Contra la precaución

 

Ricardo Parellada

La idea de precaución tiene una importancia creciente en la justificación de determinadas leyes y políticas públicas en diversos ámbitos, como el derecho ambiental o la bioética. Con el nombre de principio de precaución está siendo objeto de una juridificación cada vez mayor y ha llegado incluso a constitucionalizarse en países como Francia o Ecuador. Mi propuesta es trasladar la reflexión y la crítica de este principio al ámbito político y hacer referencia a un par de episodios y medidas significativas. En estos casos, un exceso de precaución puede ser la mayor coartada para la inacción y el mayor aliado para el mantenimiento del status quo, y conllevar además una gran pérdida de oportunidades, con grandes costes económicos, políticos y humanos.

Desde esta perspectiva, la sorprendente continuidad entre la primera Administración económica de Barack Obama nombrada en 2009 y las de George W. Bush y Bill Clinton se puede contemplar como un exceso de precaución por parte del nuevo presidente, con la consiguiente pérdida de oportunidades y grandes costes de diverso tipo. Es probable que el presidente Obama mantuviera las mismas convicciones que el candidato Obama. Sin embargo, el poder de Wall Street en todos los resortes del gobierno de Washington es tan profundo, que quizá pueda explicar los temores del nuevo presidente y la nueva Administración a una ruptura demasiado radical y a que el incipiente poder político tuviera que acabar doblegándose ante el poder económico.

Ciertamente, la situación económica es distinta cuatro años después. Se han sucedido medidas de diverso tipo y la economía estadounidense ha encontrado una senda de crecimiento nueva y desconocida en Europa. Es posible que, en su segundo mandato, el presidente Obama tenga mayor libertad que al principio del primero y que nombre una Administración menos dependiente de las de sus predecesores. Mas, en cualquier caso, con independencia del rumbo que hayan adoptado después los acontecimientos, pienso que podemos aprender de este episodio para los venideros. Con los datos y la situación del momento, eran de esperar medidas mucho más radicales y decididas y no enderezar el rumbo a costa exclusiva de los contribuyentes al Tesoro estadounidense, sin exigir una compensación real a los culpables de la crisis. Había datos y opciones para otras soluciones. El desarrollo de los acontecimientos y la continuidad de las políticas y las administraciones quizá solo se pueda explicar por un exceso indebido de precaución.

La diferencia entre prudencia y precaución es clara en un ámbito en el que está más avanzada la reflexión sobre riesgos y cautelas: la fabricación, aprobación y comercialización, en definitiva la regulación, de los organismos modificados genéticamente. En este caso podemos decir que la prudencia exige que no haya ninguna evidencia empírica de que sean nocivos. Y podemos calificar de precaución a una exigencia mucho mayor y en muchos casos irrealizable: demostrar que no vayan a ser nocivos. Hay ejemplos reales que ilustran esta diferencia, como determinadas exigencias de la Unión Europea para estos organismos o para la importación de carne de animales engordados con hormonas en otros países, en que se da una apelación explícita a esta idea de precaución. Dado su carácter excesivo y su apelación a exigencias poco acordes con la realidad de la evidencia científica, algunas de estas medidas de la Unión Europea han sido rechazadas por organismos internacionales, como la OMC.

En el caso anterior, el escenario positivo era la regulación, la transparencia, el control de Wall Street, la reparación, la justicia, la limitación de bonos y compensaciones y que no pagara el Tesoro estadounidense, es decir, la sociedad estadounidense, por el exceso y el enriquecimiento de unos pocos. Por otro lado, el escenario negativo era la rebelión de Wall Street, no solo en el caso de la reforma financiera, sino en muchas otras políticas para las cuales el nuevo Gobierno necesitaba apoyos en el Congreso y en el Senado. La prudencia exige que no parezca probable el escenario negativo, mientras que la precaución obliga a demostrar, cosa impracticable, la imposibilidad de que vaya a ocurrir el escenario negativo. Si la prudencia no exigía encargar la nueva política económica y el control de Wall Street a algunos de los actores principales del escenario anterior, aunque no fuera posible demostrar la total imposibilidad de que un enfrentamiento con Wall Street pusiera contra las cuerdas a la nueva Administración, entonces distribuir los puestos más relevantes entre esos viejos conocidos supuso un exceso de precaución, la confirmación de que la factura la pagaba la Hacienda pública, se renunciaba a encausar a los responsables y la reforma financiera nacía débil y pasaría por enormes dificultades, como ha ocurrido con la principal iniciativa legislativa, la Dodd–Frank Wall Street Reform and Consumer Protection Act, inicialmente propuesta en junio de 2009 y que entró en vigor en julio de 2010 tras innumerables dificultades y correcciones.

