Corrupción, ¿dónde no?

Ignacio Sánchez-Cuenca

Esta semana han salido a relucir dos casos de corrupción distintos que arrojan algo de luz sobre el funcionamiento de la política y la sociedad en España. Por un lado, se ha descubierto una red de extorsión en el Ayuntamiento de Madrid. La mayoría de los medios se ha apresurado a aislar a Gallardón y al PP del caso. Justo lo contrario de lo que suelen hacer ante cualquier sospecha de comportamiento ilícito por parte de dirigentes del PSOE. Realmente llama la atención la prisa que se han dado en diagnosticar la falta de implicación del PP y de Gallardón en este asunto.

Sin embargo, resulta difícil de creer que una red como la que existía en el Ayuntamiento pudiera existir sin el conocimiento de los responsables políticos. En más de una ocasión he escuchado historias estos últimos años sobre los métodos mafiosos de los funcionarios municipales en el caso de las licencias de bares y locales. En concreto, ya me habían contado cómo esos funcionarios, recurriendo a la práctica tan carpetovetónica de retorcer reglamentos administrativos extremadamente prolijos, conseguían actuar con total arbitrariedad a la hora de repartir licencias.

Suponer que nada de eso había llegado a oídos del Alcalde o de miembros de su gobierno municipal es sencillamente absurdo. La reacción de Gallardón ha sido de sorpresa e incredulidad, haciendo las delicias de la prensa que considera que se trata de una persona honrada y bien preparada.

Por otro lado, Manuel Rico, en Público, ha dado a conocer una historia abracadabrante sobre la responsable de la federación de Banca en CCOO, María Jesús Paredes. Al parecer esta mujer, liberada del sindicato desde hace la tira de años, casada con otro liberado también del sector bancario, han amasado una fortuna inmobiliaria (un chalet en una urbanización lujosa de Madrid, dos apartamentos en Denia, otro en la sierra de Madrid, un piso de 133 metros en la plaza del Conde del Valle de Xuchitl por el que pagó menos de 200.000 euros, etc.) sin explicar de dónde proceden sus ingresos.  Se da además la extraña circunstancia de que Paredes tiene unas ideas políticas un tanto extrañas para un dirigente de CCOO, hasta el punto de que tiene buenos contactos y amplias coincidencias con gente del PP. Puede que sea casualidad, pero su patrimonio comenzó inexplicablemente a crecer mientras estaba el PP en el poder.

La reacción de Paredes no ha sido menos decepcionante que la de Gallardón. Se ha negado a dar explicaciones y ha achacado las acusaciones a una campaña de acoso contra ella.

Los ciudadanos suelen reaccionar iracundos ante casos de extorsión mafiosa ejercida desde el poder (como en el Ayuntamiento de Gallardón) o casos de enriquecimiento insólito (caso de Paredes). Nos apresuramos todos a condenar a los protagonistas de estos episodios.

Hay algo profundamente hipócrita en esas acusaciones. No digo que no deban hacerse. Pero me temo que tras la santa indignación se esconde una cierta mala conciencia. Como dice uno de esos misteriosos dichos evangélicos, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra (¿sabe alguien a quién hay que tirársela?).

La corrupción llega muy lejos en la sociedad española. Basta pensar en la bolsa de fraude fiscal, en el volumen de la economía sumergida, en la circulación de billetes de 500 euros… Pero también en los taxistas que cogen a incautos extranjeros en el aeropuerto, en los departamentos universitarios, en los juzgados, en las redacciones de los periódicos, en los despachos de abogados y arquitectos, en la profesión médica.

No quiero decir, por supuesto, que todo esté podrido. Nuestros niveles de corrupción son muy inferiores a los de países tercermundistas (o a los de la misma Italia, que está más cerca). Con todo, me pregunto si la sobreactuación que se observa ante los escándalos de corrupción que salen a la luz pública, y que tienen casi siempre a políticos en el centro de la diana, no tiene algo que ver con la mala conciencia que procede del hecho de que mucha, mucha gente haya hecho cosas en algún momento que eran corrupción, amiguismo, clientelismo, etc. a pequeña escala.

Supongo que pese a todo el griterío que se arme, Gallardón seguirá gobernando la ciudad de Madrid con ese aire de no haber roto un plato en su vida, y que la tal María Jesús Paredes no aclarará jamás cómo pudo comprar tantos y tan baratos pisos con el sueldo de liberada sindical.

La gente se olvidará cuando nuevos escándalos reclamen su atención. Porque lo propio de nuestro país es gritar mucho, echarse las manos a la cabeza y contemplar cómo algunos mangantes se largan con los bolsillos bien llenos.