Crimen y castigo

Pedro Luna Antúnez

Si existe una sociedad donde la separación entre lo oficial y lo real es cada vez más profunda ésa es la catalana. En los últimos treinta años medios de comunicación como TV3 o La Vanguardia nos han dibujado una Cataluña monolítica y casi de postal, como arrancada de las páginas de “L´auca del senyor Esteve” de Santiago Rusiñol, ese canto del cisne literario de la burguesía catalana de principios del siglo XX. Pero Cataluña es algo más que una comedia modernista. Es posiblemente la realidad política más compleja de España. Muy por encima del País Vasco donde las posiciones son más claras y extremas. Donde apenas caben cuatro fuerzas políticas delimitadas por la cuestión nacional.

En Cataluña caben los matices y la transversalidad. Incluso la ambigüedad. Si a ello le añadimos una población diversa social y políticamente no es casualidad que en el Parlament de Catalunya hayan entrado hasta siete fuerzas políticas que responden a su vez a siete tradiciones políticas bien asentadas en Cataluña. Siete que se convierten en nueve si partimos por la mitad dos coaliciones como CiU e ICV-EUiA. La izquierda va desde la socialdemocracia hasta la izquierda independentista pasando del ecosocialismo a la izquierda comunista. No menos atomizado es el eje nacional. Desde el nacionalismo español y el regionalismo democristiano hasta el independentismo pasando por el nacionalismo conservador y de un federalismo a otro: el asimétrico y el republicano. Incluso el españolismo presenta el hecho diferencial de Ciutadans en lugar de una UPyD que ha vuelto a fracasar en Cataluña al obtener menos votos que el PACMA o el Partido Pirata.

Pero olvidémonos de la aritmética y de los bloques nacionales. Se podrán hacer las cábalas que se quieran y sumar a unos partidos u otros dependiendo de su grado de afección a la patria. Ésa no es la clave. Lo será para vender periódicos y marear la perdiz. La clave es otra: el 25 de noviembre la Cataluña real vapuleó a la oficial. La Cataluña de los Yayoflautas de Bellvitge y la de las plataformas contra los desahucios derrotó a la de Felip Puig, Boi Ruiz y Felix Millet, a la Cataluña de las balas de goma, la corrupción y los recortes en sanidad. La otra gran derrota afectó a los imperios mediáticos. El talegazo de CiU pone de relieve el fracaso de una opinión pública institucionalizada hasta el tuétano. Cavernas mediáticas, expresión utilizada en Cataluña para referirse a la prensa madrileña, las hay en Madrid y en Barcelona. Decía Antonio Gramsci que un diario con 800.000 lectores es un partido político. En Cataluña hay un diario que supera con creces esa cifra: “La Vanguardia”. La cabecera del Grupo Godó es el ejemplo más paradigmático de la simbiosis entre los medios catalanes y el poder político en Cataluña. Su campaña de exaltación nacional iniciada tras la pasada Diada llegó a adquirir tintes de teatro del absurdo. No fueron los únicos por mucho que ahora otros traten de pescar en aguas revueltas.

Dos años de guerra declarada a la clase trabajadora no podían caer en el olvido. No puede haber crimen sin castigo. Especialmente para CiU. Aunque también para el PP y para un PSC-PSOE a la deriva. No dejan de ser los partidos de la Troika. Las políticas de austeridad y la destrucción de empleo han provocado que en Cataluña la tasa de pobreza haya crecido hasta el 30% y que uno de cada cinco catalanes corra el riesgo de engordar la estadística. Los recortes sociales del gobierno de CiU y la reforma laboral del PP, que tan alegremente apoyó CiU, han hecho a Cataluña más pobre. Pensar que ello no tendría incidencia alguna en las elecciones era propio de quien no ve más allá de su micro realidad. La patria mueve a las personas pero no les da de comer. 

Las elecciones catalanas han rematado a un cadáver. El avance del independentismo y de la izquierda evidencia la superación del modelo constitucional de 1978. Exceptuando a las momias del bipartidismo, PSOE y PP, la constitución monárquica ya ni seduce ni convence a amplios sectores de la población. No lo hace por una razón muy sencilla; porque ya no sirve para garantizar las necesidades materiales más básicas y porque ha degenerado en una estafa pseudodemocrática. No es de extrañar que crezca el independentismo en Cataluña. Lo ha hecho no sólo en los últimos tres meses. El “sorpasso” de ERC al PSC y la entrada de la CUP demuestra que el auge social del independentismo camina al margen de CiU y que no sólo es producto del mesianismo de Artur Mas. Por último, el buen resultado electoral de ICV-EUiA no puede hacernos olvidar que las elecciones no son el fin sino el medio. El fin es cambiar el sistema. Es la República. Algo que deberían asimilar las direcciones de ICV y EUiA si pretenden seguir remontando el vuelo hasta alcanzar el techo histórico de los 25 diputados que consiguió el PSUC en las elecciones catalanas de 1980. En esta ocasión sólo se podrá hacer desde la unidad y ampliando las alianzas. Recordemos que sólo nueve meses después de las elecciones de 1980 se produjo la ruptura cainita del V Congreso del PSUC. Fue en enero de 1981. En las siguientes elecciones celebradas en 1984 el PSUC perdió 19 diputados y se quedó en 6.