Credenciales

Jon Salaberría

En la noche del pasado sábado día 11, la estrella de la entretenida programación política  de La Sexta tenía nombre trianero: Susana Díaz Pacheco, presidenta de la Junta de Andalucía. Anunciada su presencia con antelación, esta mujer convertida en auténtica virreina del Sur despertó un interés público inusitado. El termómetro tuitero confirmó este extremo durante horas. No en vano, su presencia venía precedida del adelanto de la enésima encuesta electoral (al día siguiente, Metroscopia para El País) que sitúa a Podemos al frente de las preferencias demoscópicas, lo que causa dolores de cabeza y preocupación más o menos disimulada en las salas de máquinas de los grandes buques de la política nacional. Y precedida, también, de los rumores de desavenencias entre la presidenta y el secretario general del Partido Socialista, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, en torno fundamentalmente a la política en los media utilizada por el madrileño para hacer llegar el nuevo mensaje de la organización a un  electorado desmotivado y arreactivo en apariencia. Ambas circunstancias, el bajísimo ralentí en el arranque del proyecto Sánchez y las marchas largas en el nuevo partido-movimiento, amenazando con asestar un golpe contundente a los viveros de voto socialistas, han colocado a la sevillana en el centro del escenario político: no son pocos los cuadros del Partido Socialista que consideran que el mayor capital carismático lo atesora la actual primera dirigente de la Junta de Andalucía, como no son pocos los dirigentes de los adversarios del PSOE a izquierda y derecha que admiten la mayor fortaleza de una candidatura encabezada por Díaz frente a un Sánchez que no despega.

En este sentido, la presidenta no defraudó, si bien usando las armas políticas que conoce a la perfección y que la han encumbrado a las más altas cotas del poder político y administrativo en Andalucía (el don de la oportunidad y la ambigüedad calculada al milímetro) dejó que el espectador tuviera que hacer su propia lectura y sacase unas conclusiones que ella no dejó sentadas por expreso. Más de una hora de entrevista frente a auténticos pesos pesados de las tertulias y la opinión política (Nativel Preciado, Jesús Maraña, Eduardo Inda y un incisivo Hilario Pino) no sacó de sus casillas a una Susana Díaz que aguantó estoicamente las preguntas más complejas y la técnica de la interrupción, manejada magistralmente por Pino, presentador de Noticias Cuatro. Temas de las más candente actualidad y cuestiones que mezclan el interés con el morbo político más acendrado, pero de los que salió sin despeinarse. En opinión de Juan Folío (La Opinión de Almería) el de La Sexta fue un examen superado con nota, y del mismo la presidenta salió políticamente fortalecida frente a los retos que esperan a los socialistas en los próximos meses. Retos electorales, claro está, de uno de los cuales (las Municipales y Autonómicas de mayo) dependerá su propia posición ante el segundo (las Elecciones Generales de 2015). Retos políticos a los que se puede sumar la convocatoria anticipada en Andalucía si los delicados equilibrios entre los socios PSOE-IU no soportan la presión añadida de la OPA hostil de Podemos y las necesidades de la federación ahora liderada por Antonio Maíllo Cañadas (Lucena, 1966) de hacer un discurso diferenciador que le aleje de los estigmas de la casta que supone el acuerdo con los socialistas y recuperando ese margen de outsiders del sistema y de articuladores del voto de la ira que difícilmente puede construirse desde un Consejo de Gobierno.

La presidenta andaluza fue taxativa al señalar el límite: no permitirá que sean los militantes de Izquierda Unida en Andalucía los que determinen la continuidad o no del acuerdo de gobierno, así como los derroteros del mismo. La coalición de izquierdas ha señalado, como cuando en 2012 se firmó el histórico Acuerdo por Andalucía, un referéndum para la revocación o la continuidad del Acuerdo por Andalucía. Susana Díaz, como en el enojoso asunto de la Corrala Utopía, ha hecho alarde de liderato político, pasando a considerar ese referéndum como un auténtico ultimátum: será la ciudadanía andaluza, llegado ese caso, la que será convocada para decidir. Frente a una operación de marketing forzada por la presión podemita, una consulta que más que decisión democrática adelanta una decisión oligárquica (la de unos pocos militantes, como dijo en su momento Ramón Cotarelo, frente a una mayoría electoral progresista), la presidenta advierte aquí de la posibilidad de adelanto cuando es cuestionada por el mismo. Voluntad de terminación normal de la legislatura sí, aceptación de que su liderato sea cuestionado por el socio mediante un conato asambleario de reconsideración del pacto, no. La energía expresada viene reforzada, además, por la estrategia políticamente inteligente de introducir una cuña en las argumentaciones del socio: individualizar en el precandidato a la Presidencia del Gobierno por Izquierda Unida, el diputado por Málaga Alberto Garzón (Logroño, 1985) la responsabilidad de las dudas de la federación en Andalucía. Declarar con una mezcla de solemnidad y normalidad la existencia de una situación de diálogo bien fluido, buena convivencia e incluso afecto personal con Diego Valderas, su vicepresidente, y contraponerlo a la hostilidad de Garzón y la fría (aunque correcta) relación con el candidato a la Presidencia de la Junta, Antonio Maíllo, es una estrategia que le puede reportar buenos réditos. El rédito de la imagen responsabilidad y de estabilidad institucional para ella; el perjuicio de la imagen de división y frivolidad política para el socio por momentos díscolo.

