Contrato del inmigrante

Mimo Titos

Con cierta regularidad, los medios de comunicación ingleses soliviantan a la opinión pública británica a propósito de algún incidente racista en España. La semana pasada, el corredor de Fórmula 1 Lewis Hamilton fue insultado por una gran parte del público que presenciaba los entrenamientos de su equipo en un circuito español. Al piloto que se pasó todo el año pasado rivalizando con Fernando Alonso le llamaron de todo, también negro de mierda. La prensa inglesa puso el grito en el cielo y la Federación Internacional de Automovilismo exigió a los organizadores españoles que tomaran medidas de inmediato. Lo hicieron y no se dio ninguna manifestación racista el último día de entrenamientos. Ello no fue óbice para que el Presidente de la Federación contemplara desde las páginas del Sunday Times la suspensión de las dos carreras oficiales que se celebran en España. El episodio recuerda al acaecido a finales de 2004 cuando a Luís Aragonés no se le ocurrió mejor cosa para motivar a un jugador de la Selección antes de un amistoso con Inglaterra, que desafiarle a que demostrara que era mejor que “el negro” que le tenía relegado al banquillo en su club. La prensa europea no salía de su asombro y la inglesa se escandalizó con los aullidos de mono con los que el público del amistoso acompañó a los jugadores ingleses negros. Samuel Eto´o, nada sospechoso de complacencia por haberse rebelado cuando ha sido él el que ha sufrido gritos guturales similares, salió en defensa del “sabio de Hortaleza”, del que aseguró que era como un padre para él y que jamás había mostrado un ápice de racismo cuando le había tenido como entrenador en Mallorca.

Probablemente Luís no es racista. Es un ignorante, un paleto, como los que aludían a la negritud de Hamilton para meterse con él. Ninguno de ellos se permitiría referirse a esa “coja de mierda” para aludir a Irene Villa, porque saben que sería tremendamente ofensivo y repudiado socialmente. En cambio, la sociedad española no considera grave que se insulte a un oponente aludiendo a su color de piel. Se trata de injuriar al contrario y se entiende que recordar su condición de negro puede desestabilizarle. Como llamarle cornudo o mentarle a la madre. Igual de feo pero no más. Pues bien, no es lo mismo. La tolerancia para con los insultos varía según el país, el idioma y la cultura. España destaca por la profusión de tacos y la tolerancia social hacia su uso pero sobre todo destacamos por nuestra absoluta inconsciencia social sobre lo inaceptable que resulta utilizar el color de piel como descalificativo, algo que en el resto de Europa o en Estados Unidos, sólo se permiten los racistas a ultranza. Aquí se acepta comúnmente calificar como gitano al que trapichea, o incluso a veces al buen negociador. El celoso enfermizo es un “moro”, el que trabaja mucho “trabaja como un negro”, las tareas imposibles son “de chinos” y el que se siente agraviado en una fiesta espeta un “¿yo soy negro o qué?” e inmediatamente le ofrecen a él también la bandeja de canapés.

Por supuesto España no es racista. Esto se decía mucho hace unos años, acompañado de la inevitable coletilla de que los gitanos son responsables de su situación por no querer integrarse: Lola Flores demostraba que el gitano podía triunfar. Lo cual en parte es cierto, como demuestra que apenas nadie sepa que Reyes, el futbolista del Real Madrid, es gitano porque en verdad es indiferente: ser gitano no es problema si no se materializa en comportamientos “anómalos”. Los saudíes que invadían Marbella ofrecían otra coartada típica: la población les esperaba con ansía, deseosa de participar en su bonanza. Como también a los británicos, alemanes y nórdicos en general que se han asentado en gran número en nuestras poblaciones costeras.

La ausencia casi total de incidentes sociales graves en el poco más de un lustro en el que hemos asumido la llegada a nuestro país de cerca de cinco millones de extranjeros parece confirmar que no somos un país racista o xenófobo por naturaleza. Las pulsiones anti extranjeros o en contra de la gente de otras etnias han sido en España absolutamente minoritarias. Y ello pese al drástico ritmo de absorción, que nos ha convertido en el segundo país del mundo tras EEUU (con una población y tamaño mucho mayores) en recepción de extranjeros en los últimos quince años. Lo cual es todavía más meritorio considerando que nuestra sociedad era particularmente homogénea: todos blancos, todos españoles, todos católicos y la mayoría viviendo en la misma ciudad en la que nació, porque nuestra movilidad geográfica sigue siendo mínima en términos comparativos.

Por ello creo que en verdad España no es racista o xenófoba y cuando un colega británico me comentó la semana pasada si la sociedad española no sería mucho menos tolerante de lo que cree ser, le respondí que sí pero que la frase era aplicable a cualquier sociedad europea. Lo que sí nos distingue de las más avanzadas es que aún no hemos desarrollado los reflejos para reprimir socialmente el recurso al desprecio contra otras etnias y nacionalidades. A lo peor sólo tendremos que esperar a que se produzcan incidentes graves para aprender.

