciones anteriores y que le adscribía un valor superior en el panorama de los quehaceres humanos. Cultura entonces significaba lo que podríamos denominar como formación humanista, en la cual el ciudadano se familiarizaba con las grandes obras clásicas de la civilización occidental y refinaba su carácter con la ayuda de la filosofía, la literatura, la ciencia o el arte de su tradición y de su época. Esta cultura estaba reservada para una élite, reconoce Vargas Llosa, pero el efecto de su cultivo y su manutención se reflejaba, según el autor, hasta en los estratos más humildes e iletrados por un proceso de difusión natural en la sociedad. Cuándo y cómo le resulta imposible decirlo con exactitud, pero en algún momento la cultura occidental comenzó a deslizarse hacia la frivolidad y el escepticismo, derivando en lo que denomina una civilización del espectáculo, donde la gratificación inmediata y el entretenimiento son los pilares en torno a los cuales gira la vida espiritual de occidente.

Ejemplos abundan y Vargas Llosa los encuentra por doquier, en la literatura, el arte, la política o hasta la economía, entregada a gente codiciosa en busca de ganancia rápida e irrestricta, sin reparos por la ética o la sociedad en su conjunto. Lo que no discute en profundidad son las premisas en las que se basan sus argumentos principales. Por ejemplo, ¿en qué se ampara la afirmación de que la educación humanista hacía mejores personas a quienes la recibían? Hay ciertas evidencias, investigadas científicamente por la neurología o la psicología social, de que la lectura de narrativas o de historias contribuye a un mejor desarrollo de la empatía (en contraste con la lectura de textos de no ficción, por ejemplo), lo que a su vez coadyuvaría a la cohesión social y la vida moral de los ciudadanos, pero Vargas Llosa da por sentado este hecho sin discernirlo con propiedad. Si por una parte leer Madame Bovary pueda hacernos más proclives a una comprensión mejor de nuestros semejantes enredados en la fantasía y la insatisfacción vital, por otra la lectura de Goethe o la audición de Beethoven no obstó para que algunas de las personas más cultivadas de Europa se entregaran con fruición al genocidio y la animalidad. El punto, por lo tanto, requiere debido análisis y datos más fuertes que la opinión. Pero quizá Vargas Llosa peca en este sentido de lo mismo de lo que acusa a la sociedad de hoy en día, de superficialidad, pues siendo como es un tema harto importante para las humanidades y su supervivencia, debiera haber sido indagado con más objetividad y mejores fuentes.

Uno de los temas que quizá resulten más controversiales en el libro, viniendo de un viejo agnóstico como el autor, es el de la religión, la cual estima necesaria para conservar una vida social armoniosa y frenar los impulsos irracionales que se encuentran siempre prestos a perturbar la fachada civilizatoria que los cubre. Vargas Llosa es deudor de su generación en este respecto, influida por Freud y sus epónimos, y bajo la égida de metáforas hidráulicas o termodinámicas que consideran la psique una olla de presión cubierta por una fina tapa de cultura que puede explotar a cada momento, y que debe por tanto estar tapada por mecanismos más fuertes que la simple educación cívica, esto es, la religión y su concomitante moralidad revelada. La cultura provee de mecanismos de sublimación y goce ordenado de los impulsos eróticos y tanáticos que hierven bajo su tapa, pero cuando la cultura declina esta labor y se deja todo a los impulsos, como en nuestro tiempo, la civilización se degrada a la animalidad o la destrucción. El propio erotismo requiere de cierto grado de pudor y represión para que la función transgresora del mismo tenga lugar y con ella el refinamiento del goce, pero en nuestra cultura el erotismo se ha perdido y la sexualidad convertido en mero pasatiempo funcional, equivalente a consumir una hamburguesa o evacuarla más tarde con el iPod en las manos. Vargas Llosa retorna también a sus raíces existencialistas, pero arribando a conclusiones distintas, o mejor dicho, reformulando dichas conclusiones para adaptarlas a su noción actual de la humanidad. El hombre está condenado a la libertad, es cierto, pero muy pocos pueden vivirla como completo desamparo en el que el individuo y nadie más de dirección a la existencia en un universo indiferente e incomprensible. Muy pocos, insiste el autor, pueden aceptar la soledad y derelicción del ateo intransigente o del agnóstico, pues el temor a la muerte se los impedirá. El ser humano necesita saber que la muerte no es el fin, que hay vida más allá de nuestras pobres existencias, que este valle de lágrimas tiene un sentido más allá de la satisfacción de los placeres y el éxito terrenal. Estas certezas no pueden provenir de la ciencia, cuya visión del mundo es más bien desoladora, sino de la religión, la cual ofrece consuelo y esperanza en un mundo lleno de contradicciones y peligros. La religión, además, ofrece mejor asidero a una vida ética que los valores abstractos de la civilidad. Mientras que Vargas Llosa aboga, como todo liberal, por una estricta separación de Estado y Religión, postula a la vez que una existencia sin religiosidad o vida espiritual es empobrecedora y hasta peligrosa: la tapa puede volar en cualquier momento y mejor que lo haga de a pocos, con silbidos o sin ellos, para lo que la religión ofrece forma y contenido.

