Crónica de una consulta suspendida

 Drodrialbert

Tras un pequeño suspense por la demora de una semana desde la aprobación de la Ley de Consultas, finalmente el gobierno de la Generalitat de Catalunya acaba de firmar el decreto de convocatoria del 9 de noviembre. Y no hace falta tener una bola de cristal para saber que este martes el Tribunal Constitucional dejará en suspenso dicha consulta. Pero, ¿qué sucederá a partir de ese momento?

Pese a que buena parte de la población de Catalunya está convencida de que votará el 9 de noviembre, es más que posible, por no decir seguro, que CiU acatará la suspensión, pese a las vehementes demandas de desobediencia de algunos dirigentes políticos. No hay que olvidar que CiU es un partido del régimen, y no forma parte de su lógica ignorar los dictados de la Ley, por  más que se trate de la española.

Llegados a este punto, cabe preguntarse por qué se nos ha conducido hasta esta situación, y para ello hay que recordar algunas dinámicas que llevan sucediendo en Catalunya durante los últimos años. En primer lugar, CiU es rehén de una flagrante contradicción, ya que desde el principio del proceso sabe perfectamente que la consulta es ilegal, lo que no es coherente con dar pasos atrás una vez se dictamina dicha ilegalidad. Muchos catalanes se sorprenderán, con razón, del hecho de que se pretenda hacer efectiva la independencia… ¡dentro del marco de la legalidad española! Esta incoherencia deberá ser explicada, no sin problemas, por un Artur Mas que se halla en un verdadero callejón sin salida.

En segundo lugar, hay que volver a denunciar algo que es obvio, pero parece que está quedando en el baúl de los recuerdos debido al torbellino que nos está arrasando. CiU inició todo este proceso con la finalidad inequívoca de envolverse en la bandera para tapar la crisis económica y política que padece Catalunya. No es casual que muchos de sus dirigentes hayan apoyado de manera sistemática las leyes de estabilidad presupuestaria en Madrid y Bruselas, hayan evadido impuestos en lugares bastante alejados del Principat, y hayan participado activamente del entramado de intereses económicos de las élites financieras españolas. Su verdadero nacionalismo ha sido el del dinero, igual que en el caso del PP, partido que igualmente ha enarbolado la bandera patria para camuflar sus miserias.

El error político de CiU ha sido no calcular las consecuencias de una política que se le ha ido de las manos. Ha generado un tsunami que ha acabado arrastrándola a ella misma hasta el punto de que en su imaginario ha incorporado la independencia como opción política prioritaria, fenómeno que era impensable hace tan solo unos pocos años. La deriva de esta formación la ha conducido a un laberinto del que no va a poder huir ni con el hilo de Ariadna.

Catalunya está inmersa en una lógica muy compleja. Es cierto que el derecho a decidir es plenamente legítimo y democrático, pero también lo es que la posible independencia de un país no debería depender de acontecimientos políticos coyunturales, sino de un debate mucho más de fondo que en Catalunya no se está produciendo. La indignación hacia un gobierno del PP corrupto y recentralizador es perfectamente comprensible, pero no debería ser un elemento que determinara la relación permanente entre Catalunya y España, dos territorios en los cuáles la situación política no es precisamente estática.

Es muy difícil predecir lo que va a suceder en las próximas semanas. La reacción popular tras la suspensión de la consulta no es calculable, y más teniendo en cuenta la dimensión de la ilusión colectiva que se ha generado en amplias capas de la sociedad. Del mismo modo, la estrategia de muchos partidos arroja importantes incógnitas, pues no sólo se trata de su limitada capacidad para promover cambios, sino de la capacidad para responder y adaptarse a mutaciones que no dependen sólo de ellos.

Intentaré realizar una pequeña aportación al debate por lo que hace referencia a las formaciones de izquierda transformadora. En este caso, la complejidad es doble, porque al debate soberanista se une la irrupción de fenómenos como Guanyem o Podemos, que no son precisamente coyunturales, sino que han venido para quedarse. La confluencia que representa Guanyem Barcelona es ilusionante pero compleja, ya que trata de incorporar a formaciones como ICV, EUiA, CUP, Procés Constituent o el propio Podemos. 

Obviamente, no puedo hablar en nombre de un espacio tan plural, pero sí puedo expresar algunos legítimos deseos sobre cómo podría contribuir a la transformación social. La diversidad entre derechos sociales y nacionales debería ser una oportunidad, no una amenaza. El derecho a decidir es un elemento compartido, y trasciende temas únicamente soberanistas. Pero sobre todo el punto de coincidencia básico es que hace falta un proceso constituyente que conduzca a una ruptura democrática en toda la regla. 

Quizás deberíamos ser más claros a la hora de reconocer que la consulta no podrá celebrarse el 9 de noviembre, pero eso no debe significar el abandono de este objetivo. Más bien al contrario, debería ampliarse en el sentido de propiciar cambios radicales que pongan fin a un régimen que agoniza, tanto en Catalunya como en España. Ésta sería la mejor noticia para ‘decidirlo todo’, lema que por cierto también parece que nos une. Reto difícil, pero posible y necesario.