Eso parece indicar la encuesta publicada el pasado domingo en El País, según la cual el 56% apoya en mayor o menor grado la propuesta electoral del PP de someter a los inmigrantes a un “contrato” con la sociedad española. La propuesta es vil porque busca votos apelando a las entrañas más innobles, al racismo y la xenofobia subyacentes en nuestra sociedad, a la ignorancia que alimenta el miedo a lo desconocido.

Pero la propuesta es también absurda porque el contrato no aportaría nada: no contribuiría a que los inmigrantes cumplieran mejor con sus obligaciones legales. Afortunadamente la ablación genital y la poligamia son tan excepcionales en España que no son necesarias medidas específicas. Tampoco el velo, a mi juicio. Pero lo que no tiene pase ninguno es que las pretendidas “soluciones” sean de aplicación sólo a los inmigrantes. El PP ha explicado que la prohibición del velo no sería de aplicación a las españolas musulmanas de Ceuta y Melilla. ¿En qué quedamos? ¿Es una práctica nociva dependiendo del lugar de nacimiento de quién la ejerza? ¿Debemos concluir que la ablación genital y la poligamia son válidas si las practican españoles de origen? Y qué pasa con los hijos de los inmigrantes nacidos en España. ¿Van a tener que firmar el contrato o van a poder llevar velo mientras que sus madres no? Por no hablar de la contradicción entre exigir el aprendizaje del castellano y oponerse a una exigencia similar en Cataluña, por ejemplo.

La contradicción es sólo aparente. El PP quiere que España permanezca inmutable, que en España todo el mundo hable castellano, como toda la vida, y que en Cataluña no sea indispensable hablar catalán, como toda la vida. El PP quiere que España siga siendo blanca y católica, como toda la vida, y que el que llegue de fuera sea un ciudadano de segunda, agradecido de que se le permita ganarse la vida en NUESTRA tierra, sobre la que tenemos más derechos que el nacido allende la frontera por mucho que contribuyamos por igual a la hacienda pública y al crecimiento económico. Ya puestos, podríamos exigir a los inmigrantes que cotizaran más que los oriundos, excluirles de los 2.500 euros por nacimiento (también para que tengan menos hijos “diferentes”), asignarles menos subsidio de desempleo y limitar su acceso a la sanidad pública (también para adelgazar las listas de espera).

A decir de sus correligionarios, Arias Cañete tuvo un mal día cuando expresó su añoranza por los camareros de toda la vida. Ese mismo día a mí me comentó la carta de vinos españoles un camarero marroquí, probablemente musulmán, por la tarde un serbio me aconsejaba sobre la chaqueta más apropiada para mi figura en una boutique y por la noche una ucraniana me sirvió un menú típicamente español con total eficacia y perfecta disposición. Los camareros son buenos o malos dependiendo de su formación y de su actitud vital, con independencia de su lugar de origen y color de piel.

Cañete tuvo un mal día porque dejó entrever que se sienten más cómodos con los de antes, con los mozos y mozas españoles que no tenían más remedio que serlo durante décadas ante la falta de oportunidades para progresar en el escalafón laboral. El taxista español de toda la vida conocía mejor el callejero porque se jubilaba de taxista, como las asistentas. La derecha ha tenido que tragar que los que nacieron en España para servir no se conformen con eso. Ha sido forzada a aceptar que las mujeres no se queden en casa. Pero quiere evitar a toda costa extender tales “gracias” a los que tendrían que darse con un canto en los dientes por el privilegio de que les dejemos disfrutar de nuestra prosperidad. No van a poder. Incluso si ganaran las elecciones tendrían que aceptar la realidad: a España llegan los inmigrantes que nuestra economía necesita y nuestra Constitución, esa que el PP dice amar hasta la médula y más que nadie, no consiente hacer distingos entre diferentes clases de ciudadanos.

La demagogia del PP respecto a la inmigración es plenamente coherente con el discurso populista lleno de falsedades que ha venido pregonando durante toda la Legislatura a propósito del 11-M, la familia, Cataluña, el terrorismo, la Iglesia, y esta misma semana sobre la delincuencia juvenil. Pero apelar a la xenofobia sembrando la sospecha sobre más del diez por ciento de nuestra población es cualitativamente más grave porque lo que necesita España es justamente lo contrario.

Afortunadamente no van a ganar y Zapatero tendrá oportunidad de seguir afrontando el reto, que no amenaza, que no amenaza, de la inmigración, perseverando en las medidas ya adoptadas esta Legislatura para que nuestra sociedad pueda integrar plenamente a los Nuevos Ciudadanos en igualdad de derechos y obligaciones.