De nuevo, el tema es abordado con cierta celeridad argumentativa –lo que puede atribuirse, por supuesto, a su condición de ensayo- y esto no ayuda a su deliberación. La religión, como la filosofía o la literatura, pero con mucha mayor incidencia en la vida de las personas, ha sido fuente de consuelo y civilización, no cabe duda, pero también de atrocidades e injusticias, y lo que se requeriría en todo caso es una teoría de la religión que acomode estos hechos y los explique, para así sustentar una afirmación como la que hace. Vargas Llosa se limita a comprobar que una sociedad secularizada en extremo cae en la apatía, la codicia, la insolidaridad o la desintegración. Pero no ofrece muchos datos para avalar su tesis, lo que es una pena, siendo el tema como es muy importante en nuestro globalizado tiempo. A fin de cuentas, la mayoría de la humanidad sigue considerándose miembro de una u otra religión, y su estudio es crucial para comprender los fenómenos sociales de la era del internet.

Quizá Vargas Llosa esté influido por aquel conocido patrón psíquico que nos hace apreciar lo pasado siempre como mejor al presente, aunque pueda ser injusto afirmarlo. El caso es que muchos de los fenómenos que denuncia son evidentes y no estoy seguro de que ameriten más dilucidación. Otros son controversiales y habría que analizarlos en su especificidad, no con generalidades que se acercan al cliché. Por ejemplo: dentro de lo que Vargas Llosa llamaría como cultura persisten algunas expresiones cuya permanencia debe más al conservadurismo intelectual de los gurús de la cultura que a su prevalencia en la conciencia refinada de sus cultores o de la sociedad en la que se desarrolla. Piénsese en la ópera, por mencionar algo, o en el ballet. ¿Tienen todavía razón de ser? Las culturas son entes históricos que vienen, duran lo que deben durar y desaparecen. Mantener viejas expresiones por el simple hecho de ser tradicionales o partes de la historia de occidente es disfuncional. Cada tiempo, comunidad y lugar crea sus propias expresiones y despliega ciertas funcionalidades, que no son necesariamente las de tiempos, lugares o gentes diferentes. Sin necesidad de ser relativista fuerte, pues de seguro hay ciertos valores o estructuras universales en el arte y la cultura de todos los tiempos, uno debe reconocer que la cultura depende de sus propias coordenadas vitales y evoluciona, para bien o para mal. O muere. Coincido con mucho de lo que dice Vargas Llosa en su libro, pero lo hago porque me parecen fenómenos auto-evidentes: no hay manera de convencerme de que el Heavy Metal es equivalente a un canto gregoriano. Pero hubiera deseado más información sustentada y menos opinión desencantada. Quizá nuestra cultura, aquello a lo que se refiere el autor como perdido y reemplazado por una civilización del espectáculo, tenga que desaparecer tal como era, y sea verdad que estamos asistiendo a su degeneración. Pero ¿es esto lamentable o inevitable? ¿Se siente alguien nostálgico de la cultura de los Aztecas y sus miles de sacrificados? ¿O de la cultura feudal y sus siervos y hambrunas y guerras? Quizá estemos entrando en una época de cultura global que se gestará de la unión de tantas fuentes planetarias en la que tanto la religión como el secularismo tendrán un lugar prominente. O tal vez asistamos a una confrontación planetaria de modos de vida irreconciliables, no lo sé y tampoco podría saberlo al leer este libro. De lo único de que estoy seguro tras su lectura es que el autor está triste. Y lo comprendo. Pero la tristeza no es argumento ni análisis. Sí es, en cambio, aliciente para la meditación sobre sus raíces, que considero necesaria e inevitable.