Contusos y confusos

Marta Marcos 

Se mezclan los sentimientos. Tristeza y desolación ante el fin “oficialâ€? de la tregua de eta, y, por tanto, el arrinconamiento del proceso de paz, metido en una caja colocada en el estante más alto del rincón más recóndito del desván de las buenas intenciones fallidas. También, aturdimiento y despiste, como cuando una se pone a ver una película ya empezada, porque ha llegado tarde al cine, y pregunta al de al lado, y éste… ¿quién es? Creía saber mucho, desde hace tiempo, del problema vasco, es decir, de la lacra del terrorismo, y estar muy puesta al día gracias, sobre todo, a una cierta sobredosis de libros de José María Calleja. Todos los atentados indignan y entristecen , pero algunos me produjeron una especial impresión, como los asesinatos de Fernando Múgica, Francisco Tomás y Valiente o Ernest Lluch, por poner tres ejemplos. Eso por no mencionar de Hipercor o Vallecas… La lista podría ser casi interminable, y eso, sin hacer referencia a los secuestros.

Con el transcurso del tiempo, creí entender que el terrorismo es mucho más que los atentados: es el miedo a que te toque, la amenaza, los escoltados, los exiliados… dentro de un país que se supone democrático. El terrorismo no sólo supone lucha policial y judicial: implica una valiente resolución política y el compromiso social para combatirlo.

Creía comprender las líneas básicas de un problema con múltiples ramificaciones y complejidades: la línea que separa a los demócratas y a los terroristas, la condena sin paliativos a todo tipo de violencia. Lo inútil de las medias tintas, como la actitud reflejada, durante mucho tiempo, por el PNV, ya saben, eso de estamos de acuerdo en los fines, pero no en los medios. La importancia capital de la unidad: todos contra el terrorismo.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me he debido perder algo, pues mi confusión personal es creciente. De ahí que me obligue a recordar cuestiones tan obvias como las anotadas más arriba. Desde hace tiempo, intento no juzgarme como ambigua o mínimamente simpatizante con el mundo abertzale sólo por haber estado (con reservas, con cautela) a favor del proceso de paz. Trato de no considerarme inocente o ingenua, sólo por estar convencida de que el Gobierno no se ha vendido a los terroristas, que no ha triunfado el terrorismo.

Da la impresión de que el comienzo del proceso de paz, ese proceso que, de hecho, terminó en la T4 de Barajas el pasado 30 de diciembre, ha abierto una suerte de caja de Pandora. En el tiempo transcurrido desde marzo de 2006, gente bien considerada y muy aplaudida por su claro y valiente compromiso contra eta, es vituperada por su apoyo al Gobierno. Por otra parte, personas de las que se esperaba un cierto nivel de sensatez, parecen haber perdido el sentido común y, peor aún, el sentido de la realidad, llegando incluso a decir que preferían un atentado al proceso de paz.

El Gobierno y el Presidente, que intentaron lo que intentaron Adolfo Suárez (con un éxito parcial), Felipe González (con fracaso) y José María Aznar (con fracaso) son criticados con dureza. Insisten en que este proceso es “diferenteâ€? de los demás, pero, personalmente, no veo clara la diferencia. La única diferencia evidente entre la tregua de 1998 y la de ahora es el signo político del Gobierno en el poder (amén de la actitud del PNV). A ver si va a ser eso…

Una vez leí el argumento de que lo que falló con Felipe o con Aznar no podía funcionar ahora, que no tiene sentido intentarlo. Éste podría ser un cierto conato de argumento. Lo malo es que no hay alternativa, o al menos, los críticos con el proceso no la proponen. ¿De qué manera se puede garantizar, no sólo la disolución de la banda terrorista, sino también que no se vuelvan a dar las condiciones para que el terrorismo no se reproduzca?

Muchas condiciones ya existen, como es un Estado democrático de derecho, pero ahí permanecen el resentimiento y la desconfianza dentro de la sociedad vasca, y esto implica un reto que se tendrá que solucionar a medio o largo plazo, una vez que, algún día, se termine el terrorismo.

En la actualidad, las perspectivas no son muy halagüeñas. El Gobierno parece condenado a recibir críticas por doquier, camine hacia donde camine. Las dudas se multiplican, como se pone de manifiesto con los casos de Iñaki de Juana Chaos o Arnaldo Otegui. Al final, eta marca la agenda, mientras otros problemas pasan a un segundo plano del interés político e informativo.

Evidentemente, afrontar el futuro más inmediato pasa por lograr la unidad entre demócratas. En este punto parece que, por ahora, se puede contar con el PNV, pero el PP sigue mostrando tanta deslealtad como oportunismo político. Esta deseada unidad trasmitiría un mensaje al mundo etarra tan claro como la lucha policial y el aislamiento social.

También sería deseable, y ahí se encuentra otra de mis razones para la confusión, que se asociara más la paz con la libertad. Tal vez me equivoque, pero siempre he tendido a relacionar los dos conceptos: es cierto que la paz sin libertad no deja de ser una paz ficticia. Pero no termino de ver claro de qué nos sirve la libertad si no la podemos disfrutar en paz. ¿No se trataría también de una libertad ficticia?