Susana Díaz pasó igualmente de puntillas sobre el polémico asunto del Sáhara, tras su no respaldo a Valderas para que viajase a los campos de refugiados a título de vicepresidente de la Comunidad, saliendo del mismo con el criterio de una auténtica mujer de Estado, precisamente en una semana en la que Europa se estremecía ante la gravedad de la amenaza islamista radical que golpeaba en Francia: sí a la solidaridad con el pueblo saharaui (no en vano, la Junta de Andalucía es una de las Administraciones españolas que más ha invertido en ayuda a los campos refugiados y en acogida temporal), no a la creación de conflictos artificiales con un país vecino que será clave para la contención de esa amenaza, negando en todo momento que la visita de Valderas haya sido consultada a Mohamed VI. La posición de España la tiene que marcar su gobierno en la ONU, y no corresponde a Andalucía entrar en un conflicto internacional que no le corresponde, debiendo tener sensibilidad con el momento que estamos viviendo.

Llegados a la cuestión Podemos, inevitable en cualquier espacio de actualidad política, y mucho más en La Sexta, Susana Díaz quiso seguir la línea de buen consejo que defiende no entrar al trapo, mucho menos en una Comunidad en la que el sector crítico de esa formación de nuevo cuño pretende ubicar a la eurodiputada Teresa Rodríguez en la parrilla de salida para disputar la Presidencia a la sevillana, entrando desde el pasado mes de diciembre la dirigente de Podemos en una campaña desaforada de ataques al pacto PSOE-IU y de reclamación de elecciones en el más breve plazo posible. Ello no fue óbice para aludir a la boutade del recién elegido secretario general de Podemos Málaga, José Antonio Vargas, declarando que no pactaría con PSOE e IU aunque ello llegase a suponer que el Partido Popular (veinte años en la Casona del Parque malagueño) permaneciese en la Alcaldía. El fantasma de la pinza trae muy malos recuerdos a las filas de la izquierda alternativa en Andalucía, y provocó una larga travesía del desierto para Izquierda Unida hasta su decisivo resultado de 2012. Ese miedo pervive también en Podemos, que trata de modular algunas declaraciones como ésta. Díaz supo combinar bien ambos mensajes y además reivindicarse en la aspiración de un gobierno en solitario. No faltó la pimienta en el comentario relativo al reciente proceso interno de la formación de Iglesias y que comentamos la pasada semana: En el PSOE mandan su militantes, en Podemos no se sabe (sic).

Finalmente, y tras el alarde innegable de liderato, llegamos a la gran pregunta: su relación con Pedro Sánchez y sus posibles aspiraciones. La postulación a la candidatura socialista en las Elecciones Generales. A la exhibición de liderato, a sus respuestas, manejando los tiempos, sobre la reforma constitucional, el nuevo contrato de ciudadanía y la recuperación de derechos como tríada argumental socialista, unió buena dosis de cinismo calculado cuando afirmó no estar en la carrera a la Moncloa. Susana Díaz nos lleva a leer entre líneas, y si cuando niega la mayor y expresa su apoyo al secretario general porque lo es en momentos muy difíciles podríamos deducir que deja cerrada toda posibilidad, basta con analizar sus respuestas a la pregunta de si le apoyará como candidato para que aparezca, con otra nitidez, la alternativa. Y no tiene nada que ver ni con su declarada (y pretendida) neutralidad, que fue neutralidad activa frente a Eduardo Madina y Pérez Tapias en la consulta a la secretaría general, ni con su definitivo paso a un lado. Susana Díaz declara que las Primarias Abiertas, de las que saldrá el candidato socialista, no pueden ser una competición de perdedores (sic). 

La clave es mayo: que las urnas arrojen un resultado catastrófico del Partido Socialista. Ayer lunes teníamos una buena perspectiva en Debate Callejero del panorama previo por parte de nuestro Guridi. Susana Díaz puede encontrarse en una encrucijada similar a la que le ha llevado en tiempo récord a ocupar las primeras responsabilidades institucionales y orgánicas del PSOE andaluz y poco antes la candidatura a las futuras autonómicas, disponiendo en la misma de un aparato de partido engrasado y entrenado en cuitas iguales. Un aparato que es la columna vertebral de toda la organización federal, cuyas baronías acudirán a ella como la providencial solución a un partido que no resistiría que a una derrota que se antoja cercana no se le ofrezca después como respuesta un giro copernicano. La aclamación que se preveía en los prolegómenos del Congreso Extraordinario y que se aplazó por la osadía de un entusiasta Eduardo Madina, puede tener un año después su definitiva concreción.

 Frente a quienes señalan la literalidad de las palabras de Díaz, servidor entiende que no hay que mirar al dedo, sino a la luna. La entrevista fue una presentación de credenciales en toda regla a la que falta que el dato demoscópico se confirme. Pedro Sánchez, frente al animal político que viene desde el sur, tiene poco tiempo para concretar el mensaje de la reacción. La socialdemocracia y la izquierda general lo necesita, sin duda, pero su proyecto personal también: navega contra los peores elementos. Se avecinan tiempos muy interesantes, pero también muy inquietantes.