La distinción entre prudencia y precaución se puede aplicar también a otros escenarios políticos. Cuando el análisis equilibrado y prudente de riesgos, costes y beneficios esperados aconseja tomar determinadas medidas, pero se impone un exceso de celo y la exigencia de probar que no puede tener lugar un escenario negativo, entonces podemos decir que la prudencia se ha trocado en precaución injustificada y paralizadora. En mi opinión, este mecanismo argumentativo está presente en escenarios políticos de muy diverso tipo, como, por ejemplo, la polémica actual en torno a un Impuesto a las Transacciones Financieras, la lucha contra el proteccionismo agrícola de los países ricos desde los comienzos de la llamada Ronda de Doha para el Desarrollo o la regulación en España de las famosas Sicav, sociedades patrimoniales que solo tributan al uno por ciento. En todos estos casos, hay exigencias desmedidas de previsión y control del futuro y apelaciones al miedo y la precaución ante la posible adopción de medidas que, en ese momento, parecen plenamente justificadas.

En el caso del Impuesto a las Transacciones Financieras, heredero de la famosa tasa propuesta por James Tobin para los cambios de divisas, parece conveniente implementarlo, como indica la propia Comisión Europea en sus documentos, tanto por razones económicas como por razones de justicia y equidad. Por un lado, dado el inmenso volumen de las transacciones financieras actuales, un pequeño gravamen no supondría un gran coste para ellas y permitiría en cambio generar grandes recursos para la Unión Europea. Por otro lado, de esta forma el mundo financiero, que goza de algunos privilegios respecto de otros sectores y además ha sido el responsable de la enorme crisis económica y financiera desencadenada en 2008, contribuiría a generar recursos para el conjunto de las políticas y el beneficio general de los ciudadanos. Pues bien, a pesar de los detallados análisis y estimaciones ofrecidos en septiembre de 2011 en una propuesta de directiva por la propia Comisión Europea, que muestra que los riesgos son controlables, la gran excusa es siempre el miedo a la huida de capitales y la exigencia precautoria de tener controlados todos los escenarios.

Por su parte, el proteccionismo agrícola de los países ricos ha sido el caballo de batalla más importante de la Ronda de Desarrollo de Doha desde sus comienzos en noviembre de 2001. Se sabe que los aranceles desmesurados, las subvenciones, el dumping y las ayudas a la exportación son extremadamente dañinos para la economía de muchos países pobres y, en particular, para sus pequeños productores y agricultores. A pesar de multitud de informes y análisis que muestran la desproporción de las ayudas a los agricultores europeos (y de otros países ricos, especialmente EEUU), su ineficiencia y que llegan sobre todo a grandes corporaciones y propietarios y en mucha menor medida a los pequeños productores, este debate se ve siempre distorsionado por los temores y las exigencias precautorias a propósito del efecto de las bajadas de aranceles sobre los agricultores europeos y la seguridad alimentaria de la Unión.

Finalmente, la gran coartada contra una mayor tributación de las Sicav en España es una exigencia desmedida e irreal de que los capitales no puedan trasladarse a otros lugares.

En definitiva, a mi modo de ver en el debate público acerca de importantes medidas políticas y económicas hay en la actualidad una presencia desmedida de exigencias de precaución. No se trata de que haya que hacer las cosas a lo loco, sin reflexión ni análisis previos, sino de afirmar que el cálculo fiable de las consecuencias y la predicción del futuro son ilusorios. Muchas veces es necesario actuar y decidir a partir de la evidencia que se tiene en el momento. En cuanto se toman medidas y decisiones van cambiando los escenarios a los que se aplican y la política económica tendrá que ir adaptándose a las nuevas circunstancias. Hay momentos en que la evidencia presente y ciertas previsiones prudentes acerca de lo que puede ocurrir tienen que ser suficientes para la acción, porque en todo momento se abren nuevos escenarios, nuevas posibilidades, consecuencias no previstas y no se puede esperar eternamente a tener todo previsto y calculado antes de tomar decisiones políticas y económicas de calado. El exceso de precaución es una perversión de la prudencia y una receta segura para el desaprovechamiento y la pérdida de oportunidades.

Os deseo a todos un feliz, imprudente y temerario 2013. Quizá así nos vaya mejor.